20 de junio de 2013 / 11:43 p.m.

 Nueva York  • La luz que no ilumina el objeto, sino como objeto en sí misma, dotada de filosofía y poder transformador, es el instrumento con el que el artista estadunidense Peter Turrell reescribe la arquitectura del museo Guggenheim de Nueva York y convierte su famoso espacio central en una deslumbrante instalación.

Turrell, maestro de la percepción que despuntó en los años sesenta y setenta, se permite el lujo de eclipsar la rampa en espiral diseñada por Frank Lloyd Wright e invertir su visión expansiva, hasta convertirla, mediante seis anillos irregulares y concéntricos, en un hipnótico paisaje celeste de colores cambiantes.

"Aten Reign", una ingrávida instalación de telas y leds controlados desde un ordenador, es el nombre de este último trabajo del artista, que no hacía una exposición en Nueva York desde 1980, y quien hoy, con su barba nívea y su buen humor, presentó esta muestra que ocupará el museo Salmon R. Guggenheim desde mañana hasta el 25 de septiembre.

"Hace un tiempo magnífico fuera, no tendrían que estar aquí", bromeó de manera nada inocente, pues es la relación entre dentro y fuera, el juego entre el paisaje y la arquitectura, la que hila su vida y su obra, desde ese día en el que, cansado y aburrido en una reunión, mirando al techo, decidió que quería abrir una ventana al cielo... o enmarcarlo, como hizo en el museo de Israel de Jerusalén.

"Mi trabajo es tomar el espacio y jugar con su fisicalidad. Ocuparlo mediante la luz y desintegrarlo, de manera que emerja su naturaleza más profunda. Me gusta mezclar lo material y lo inmaterial. A veces vemos con más claridad en sueños, con los ojos cerrados, que con los ojos abiertos", sintetizó Turrell, nacido en Los Ángeles en 1943, de madre cuáquera y padre funcionario.

Con un sofisticado y minimalista arte del trampantojo, fruto de la técnica y la investigación casi científica, Turrell juega con sus proyectores, hace al espectador desconfiar de su percepción y querer palpar esos volúmenes ambiguos que surgen de manera mágica en los rincones de cada habitación.

Y en esta retrospectiva, se recuperan algunos de sus primeros logros, como "Prado" y "Afrum I", de 1967. Salas vacías, en las que la luz da textura a la atmósfera.

"Para mí la historia del arte se puede resumir en un grupo de personas intentando retratar la luz", dijo quien reconoce influencias directas, aunque desde luego imperceptibles, de los grabados de Rembrandt o Goya.

"El arte es algo muy simple. La vida es mucho más complicada. No se puede tallar como la madera o esculpir como la piedra", ha dicho y recordado que, para un artista, no puede haber un color favorito. "Es como preguntarle a un músico cuál es su nota favorita. Los necesitamos todos, aunque sea para crear el blanco", ha explicado.

Es el negro casi total, en cambio, con el que el artista vuelve a levantar expectación y largas colas ante una propuesta de 1976, "Iltar", en la que la mirada tiene que acostumbrarse a la oscuridad para empezar a apreciar el espejismo que Turrell esconde en una habitación de la quinta planta del museo.

Así, la luz, para Turrell, tiene momento y tiene edad. "La gente va con los ojos entrecerrados al medio día, porque el ojo está concebido para el amanecer y el atardecer. Es entonces cuando el ojo se abre del todo, recibe y deja escapar la emoción", ha reflexionado.

Por eso, sus obras se abren al sol, las nubes o las estrellas para interactuar con ellos. "Me interesa la idea de la luz nueva y la luz vieja. La luz del sol es nueva, pero la de las estrellas no. Tarda años en llegar", aseguró.

Y, hablando de edades, Turrell, que acaba de cumplir los setenta, reconoció, tras agradecer al museo la flexibilidad para adaptar sus instalaciones a su arte, sentirse en plena forma. "Supongo que mi arte se hace más luminoso y más tranquilo, como mi pelo", concluyó.

 — EFE