23 de marzo de 2013 / 03:19 a.m.

Con una larga trayectoria artística que fue interrumpida durante su exilio, se convirtió en una de las principales figuras de la música cubana del siglo XX.

 México • Con esa imaginación exuberante de los cubanos para nombrar a sus hijos, el niño nacido el 9 de octubre de 1918 en Quivicán, tierra guajira, fue bautizado como Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro. Dado que igual facilidad tienen para acortarlos, se volvió Bebo Valdés y se convirtió en uno de los maestros del piano cubano. Desafortunadamente, su reinado llegó ayer a su fin, al fallecer en Suecia a los 94 años.

Su muerte fue confirmada por la agencia que maneja a su hijo, el también pianista Chucho Valdés. Aunque no se ha hablado sobre las causas, durante los últimos años había sufrido de alzhéimer. Durante algunos años radicó en Costa del Sol, Málaga, para huir del frío escandinavo, pero su familia lo había llevado de regreso a Estocolmo para tratarlo de sus males.

Seguro que el mundo aplaudió a Bebo Valdés en 2003, cuando el cantor flamenco Diego El Cigala arrasó las listas de popularidad de todo el mundo con el disco Lágrimas negras, al que su piano aportó la pasión antillana, lo mismo que el saxofón de Paquito D’Rivera. Pero entonces ya tenía 84 años y una larga historia musical detrás, plena de invenciones, triunfos, un periodo de oscuridad y un asombroso renacimiento, precisamente de la mano —o, mejor dicho, del sax— de Paquito, y luego de Fernando Trueba.

Músico desde la infancia, muy joven fundó con un amigo la Orquesta Valdés-Hernández. Destacado pianista, compositor y arreglista, militó en la Orquesta de Julio Cueva, trompetista que había impulsado el desarrollo de la música cubana en los años treinta y cuarenta del siglo pasado, cuando escribió uno de sus primeros temas, de original título: “La rareza del siglo”.

En los años cuarenta se forjó en el Club Tropicana, donde hizo arreglos para Rita Montaner (también de original nombre: Rita Aurelia Fulceda Montaner y Facenda), la gran figura del centro nocturno. Sobre la cantante, Valdés diría que fue la única persona que en Cuba superó a Celia Cruz, “porque era buena en todo. Además era pianista de concierto, cantante de ópera, pero cantaba guaguancó también y era santera. Ella era de todo”.

Con la orquesta Sabor de Cuba acompañó a cantantes como Benny Moré y Pío Leyva. Fue en esa época que surgió el mambo y la discusión de quién fue su creador. En una entrevista Bebo decía que “el mambo es la tercera parte del danzón. Y lo hicieron (los hermanos) Orestes e Israel López, Cachao. El asunto del mambo fue separar el violín, el piano, el bajo y que esa polirritmia suene como un solo ritmo”. Valdés creó un ritmo derivado del mambo, al que bautizó como batanga.

En los años cincuenta vivió el ardiente encuentro de músicos cubanos con estadunidenses para hacer descargas o jam session, según si se habla en cubano o en inglés, aunque ambos practicaban la improvisación entre jazzística y afrocubana. “Fui músico de jazz desde muy joven —afirmó el pianista en una entrevista—. Empecé a tocar como los primeros pianistas de jazz que escuché, un tipo que era popular cuando era niño: Eddy Duchin”, aunque reconocía también el influjo de Fats Waller, Art Tatum y Bill Evans”. Colaboró con el arreglista Nelson Riddle en el disco Nat King Cole español, que el popular cantante, artista frecuente en el Tropicana, grabó en La Habana.

Luego de pasar algunas temporadas en México, donde trabajó, entre otros, con el cantante chileno Lucho Gatica, en 1960, en plena gira por Estocolmo decidió pedir asilo. En una entrevista contaba así este episodio doloroso: “Habíamos salido de Batista, que era un dictador de derecha, y caímos en el de izquierda, que también oprime al pueblo. ¡Que se vayan al carajo todos los dictadores! Le dije a mi padre que pensaba volver en enero y me contestó llorando ‘nosotros no nos vemos más’. Me dolió en el alma. Toda mi vida he tenido ganas de regresar a Cuba, pero le juré a mamaíta, ella me lo pidió antes de morir, que nunca volvería mientras dure este sistema”.

RIDES AGAIN

Durante cerca de 30 años Bebo se retiró de los reflectores, si no de la música. Pero como él mismo platicaba: “Yo estaba apartado, vivía en Suecia, tocaba en un ballet. Fui durante 15 años pianista de una cadena de hoteles y por el día tocaba un rato con el ballet. Estaba casado, tenía hijos, tenía que comprar una casa”.

Por fortuna, cuando Paquito D’Rivera se exilio en España en 1981 —luego se iría a Nueva York—, contactó con Bebo. Trece años después lo llamó para pedirle su colaboración en un disco que tenía que grabar, pero no tenía nada escrito. El pianista argüía que se había retirado, pero se convenció y en 36 horas terminó ocho arreglos que dieron vida a Bebo Rides Again. Había empezado el renacimiento de un gran músico.

Una figura importante en esos años fue la del cineasta Fernando Trueba, quien tuvo que ver en la inclusión del pianista en el disco de El Cigala, pero también en los que grabó con su nombre, como Bebo de Cuba o Bebo, con ánimo de que refrendara su cubanía. Importante fue la contribución de Bebo al documental Calle 54, donde contribuye con uno de los momentos más conmovedores, cuando toca “Lágrimas negras” con su amigo de toda la vida: Cachao.

Hace seis años, en una entrevista reflexionaba sobre la muerte: “Alguien me dijo una vez que cuando se nace, se nace a luchar y a sufrir, y que cuando se muere se descansa. El otro día Cachao me comentó que solo quedamos cinco músicos de aquella generación. Y que vamos a formar la mejor orquesta. Dice que vamos a llegar al cielo y que hasta a Cristo le va a gustar”.

También trabajador incansable, Cachao le antecedió en 2007. Seguramente le está abriendo las puertas del cielo para reunir a otros músicos ahora eternos y empezar una descarga que hará cimbrar las nubes.

XAVIER QUIRARTE