12 de mayo de 2013 / 04:06 p.m.

 Madrid tiene un olor particular. Es un olor correoso. Difícil describirlo. Si uno no sabe el nombre de la planta no hay forma de preguntar al sabio del internet.

Viví en Madrid por unos meses en la calle de Serrano, en la Residencia de Estudiantes. Un día se me ocurrió tocar un piano que hay en la sala de espera. Vino hacia mí un guardia muy alarmado.

—¡Ese piano lo tocaba Lorca! —dijo.

—Qué bien —respondí.

—Nadie más puede tocarlo.

No creo que Lorca se hubiese molestado por mi interpretación ni creo tampoco que mis manos hayan conjurado al fantasma de su amor oscuro.

Aburrido pues, salgo a caminar y ahí está. Me aproximo a uno y otro arbustos ¿cómo se llama la endemoniada planta? La respuesta la había encontrado una semana antes en la Parroquia de San Isidro Labrador. Fui a pedir no sé qué milagro, cuando el aroma me atacó en forma tenaz. Venía del patio trasero de un jardín botánico. Era un arbustito sin chiste del que emana este aroma que cubre todo Madrid. Anoté el nombre de la planta y en el primer cambio de pantalón lo perdí. ¿Volvería hasta el pozo de San Isidro? Me dio pereza.

Subo a un taxi. Pido al taxista que baje el volumen de su radio. Dice así: “No”.

Debe haber sido difícil para los mexicas convivir con los castellanos. Los mexicas tan protocolarios ellos y los castellanos tan francotes. Dura combinación.

Pensaba yo en la relación que existe entre saborear y saber (a propósito del olor de mi planta madrileña) cuando en tono castellano ordené al taxista: “¡Aquí!”.

El auto se detuvo. Pagué y me bajé para comenzar a caminar.

Caminé por las calles que hay atrás de Plaza del Callao. Me había atraído su aspecto de mala muerte. Son como las cuatro de la tarde y está lleno de prostitutas, tiendas de sexo, niños rumanos que uno mira con una dosis de ternura y otra de terror. Debe haber sido esa combinación la que me trajo el blues. Un blues madrileño. Comencé a sentirme triste pero contento. Es decir, contento con mi tristeza.

De Callao fui hasta Puerta del Sol. Pienso tomarme un vino pero no me apetece la multitud. Me pierdo dando vueltas hasta que encuentro la famosa chocolatería de San Ginés. Compré unas castañas (eran tiempos navideños aquellos) y entré.

Hice trocitos los churros, como años antes me enseñó a hacerlo un señor aquí. Los echa uno en el chocolate espeso y los bebe a cucharadas. Junto a mí había unas monjitas. Recordé a una monja de Las Carboneras que solía visitar la primera vez que estuve en Madrid. Las Carboneras son monjas de clausura y hay que conocerlas por dos cosas: Primero, tienen en su parroquia una imagen de La Virgen de las Tribulaciones. Segundo, venden además unas galletitas que hay que comer. La monja que toma chocolate en San Ginés no es carbonera claro, no es de clausura. Aquí está con la que presumo será su hermana. Ella, la hermana, acaba de darle un regalo navideño y ella lo abre con avidez. Es una muñeca de colección. La monja sienta a la muñeca junto a ella como si fuese su niña. Las miro con gusto. Sonreímos en un delicado instante de complicidad de amor por los churros y el chocolate.

Vago por el Barrio de los Austrias. Los niños juegan al futbol. Saludo a un viejo que se llama Adolfito. El otro día lo ayudé a subir a su casa y me dio gusto ver que recordaba “al mejicano”.

En San Francisco el Grande hay que prestar reverencia a Goya y, si uno ama tanto a los santos del arte como a los del paraíso (que a menudo son los mismos) hay también un Francisco de Zurbarán.

Cuando salgo, la tarde trae otra vez el olor. Me ha venido siguiendo. Es Madrid. El camino desde las prostitutas rumanas hasta las monjas que rezan a La Virgen de las Tribulaciones, desde el chocolate espeso hasta el escritorio de San Buenaventura.

Decido regresar por donde he venido pero claro, me pierdo y luego de unos 45 minutos de camino estoy en El Retiro. Hoy está prácticamente vacío. Entro al parque. Aún es otoño. Continúa la inquietante sensación de que me persigue este olor aunque tal vez soy yo quien lo está siguiendo. Así, lo encuentro o me encuentra él a mí. El Ángel Caído. La obra de Bellver atrapa el momento en que un rayo cae sobre Lucifer. Veo, huelo, siento el blues de Madrid.

Llegue a la Residencia a las 11. Aún es tiempo de cenar. Cuscús, salmón y helado de menta. Se come bien aquí.

En la habitación escribo un correo electrónico. Trato de explicar a un viejo amor que se dedica a la botánica lo que me ha venido siguiendo. Luego de una semana de mails con reproches y aclaraciones, sé (es decir saboreo) el nombre: Cistus Ladanifer, planta pirófita, el Ave Fénix del reino vegetal. Crece en la ceniza de los incendios naturales.

A mucha gente le he preguntado, ¿a qué huele Madrid? Me dicen que a vino tinto o a jamón serrano. No sé si lo habrán notado. Sospecho que no. Madrid huele a Jara de Ládano y hoy tengo aquí una hojita. La froto y emerge el olor correoso, y del olor correoso emergen como de una muñeca rusa todos aquellos kilómetros que caminé convaleciendo la muerte de mi papá.

FERNANDO ZAMORA