10 de febrero de 2013 / 06:14 p.m.

El país mantiene intacta y salvaje su inmensa naturaleza, que tiene en el delta del Okavango y en el famoso desierto del Kalahari sus mayores exponentes.

 

El Parque Nacional de Moremi está en Botsuana, al sur de África; recibió ese nombre en honor del Jefe Moremi de la tribu BaTawana. Es una reserva de casi tres mil kilómetros de vida salvaje donde los conservacionistas nos guiarán por el hábitat del leopardo, por la casa de este imponente y escurridizo felino que difícilmente se deja observar en su esplendor total.

Aterrizar en la pequeña pista fue casi un milagro… Tommy, nuestro guía, nos dice que estamos listos para partir. El delta del río Okavango nos espera y no hay forma de describir cómo este río tormentoso prácticamente es tragado por el desierto: una vivencia única en la tierra. Es el Botsuana mágico.

Todavía no nos hemos repuesto del trayecto aéreo cuando John, nuestro chofer, se detiene abruptamente. Al frente aparecen unas cebras, como muchas de las que he visto en África, y Tommy me pide que observe con detalle a la que está al extremo derecho. “Esto no lo vas a volver a ver en tu vida. Esta cebra fue atacada por un león cuando era joven… Le destrozó el costado derecho pero no logró alcanzarle el cuello para asfixiarla. Luchó por su vida, escapó y con el tiempo curó sus heridas. Es una sobreviviente”.

Vemos el formato desértico de Sabute. Increíble que a tan poca distancia aparezca el inundable Okavango y que nos rodeen árboles majestuosos que cobijan con sus sombras las charcas donde los antílopes aprovechan una extraordinaria tranquilidad. Los monos felices arrancan uno a uno los pastos más tiernos. Son los bien conocidos vervets (Cercopihtecus aethiops) con su expresiva cara negra, sus orejas desplegadas y un hermoso color gris verdoso y una extensa cola. Son bien definidos como los grandes colonizadores en África.

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Tommy dice que hoy es el día del leopardo. Otros naturalistas le comentaron que después de pasar el lago mayor avistaron por la noche a un leopardo que había cazado a un gran antílope. Muy probablemente esté refugiado en algún árbol cercano disfrutando de su presa.

Llegamos al bosque. Tommy me pide que lo acompañe y me enseña una huella perfectamente delineada. Me indica que por su profundidad y tamaño piensa que se trata de una hembra. Abordamos el jeep y me dice que muy cerca encontraremos señales del ataque. En efecto: ramas rotas, hojas pisadas, un poco de sangre y, sobre todo, marcas de un arrastre que se dirige hacia el norte.

“¡A las 10, a las 10!”. En una horqueta vemos cómo aparece impertérrita la figura de un hermoso leopardo. Dormita en una oquedad, entrecierra los ojos, los abre y nos muestra dos luceros color gris verdoso que auscultan el vehículo para determinar si representamos algún peligro. Después da una pequeña vuelta para que el sol caliente su dorso.

El elegante felino no se mueve. De repente, un grito estridente llama nuestra atención, luego aumenta en volumen poco a poco conforme nos acercamos lentamente al árbol, hasta quedar a unos 30 metros. El follaje nos impide ver su origen. Saco los Leica y a revisar rama por rama… A unos dos metros del leopardo, una pequeña ardilla se desgañita furiosamente. Tommy voltea y me dice: “El leopardo decidió descansar en el nido de la ardilla. Le grita porque quiere recuperar su casa”. Es un pequeño valiente que arriesga su vida.

Abandonamos el sitio y nos dirigimos a recorrer una parte de la extensa sabana. Por la tarde, regresemos al punto donde al comenzar el día avistamos al felino. Aún se encuentra en el mismo árbol y en la misma horqueta.

Por simple curiosidad rastreo todo el árbol en busca de la enfurecida ardilla. ¿Habrá muerto? No escucho ningún ruido. A petición mía, John aproxima el jeep sigilosamente... La ardilla continúa con su labor de atosigamiento al depredador, pero ya no se escuchan sus gritos. Quedó ronca de tanto quejarse. ¡Increíble!

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Moremi es un parque exageradamente saludable. Pese a contar con un área desértica importante, los brotes de agua son constantes y le dan vida a toda la región. Llegamos al lindero norte y nos encontramos con una hembra cheeta o guepardo (Acinonyx jubatus), acompañada de dos juveniles que juegan con su cola. Proseguimos nuestro recorrido y el terreno se torna desértico. Aparece todo un paraje lleno de columnas o, mejor descrito, de volcanes de unos dos o tres metros de altura. Son termiteros que en algún momento abrazaron con todas sus fuerzas a un árbol vigoroso y lo destruyeron con el tiempo, igual que en Tanzania y en Kenya.

A la sombra de un árbol está un sinnúmero de cebras que se resguardan del intenso calor seco. Al verlas juntas se entiende el motivo de sus rayas. Se pueden contar 20, todas unidas de tal manera que no se puede diferenciar la cabeza de sus cuartos traseros. Es una ayuda invaluable en caso de que sean atacadas por algún depredador, ya que en un intento de escape, aquél no puede saber a ciencia cierta hacia donde correrá la presa. Segundos valiosísimos que pueden significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Por la tarde decidimos buscar de nueva cuenta a la cheeta con sus dos juveniles. Está con uno solo de sus cachorros junto a ella. Ambos animales voltean hacia un lado. Tommy comenta que posiblemente hubo un “ataque de leones o de elefantes, o de un cheeta alpha macho…”.

Iniciamos la búsqueda del otro cachorro en la dirección hacia donde la madre voltea con insistencia. No encontramos huellas o pistas… nada… Pasa el tiempo y el juvenil se agita; la madre pasa de inmediato de una posición recostada a una de alerta. Un sonido agudo se escucha.

—¡Iiiccc, iiiccc!

Ambos felinos mueven sus orejas con inquietud y tratan de detectar algo en el horizonte.

—¡Iiiccc, iiiccc!

Pasan los minutos y logramos escuchar un sonido que proviene del lado opuesto. El juvenil inicia el movimiento hacia esa zona seguido por la madre. Entre los arbustos aparece el otro juvenil. Está un poco desaliñado. Ya reunidos, regresan hacia la pequeña colina: la madre va con un pequeño trote mientras los juveniles corren a más velocidad, en zigzag y chocando uno con el otro. Tommy me comenta su teoría de lo sucedido.

“Tachi, pienso que la familia fue separada por algún grupo de elefantes. El cachorro perdido estaba mucho más sucio y polvoso. Imagino que fue atacado y que la única forma de salvar la vida fue la de correr alejándose de la madre. Afortunadamente no fue un ataque de leones porque hubiese sido mortal. Rastreó el olor de su familia y la encontró. De no haberlo logrado, lo más probable es que hubiese muerto”.

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Aquí hay una gran variedad de antílopes, en especial el conocido como lechwe rojo (Kobus leche) con sus cuernos largos curveados ligeramente hacia atrás. Son excelentes nadadores. En la orilla norte detectamos a un buen número de hipopótamos y cocodrilos. El potente macho alpha de los hipopótamos se desplaza en el agua a una velocidad vertiginosa, y mucho mayor en tierra.

Al regreso de la zona poniente, Tommy encontró el rastro de un leopardo. El área es más desértica que donde encontramos al felino de la horqueta. A lo lejos se percibe una línea de árboles bastante altos. John nos señala un bulto sobre una rama que se encuentra ubicado a nuestras 3.

Es un leopardo macho de unos 80 kilos, está totalmente relajado y sus extremidades cuelgan a los lados de la rama donde descansa. Nos acercamos y el espectáculo es excepcional. Jamás había visto a un leopardo estático y tranquilo a esta distancia. El jeep está casi debajo de él. El carcax del antílope que atrapó se encuentra a unos 100 metros. No lo subió al árbol para protegerlo de posibles visitas inesperadas y peligrosas. Ni leones ni hienas se perciben alrededor. Solo un grupo de buitres lo rodean y se disponen a concluir la labor del felino…

Sopla ya una brisa agradable que hace que los secos 40 grados de temperatura desciendan. El alpha también lo percibe y empieza a despertar. Con suma flojera recoge sus extremidades y las pone a los lados de su cuerpo. Aún no abre los ojos. Mueve las orejas con rápidos movimientos para espantar a las moscas que todavía lo molestan. Un gran bostezo enseña sus portentosas fauces, enmarcadas por grandes colmillos blancos.

Empieza a estirarse. Primero las patas delanteras. Sus garras se apoyan en la superficie del tronco. Gira sobre su eje y nos da la espalda. Tommy da la instrucción para retirarnos del árbol. Sabe bien que el leopardo está entrando en actividad. Ya como a unos 60 metros, podemos apreciar cómo se dirige al centro del árbol. Uno, dos brincos y está en el suelo. Su agilidad es única. A los pocos instantes desaparece en la espesura siguiendo el cauce del riachuelo, que es parte de su casa.

El leopardo (Panthera pardus) es el menor de los cuatro grandes felinos que existen en el orbe después del tigre de Bengala, el león y nuestro jaguar americano. En alguna época su distribución abarcaba desde Siberia hasta Sudáfrica. Actualmente se le localiza en el África subsahariana y aparecen poblaciones fragmentadas en Sri Lanka, Indochina, Malasia, Indonesia y China.

Sus patas son relativamente cortas y cuenta con un cuerpo largo sostenido por una fuerte estructura ósea. Su piel incomparable tiene manchas que asemejan rosas. Subsiste gracias a su forma oportunista de cazar, mientras su capacidad de correr alcanzar casi los 60 kilómetros por hora y es inigualable su habilidad para trepar a los árboles cargando a sus presas. Su cuerpo llega a tener una longitud de un metro 60 cm, y una hermosa cola que llega a darle hasta un metro adicional. Los machos pueden alcanzar 80 cm de altura y pesar hasta 90 kilos.

_____*Conocido como Tachi, el autor ha participado en proyectos de conservación en la Selva Lacandona, África, India, Nepal, Indonesia, el Amazonas, las Islas Galápagos, la Antártida y el Ártico Noruego.rafaelmorenot.rmt@gmail.com

RAFAEL MORENO TURRENT