Redacción
8 de julio de 2013 / 03:04 p.m.

Nemo 33 es el sueño hecho realidad de John Beernaerts, un ingeniero civil e instructor de buceo belga al que nunca le ha gustado iniciar a los nuevos buceadores en lóbregas canteras inundadas o en el tempestuoso Atlántico Norte, las opciones habituales en el norte de Europa.

Su “bebé“, según palabras del propio Beernaerts, necesitó ocho años de duro trabajo para que viese la luz; cinco de diseño para solventar todos los problemas tecnológicos, y tres de construcción, buscando siempre la optimización de recursos y la sostenibilidad medioambiental de toda la instalación. El arquitecto Sebastian Moreno-Vacca fue el encargado de dar forma a la “criatura” de Beernaerts.

Nemo 33 es en realidad un edificio dentro de otro. En el interior está el corazón, un enorme foso de buceo multinivel que alcanza la insólita cota de 33 m de profundidad máxima, lo que la convierte, hoy por hoy, en la piscina más profunda del mundo. Los primeros 12 m del vaso están sobre el nivel de la superficie, lo que permite ver desde casi cualquier rincón del exterior lo que sucede en el interior del foso de buceo a través de 14 ventanas. Envolviéndolo completamente se encuentra el edificio de servicios, con vestuarios, cafetería, restaurante, aulas, etc.