6 de julio de 2013 / 12:24 a.m.

 Ciudad de México • A principios de los ochenta yo también busqué a La Maga, mi Maga, en lugares inciertos y cafés de la Ciudad de México, algunos de ellos ahora inexistentes. La busqué con mi ejemplar de Rayuela bajo el brazo en extraviadas noches frías en el café Kiko’s de Puente de Alvarado. Estudiante de pintura en La Esmeralda, ubicada en la calle de San Fernando, el centro de la ciudad me parecía el territorio ideal para soñar a ritmo de jazz su interminable búsqueda.

En el histórico café La Habana conocí a un personaje que parecía salido de las páginas de la novela y que seguía juntando firmas para protestar por el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki: Moisés Evaristo Orozco Leal, Moieva, así firmaba sus escritos. Con Moi recorrí las calles nocturnas de una ciudad nueva y secreta. Nos reuníamos en la Zona Rosa por las noches, él vendía sus poemas y escritos anarquistas, yo mis dibujos y ejercicios de estudiante. El refugio anarquista de Moi estaba cerca del café La Habana en el edificio La Mascota, conocido ahora como departamentos Buen Tono, frente a la secretaría de Gobernación. De ahí salió una madrugada caminando rumbo al Reloj Chino completamente desnudo para fotografiarse de espaldas a él. Su larga barba blanca, su cuerpo alto y correoso de hombre ya maduro quedaron plasmados en una fotografía que colgaba en una de las paredes de su pequeña habitación y que mostraba con orgullo de guerrillero.

No fueron pocos los amaneceres compartidos con Moi por los rumbos de Bucareli desayunando fideos hervidos en su minúsculo calentador eléctrico. Caminábamos sin rumbo, él con su interminable rollo de papel para recolectar firmas contra un bombardeo sucedido 35 años atrás, yo con mi ejemplar de Rayuela bajo el brazo buscando a La Maga, mi Maga.

La busqué también en el café Tupinamba, en la calle de Bolívar, donde servían deliciosas magdalenas, y un arroz blanco montado con huevos bañados de mole que solo con el tiempo y algo más de dinero pude ordenar. Los domingos por la mañana llegaba desde Coyoacán al Tupinamba. Entraba a un mundo de viejos republicanos españoles que no distaba mucho del mundo en el cual me sumergía la novela, aislado en una de las tantas mesas atendidas por mujeres que cuidaban a los tertulianos como si fueran enfermeras de un hospital íntimo y familiar. Decían que ahí había estado infinidad de tardes el poeta León Felipe, décadas atrás; entonces yo intentaba acaso adivinar la mesa precisa, el lugar exacto, para revivir su recuerdo y extrañar, a mi manera, su ausencia. Un día el café Tupinamba cerró sus puertas, los viejos republicanos dejaron este mundo y el centro de la Ciudad de México perdió un entrañable sitio histórico, uno más de tantos…La lectura de Rayuela significó una nueva visión del mundo, volver a ver con ojos nuevos, menos rígidos, la realidad, el entorno, el adentro y el afuera. Enamorarse de una ciudad desconocida, lejana.

Rayuela no se podía leer pasivamente, Rayuela no se leía, se habitaba. Rayuela habitaba en el lector y viceversa. Como en el cuento “Casa tomada”, la novela se iba desplazando al interior, ocupando un espacio vital.

Tardes de lectura en La fuente de Trevi, frente a la Alameda, esperando que entrara La Maga, mi Maga. Un capítulo, ¿cuál?, en el café La Blanca, en 5 de Mayo, de ahí al Popular, en la misma avenida, para continuar ese infinito juego de azar por las calles de París.Buscando a La Maga, mi Maga, escuchando a Oliveira, a Etienne, Roland, Babs, a Morelli se iban hilvanando nombres conocidos y otros por conocer: Picasso, André Bretón, Fritz Lang, San Agustín, Antonin Artaud, Henry Miller, Mondrian, Durrell… A todos ellos había que encontrarlos también pronto. Al tiempo que avanzaba en la lectura, en mi vieja máquina de escribir tecleaba los nombres de personajes reales que aparecían en la novela. Recuerdo haber pasado de trescientos: Le Corbusier, Octavio Paz, Piero de la Francesca, Tupac Amaru. La lista aumentaba: Ambroise Pare, Chaplin, Kurt Schwitters, Buñuel, Malraux, Dylan Thomas… ¡Tantos libros por leer, tanta música por escuchar!... Rayuela se expandía y obligaba al conocimiento. A mis veinte años el futuro era un horizonte lejano pero La Maga, mi Maga, no tardaría en aparecer, pensaba.

En más de una ocasión la busqué en el ya desaparecido café La Veiga, en Insurgentes, muy cerca de Félix Cuevas. Aquel gran salón con terraza era en cierto modo parecido a algunas cafeterías del centro pero al mismo tiempo diferente. Caras conocidas de intelectuales conocidos. Seguramente ahí no encontraría nada, pero el lugar era agradable, los molletes riquísimos, económicos, y había buen café con buen pan recién hecho en la panadería de al lado, integrada a la cafetería. Meseros limpios y elegantes. Algo se quebró para siempre el día que La Veiga dejó de existir, aviso de tiempos oscuros.

De regreso al centro, la opción natural era el café París, con su decadencia de glorias pasadas, su vista lateral desde la barra a la avenida 5 de Mayo.Hacer un alto para comer en las Tortas Robles, local que se ubicaba por la calle de Independencia, cerca de la Secretaría de Marina. Se subía a un segundo piso por unas angostas escaleras de madera, la fila para acceder era larga y muchas veces salía hasta la calle. Marineros, oficinistas, obreros y estudiantes admirábamos el decorado, que consistía de varias decenas de fotografías, muchas de ellas autografiadas, de actrices, vedettes y personajes de la farándula. Olga Breeskin, Isela Vega, Angélica María. Las Tortas Robles eran muy económicas, sencillas, sin complicaciones. No había mucha variedad: de quesillo, de aguacate y de queso de puerco, todas con o sin chile chipotle, para llevar o comer ahí mismo, en pequeñas mesas comunitarias.

El universo de Rayuela lo abarcaba todo. Un tiempo sin tiempo en el que la muerte de Rocamadour podía originar días de duelo verdadero.

No recuerdo el momento exacto en el que terminé la novela: al mismo tiempo había estado sumergido en sus cuentos y todo lo que caía en mis manos relacionado con ese Universo, la Galaxia Cortázar, enorme agujero negro que se tragaba la realidad.Llegó el año de 1983. Desayunaba cronopios, comía famas y soñaba esperanzas.Una noticia en el periódico unomásuno, el Gran Cronopio (¡el único!) vendría a México. Estaría de visita en la UNAM, en el Auditorio Che Guevara de la Facultad de Filosofía y Letras.

Vivía en un minúsculo cuarto alquilado en la calle de Vicente García Torres, en Coyoacán. Recuerdo claramente la emoción de aquel día antecedido por una larga noche de insomnio. Me levanté muy de madrugada y enfilé rumbo a la UNAM. Al llegar me encontré con una multitud que intentaba entrar al auditorio. Nada ni nadie podría impedir mi acceso, así que al término de la batalla mi posición fue victoriosa, estratégica, triunfal. Quedé de frente al público, a unos cuantos metros de Julio Cortázar, muy cercano a la mesa desde donde con su particular forma de hablar y pronunciar la “r” se dirigía a un auditorio rebosante.

Esa posición en alto permitió, ya finalizado el evento, que decenas de estudiantes me ofrecieran desde abajo papelitos y cartas dobladas para que se las entregara al Supremo Cronopio de todos los tiempos. Alcancé en unos breves segundos a extender mi brazo para darle los pequeños papeles a Julio Cortázar, en la mano.

Al momento de aquel fugaz contacto tuve la extraña sensación de que mi mano desaparecía, se extraviaba, era tragada por una enorme, enormísima y cálida mano gigantesca de cuya palma como planicie ilimitada surgían dedos más largos que mi brazo. “Ggrracias”, dijo el Verdadero Cronopio.

Tal vez al día siguiente, no recuerdo bien, se presentó en la plaza de Coyoacán acompañado, entre otros, por Fernando Benítez. Las palabras con que inició aquella memorable charla permanecen aún en mi memoria: “… imaginemos esta plaza como a un enorme queso gruyere y que por sus agujeros se nos cuelan diferentes realidades…”.A principios de 1984 ya no vivía en Coyoacán. Me había mudado a la colonia Condesa. Finalmente regresaba al sitio donde había nacido y vivido mi infancia; un amigo pintor me había invitado a compartir espacios en la calle de Colima.

El café de la zona era un café de chinos que se llamaba Café Especial, junto a la Sala Chopin. Fideos y café con leche económicos. Mi lectura de Rayuela había quedado atrás; sin embargo, tenía la rara sensación de que ahora en vez de leerla, la estaba viviendo con todo y música de fondo.

El 13 de febrero bajé temprano por la escalera interior del departamento–taller comunitario a recoger el periódico que llegaba a domicilio. Julio Cortázar había muerto en París un día antes. En un abrir y cerrar de ojos, el llanto se desbordó. Como si ese mundo, esa galaxia, ese universo se hubiera detenido, subí las escaleras hacía el agujero negro de la orfandad.

Treinta años después de haberla leído, Rayuela sigue siendo una fuente inagotable de sorpresas. Novela elixir, novela casa, novela piedra de toque, novela laberinto.Rayuela es una suerte de espejo a lo Dorian Gray: pasados treinta años, vuelvo a mi viejo ejemplar, lo abro y me veo, me contemplo joven de nuevo, a mis veinte años y el horizonte lejano.

 — GUSTAVO MONROY