LUIS PETERSEN FARAH
27 de agosto de 2013 / 05:18 p.m.

Monterrey • Confiesa que no disfruta las tarjetas de presentación. “Mire, yo soy un sociólogo entre filósofos y un filósofo entre sociólogos. Hago lo que tengo ganas, como siento las cosas y no me pregunto si lo que escribo es filosofía o sociología”.

 

La tarea de Gilles Lipovetsky, este pensador francés que no acepta estar encerrado en categorías establecidas, es interpretar el comportamiento de nuestros contemporáneos. “No me gusta criticar, quiero de entrada comprender”, dice. Es autor, entre otros libros, de La era del vacío, El crepúsculo del deber y, junto con Jean Serroy, La pantalla global. El tema de este último libro lo trajo la semana pasada a Monterrey.

 

¿Le gusta lo que hace? Se dice que Lipovetsky no despega la mirada de la moda, la publicidad, las mujeres...

“Todo lo que ha dicho me apasiona, pero no como consumidor, me gusta pensarlo. Es tal vez una de las paradojas de mi persona: hago libros que hablan del consumo, del turismo, del maquillaje, del lujo, pero en mi vida eso no es importante. Pensarlo, sí, es apasionante. Es parte de la aventura humana, que crea cosas verdaderamente extrañas. Yo trato de ver el mundo en el que estoy un poco como si fuera alguien del exterior, como un marciano que llegara. Es extraño... ¿por qué van a gastar ocho mil dólares para comprar un bolso, cuando hay bolsos de diez euros? ¿Por qué? Es apasionante pensar todos esos objetos. Poseerlos, no. No tengo el gusto de la posesión”.

 

Hace treinta años, en su primer libro, La era del vacío, usted observaba una tendencia hacia el individualismo narcisista. ¿Las cosas han cambiado desde entonces?

“Bueno, para empezar hace treinta años no tenía el cabello blanco. La sociedad ha cambiado también, por supuesto. Cuando escribí La era del vacío, este individualismo narcisista estaba acompañado de una especie de atmósfera de liberación. Salíamos de un pesado control de la familia y de la religión, el consumo se desarrollaba… había un sentimiento de vida más ligera.

 

¿Era algo festivo?

“Un poco... Pero eso, claramente, ha cambiado. La dinámica de la individualización persiste e incluso se ha intensificado. Pero el clima no es el mismo. Porque la globalización está acompañada de una gran inquietud hacia el futuro. En nuestros países hay desempleo. Ahora el clima ya no es de liberación, es de miedo, de inquietud”.

 

¿Pasamos a un individualismo preocupado?

“Así es. Y además hay algo que no existía hace treinta años: cada vez estamos más alertados sobre los riesgos de la salud. Esto comenzó en los años ochenta con el sida, es cierto, pero ahora son las epidemias, la contaminación, qué comes, qué bebes... Estamos intranquilos incluso para hacer las cosas más simples de la vida. ¡Cuidado, esto da cáncer, es malo para el corazón, no hay que comer esto o aquello, esto engorda!”

 

¿Y también hay un clima de decepción?

“Sí, por supuesto. Aunque la decepción siempre ha acompañado al ser humano, nuestras sociedades la aceleran porque permiten desear más. Como prometen muchas cosas, decepcionan más frecuentemente. Además, el individuo contemporáneo no tiene ya la fuerza que tenía”.

 

¿Soportamos menos estar decepcionados?

“En la tradición, las religiones formaban al individuo con una gran convicción interior, le daban una fuerza. Ahora, la educación se da en un clima de placer, de comunicación y el resultado es que las psicopatologías son muy frecuentes. La gente se siente mal, va muy seguido a ver al psicólogo o al médico, se desarrollan las depresiones nerviosas. Esto también es algo que ha cambiado desde la época de La era del vacío”.

 

¿La gente está preocupada por el trabajo?

“Se observa un malestar en el mundo de la empresa. La mundialización creó un clima de estrés y de presión, sobre todo las grandes empresas, que es mucho más fuerte que antes. La competencia y las tecnologías han creado un clima de urgencia. Los directivos siempre están tomados por la prisa, los resultados apremian.

 

En este mundo, y esto se vincula con la pregunta sobre la decepción, entre más se desarrolla el individualismo, más tiene la gente necesidad de ser reconocida como persona. Ahora, las grandes empresas son anónimas: aparece esta herida, la de no ser reconocidos. La decepción en el mundo del trabajo es una herida muy fuerte que concierne a la propia identidad.

 

Por un lado, pues, está el hedonismo del consumo, del espectáculo, es cool, pero, por otro lado, es todo lo contrario. El mundo se ha vuelto duro.

 

¿También ha cambiado la violencia?

“La violencia ha acompañado siempre a la humanidad, pero lo que se ve hoy es que la globalización ha permitido que se constituyan mafias mucho más poderosas. Simplemente, los mercados son mayores, hay guerras al interior de este mundo de mafias y las guerras repercuten sobre el mercado. Además, hay investigaciones que muestran ahora formas de violencia verdaderamente ininteligibles”.

Usted ha afirmado que la arquitectura, la moda o el urbanismo han imitado al cine. ¿Lo ha hecho también la violencia?

 

“La relación entre la violencia y el cine no es nueva. La violencia donde los cowboys matan a los indios era una violencia lejana, entre comillas, casi abstracta. A partir de los años sesenta, el cine subió de tono: hay películas que toman, por así decirlo, a la violencia como su propio objeto.

 

La tesis que desarrollamos en el libro La pantalla global es que hay una lógica “híper”, una lógica de exceso: ahí donde veías de lejos un indio que caía muerto de su caballo, ahora ves el plano cercano de una cabeza que explota, en una escena insoportable. Es la lógica de un cine que busca audiencias, que quiere provocar sensaciones y captar a un público, en particular joven, que no es violento, pero que consume la violencia como espectáculo. Este es el primer punto.

 

El segundo punto es que el cine no es sólo un espectáculo. Es un espectáculo que cambia el comportamiento y esto se sabe. Durante un tiempo, eran las estrellas las que transformaban la moda. La gente copiaba la manera de abrazar a alguien, de coquetear, de maquillarse, de vestirse. Y ahora vemos que en cualquier asalto los disparos son imitaciones: vemos que disparan como en una película de Clint Eastwood, relajados, extremadamente ligados al universo de la imagen cinematográfica”.