24 de marzo de 2013 / 05:40 p.m.

México • Cuando Quincy Delight (deleite) Jones hijo nació, una mañana de marzo de 1933 en Chicago en medio de la Gran Depresión, Adolfo Hitler acababa de ser designado canciller de Alemania, la cinta King Kong llegaba a su segunda semana de estreno con lo último en efectos especiales y F. D. Roosvelt estrenaba el primero de sus periodos al frente de la Presidencia de Estados Unidos.

De madre banquera y padre carpintero —cuyos clientes eran mafiosos locales—, Quincy traía inoculado el gen de la síncopa y fue de los primeros en capitalizar el swing que un tal Satchmo le acababa de heredar al jazz. Aunque quería ser gánster como Dillinger o los Jones Boys, un día su padre les dijo, “nos vamos a Seattle”, que fue donde Quincy hijo conoció el piano.

De algún modo el músico cumplió su sueño de ser gánster, pero un padrote musical, que hasta donde se sepa, nunca ha actuado al margen de la ley y que por el contrario acumuló una cantidad de reconocimientos a los que ya nadie llegará: el artista que más nominaciones ha recibido para los Grammy (79), de los que ha ganado 27, honoris causa en media docena de universidades, el Premio Emmy por la música del episodio de apertura de Roots, la Legión de Honor por parte del gobierno francés, la Orden de las Artes y Letras del Ministerio francés de Cultura, una de las seis mayores influencias en la música de jazz en el siglo XX, según la revista Time. Magnate de la televisión, productor del álbum más vendido en la historia de la música ?Thriller de Michael Jackson, que ya rebasó la cifra de 110 millones de copias, aunque al mismo artista le produjo Bad y el insuperable On The Wall? y el homenaje que le rindió la industria al retirar la letra “Q” ligada a cualquier artista o producción. “Q” sólo puede ser Quincy y nadie más.

Cuando Jones cumplió 18 años, obtuvo una beca para estudiar en el colegio Berklee en Boston (donde lo consideran su alumno más famoso), y no tardó mucho en enrolarse con la orquesta de Lionel Hampton para después trabajar con Count Basie, Dinah Washington y Dizzy Gilliespie en una entrada triunfal y por la puerta grande a las grandes ligas del jazz en calidad de trompetista y arreglista.

Amigo íntimo de Martin Luther King, Quincy Jones ha respondido al espíritu belicoso de su gobierno con la conformación de fundaciones que promueven acciones para solucionar conflictos violentos en cualquier parte del mundo.

Músico excepcional, es, sin embargo, es en su faceta como productor donde se halla la parte más brillante de su legado. Tras de un lustro de entrenamiento en Europa donde estudio composición y se relacionó con decenas de figuras como Pablo Picasso y Leonard Bernstein, regresó a Nueva York contratado como vicepresidente de Mercury Records y desde esta privilegiada posición producir infinidad de trabajos llevados a la excelencia. Le debemos decenas de grabaciones de Duke Ellington, Ray Charles, Sarah Vaughan, Count Basie, Aretha Franklin, Dinah Washington y su amigo Ray Charles entre otros artistas.

Del mismo modo, le produjo varios temas a Frank Sinatra quien comandaba la “pandilla de ratas” formada por Dean Martin, Lauren Bacall, Judy Garland y Sammy Davis Jr. Irónicamente, son ellos quienes se han vendido como el epítome de lo cool aunque, al menos Frank, tuvo una relación cercana con la verdadera mafia, y en la vida real resultaban unos verdaderos tiranos con su propia grey.

Por el contrario, nadie más solidario y armonioso que el propio Jones, que en la crucial década de los sesenta apoyó, como decíamos, a Luther King, pero también al reverendo Jessy Jackson, ingeniero de la Operation Breadbasket, dedicada a proveer de mejores condiciones económicas a las empobrecidas comunidades negras. Siguiendo con su vena filantrópica y aprovechando el impacto que ya tenía en el medio musical, el verdadero espíritu solidario y emprendedor de Quincy Jones se reflejó en el proyecto “We are the World”, que recaudó más de 65 millones de dólares para la hambruna en Etiopía, pero lo más importante es que obligó al gobierno de Ronald Reagan a donar otros 800 millones en ayuda para la misma causa.

Tras de sufrir a principios de los setenta un aneurisma cerebral que lo obligó a dejar de tocar la trompeta, Quincy grabó en 1982 el álbum The Dude, donde se reinventa y lanza a ritmo de pop parte de su legado. El álbum más cool de la historia que contaba con la hoy archi reconocida “I No Corrida”, mezcla de música disco, rock, soul y jazz. Las criticas de los puristas del jazz a su incursión al pop, cayeron como tromba pero “Q”, respondió que si por ejemplo “no eres capaz de ver en ‘Baby be Mine’ (track número 2 del Thriller) la complejidad de “Giant Steps” de John Coltrane, es que entonces no haz entendido nada”.

Siguiendo con su espíritu solidario, “the coolest men in the world” se juntó con otros destacados filántropos como Bono, Bob Geldof y Juan Pablo II, para pedir por el fin de la deuda del Tercer Mundo. Consiguieron bajarle 27 millones de alivio a la deuda de Bolivia, Mozambique y Costa de Marfil. Con un espíritu solidario de varias décadas, en el 2004, frente a una audiencia en vivo de más de medio millón de espectadores, Jones lanzó la iniciativa “We Are the Future”, que ha establecido en ciudades de Palestina, Eritrea, Etiopía, Rwanda y Sierra Leona entrenamiento a jóvenes en temas de salud, nutrición, informática, deportes y artes.

Quizá tantos esfuerzos altruistas en esta parte de su vida haya demeritado su actual producción musical pero después de producirle a Sinatra “Fly me to the Moon”, de trabajar con Louis Armstrong, Nat King Cole, Billie Holiday, Aretha Franklin o Ray Charles y de reinventar y dignificar la negritud, suponemos que Delight Jones puede sentirse musicalmente satisfecho.

“Después que Charlie Bird nos dejó a los 34 años, yo nunca soñé llegar a los ochenta”, escribió Jones en su sitio personal hace unos días. Entre sus datos curiosos, Quincy Jones jamás aprendió a conducir un auto. Además, nunca se quita el anillo que Frank Sinatra le heredó: “Cuando voy a Sicilia, ya no necesito pasaporte, tan sólo basta mostrar mi anillo para ingresar”.

¿Así o más cool?

JUAN ALBERTO VÁZQUEZ