20 de abril de 2013 / 04:58 p.m.

Monterrey • El deseo puede abrir a los saberes, ya sea a las referencias mitológicas o de las pinturas de los grandes artistas de la historia universal, y que se envuelven en una narrativa erótica en Las ninfas a veces sonríen (Alfaguara, 2012), de la escritora Ana Clavel, que continúa la saga de Las violetas son flores de deseo.

Si en su anterior novela hacía una indagación de instintos, de abismo, referentes a partes tabú, como el deseo del incesto o el uso de muñecas sexuadas, desde el punto de vista masculino, la autora se dio cuenta que quedaba pendiente la voz femenina, a la que le dio forma para su reciente obra.

"Yo quería plantear una historia nueva de exploración del deseo femenino, pero desde un registro diferente, no manejarlo desde el lado de la culpa, porque así como sabemos que los territorios de la sexualidad se viven con sentimientos de culpa y todo lo que pesa en el imaginario del cuerpo y del deseo, pero la realidad es tan basta, de manera que configuré un personaje que viviera ese deseo de una manera gozosa y que en la medida en que lo iba a vivir así, iba a erigirse en una suerte de ninfa, de diosa, pues quien lo puede vivir así es un verdadero dios".

Clavel comenta que la protagonista de esta obra, Ada, se le ocurrió al ir mezclando elementos fantásticos que la van rodeando en esa suerte de edad dorada, en que por su simple deseo se va conformando para explorar y atreverse en la medida de lo que ella va necesitando, creando un universo en el que se cruzan mitos, cuentos de hadas, leyendas y personas que desfilan por su vida y que se abren al deseo en sus diversos niveles.

"Pienso que cuando empiezo el primer fragmento estoy pensando en Botticelli, en el cuadro de Nacimiento de Venus. En este capítulo ella dice que le daba por tocarse, pero no en un sentido onanista, sino que es el simple acto de sentir la piel, de acariciarse la piel, ejercitar el sentido del tacto.

"Y pensaba yo que ella decretaba la belleza y las imágenes que me remitían al momento que Venus está saliendo del agua. Así estoy eludiendo desde un imaginario en que el lector está más avezado en este mundo de referencias clásicas, de una edad de oro, de la protagonista, que en realidad es como una primera etapa del disfrute del cuerpo, convirtiéndolo en el paraíso".

Un parte del libro enuncia lo siguiente: "Me envolvía en mis pétalos, me gozaba sintiéndome. Yo era mi Paraíso", y que en la novela de Clavel apunta hacia el destino personal, de la envoltura del momento erótico:

"El Paraíso es un territorio que no es propio, de los pocos espacios de lo que valdría la pena expropiar. Nuestros cuerpos no son propios, sino que obedecen a criterios ideológicos, de prejuicio, es un territorio tan cercano a nosotros, que por el hecho de que somos un cuerpo, un terreno, podríamos liberar esa condición tan avasalladora que tiene que ver con la mercadotecnia".

Una obra que refleja las inquietudes de la escritora nacida en la Ciudad de México, y que se deja llevar por esa posibilidad de lo erótico, tema que ha manejado en otras obras.

 ISRAEL MORALES