24 de mayo de 2013 / 01:10 p.m.

México• La noticia de la muerte del compositor y cantante Georges Moustaki, ocurrida ayer en Niza a los 79 años, trae a la memoria una declaración a la prensa de 2011: “He tenido una vida apasionante. Espero que lo sea hasta el final”, dijo mientras anunciaba la enfermedad pulmonar que lo llevó a la muerte.

Dejó de cantar entonces, pero en sus discos y videos, en la memoria de sus conciertos y entrevistas o en las páginas de su libro Las hijas de la memoria, habremos de reencontrarnos con su genio y su vida apasionante. Recordamos, en México, la emotiva presentación en la sala Nezahualcóyotl del músico a quien el presidente de Francia, François Hollande, recordó como un “inmenso artista cuyas canciones populares y comprometidas han marcado a varias generaciones de franceses”.

Pero Francia, su país adoptivo, no contuvo su genio, que atravesó fronteras y viajó a muchas partes con el propósito de “dar placer” al público, como nos decía en una entrevista publicada en MILENIO en 2002, de la que ahora incluimos algunos extractos.

Más allá de las modas

Figura emblemática de la canción francesa que se sabe universal, Georges Moustaki está más allá de las modas. Es de esos compositores e intérpretes sin parangón: un artista sin tiempo, un hombre que después de más de tres décadas como compositor sigue asistido por las musas. Un creador que, ante todo, mantiene su proverbial afabilidad.

Desde su casa en Francia, ciudad donde ha fijado su residencia desde los 17 años, cuando emigró de Alejandría, Moustaki habla pausado por la línea telefónica en un español casi perfecto, con voz suave y melodiosa. “Recuerdo a la Alejandría de mi niñez como un paraíso”, dice de entrada cuando inquirimos sobre su pasado. “En mi última visita he encontrado que no ha cambiado mucho y para mí sigue siendo una tierra excepcional. La gente de Alejandría, el mar, las playas, el arte de vivir es algo que me ha encantado siempre, desde que era niño”.

Cuando llegó a estudiar a París a los 17 años, su vida cambió. Hubo algo que lo cautivó desde el primer momento y que lo retiene en esta ciudad: “La libertad”. Pero no solo eso. “Era para mí un país nuevo, muy prestigioso y con gente fascinante. Había artistas y bohemia. Me entusiasmé mucho, fue vivir una segunda vida. Mi vida adulta empezó en París”.

Desempeñó diversos oficios antes de dedicarse a componer y luego a cantar. “Fui muchas cosas: guitarrista, periodista, barman, vendedor de libros en la calle, muchas cosas”. Pero la música entraba en sus venas a través de cantantes como Edith Piaf, Henri Salvador, Georges Brassens, Yves Montand. “En esa época había una familia de cantantes muy buenos; encuentro que la escena era mucho más rica que ahora”.

No es que el cantante se adhiera al pasado, pero el excesivo mercantilismo dificulta que el público descubra las propuestas de calidad. “Hay mucha gente interesante, pero como hay muchos cantantes fabricados por la industria se mezclan todos y no se nota quién es quién. Hay tantos canales de televisión y tantos medios de difusión nuevos que todo se presta a la confusión. Pero en el tipo de música que me interesa encuentro gente muy valiosa”.

Su mayor placer es “dar placer” al público. “El placer de recibir su afecto, el placer de la música. Hay un placer que la gente no puede imaginar: cuando uno entra a un escenario no hay dolor de ninguna clase, no te falta nada. Es como un milagro: estar en un estado de felicidad increíble”.

Al inquirirle sobre cinco canciones por las que le gustaría ser recordado, menciona “Sarah”, “Le métèque” y “Milord”. “Con esas tres es suficiente —dice con una carcajada—. ‘Milord’ fue escrita para Edith Piaf y se convirtió en una de sus grandes interpretaciones. No sabía que la canción era grande hasta que la escuché en voz de Piaf, porque ella le dio una dimensión que tal vez no tenía”.

Pugnaba por exaltar las pasiones

Medio siglo después de vivir en París, Moustaki afirma que todavía se siente extranjero. “Soy extranjero porque mis raíces no están en ninguna tierra profunda. Nací en Egipto de padres griegos. Soy un exiliado en París, y aunque soy privilegiado no tengo mis raíces aquí. Pero no lo lamento, porque encuentro que es una ventaja estar libre del peso de pertenecer a una tierra”.

Pero no todos los migrantes son tan afortunados como él, sobre todo en los últimos tiempos en que la amenaza de la xenofobia se acrecienta. “La situación es difícil en todo el mundo porque somos demasiada gente en el planeta y la diferencia entre países pobres y ricos es cada vez más grande. Me duele esta situación, pero no conozco la solución”.

El papel del artista en estas situaciones, dice, está en “el contenido de las canciones, su actitud personal, pero no tenemos un poder real. Tenemos que acompañar los acontecimientos, podemos exaltar las emociones, pero no tenemos un poder formal. El que tiene poder es el ministerio de gobernación, el ejército y la policía. Nosotros estamos para despertar la conciencia, para exaltar las pasiones”.

XAVIER QUIRARTE