13 de noviembre de 2014 / 05:34 a.m.

El pasado quedó atrás, y el futuro después de anoche, parece ser luminoso. Una velada con Clutch (la mascota de los Rockets) y Crunch (la de los Wolves), con las porristas de Minnesota, con una animadora de primera, con un escuadrón de acróbatas de los texanos. Todo el paquete NBA en el “lo siento” de la Arena Ciudad de México y el “no hay problema” de la liga estadunidense a la cancelación de hace un año.

En medio de esa diamantina con las pistolas disparando playeras a los aficionados y los éstos comenzando a llenar el recinto perfecto para el basquetbol, el peleador mexicano de UFC, Caín Velázquez ocupa su asiento de primera fila, donde si lo desea puede meterle el pie a Dwight Howard.

No habrá algo tan pintoresco como eso hoy, pero sí los equipos saliendo a la cancha, con la Arena cobrando vida propia.

Pero el sueño de muchos se cristalizó cuando un siempre sonriente de Howard dio la bienvenida a la afición. Es momento de comenzar y no ha salido humo y por increíble que parezca algunos voltean para ver si algún imprevisto no les arruinará la velada. Nada ocurre, todo parece haber sido previsto esta vez y los presentes por fin se entregan al deporte y a la liga que les provoca el desvarío.

No importa que Minnesota sea técnicamente el equipo local, los Rockets tienen una afición en México que da miedo y posiblemente aumente, con Howard jugando para complacerles. Incluso cuando puso un bloqueo de miedo sobre Kevin Martin, vuelve al piso después de un súper salto y señala al público como en una dedicatoria.

Como Clutch despojándose de sus shorts y dejando ver una tanga rosa que le hace huir de la duela mientras los asistentes ríen.

Es sin parar en la NBA, porque luego de en la pista de batalla Shabazz Muhammad clava el balón ante la marca de Howard para dibujar un alarido de la multitud, la pausa ve entrando a mascotas clavadoras, a Crunch con sarape y sombrero charro disfrutando del ridículo. Es disfrute incesante y el casi lleno de la Arena corea cada jugada espectacular, hasta cuando los Rockets parecen sacar un buen colchón de ventaja.

Se respira un ambiente tan perfecto que se diría que nadie quiere que acabe todo y cuando todo termina en efecto, se siente como si hubiéramos perdido algo. Una niña de chaleco rosa que disfrutó de cada instante del juego de esos gigantones mira a su mamá cuando este teatro de emociones comienza a vaciarse. Mira hacia las puertas el éxodo de personas retirándose poco a poco y su semblante por segundos adquiere seriedad y parece musitar: hasta el próximo año (espero) NBA de mi vida.

JESÚS SERRANO