5 de enero de 2013 / 05:05 p.m.

México  A Gregorio (nombre ficticio) le cambió el semblante cuando tomó asiento en el módulo de información de la Unidad de detección de VIH y consejería ubicado en la Zona Rosa.

Él pasaba por la calle peatonal de Génova cuando fue atraído por la información impresa en las lonas que cubrían el camión y el toldo del módulo; “¿Estás seguro?”, advertía el impreso, seguido por la leyenda “pruébate y trátate”.

El módulo itinerante de Aids Healtcare Foundation se encuentra instalado desde hace dos años en la Zona Rosa; al igual que Gregorio, unas cien mil personas, desde entonces, se han realizado las pruebas que ofrecen el servicio de forma gratuita y con resultados efectivos en cuestión de minutos.

La prueba del VIH no es el único objetivo de la Unidad de Detección y Consejería; otro de los servicios es proporcionar información y canalizar a instituciones de salud pública y en su caso privada, a quienes resulten positivo en la prueba.

En primera instancia, a Gregorio le fue fácil acercarse a pedir información, luego, se convenció de practicarse el análisis; “Nunca me he hecho la prueba, pero estoy seguro que no soy portador”, dijo convencido.

Pero ya de frente a la información que proporcionaba el consejero de Aids Healtcare Foundation, Gregorio era otro, desencajado, serio; accedió a compartir su experiencia tras realizarse la prueba bajo el anonimato.

“¿Qué es lo que sabes acerca del sida y del VIH?”, preguntó el consejero a Gregorio; “sé que es una pandemia, y que su principal vía de transmisión es sexual”, respondió en tono cada vez mas nervioso.

A la expresa entrevista prosiguió una consulta detallada.

“Cuando entra este agente extraño que es el VIH, actúa nuestro sistema de defensas, es por eso que no nos damos cuenta, trabaja 10, 15, 20 años, sigue actuando y sostiene esta infección lo más que puede y en un momento dado destapa al sistema inmunológico y es cuando hablamos de una etapa de sida”.

El dato comienza a derrumbar la seguridad con que Gregorio llegó al módulo. De ese momento a la entrega del resultado solo faltan unos minutos, pero en el “espacio-tiempo”, cada segundo se estira dejando una estela de agobio.

La siguiente fase le confirma que su declaración inicial fue una imprudencia; “soy candidato a portar el VIH”, confiesa con desánimo tras llenar dos formularios con datos íntimos de su vida sexual.

Múltiples parejas, relaciones con personas poco conocidas y aventuras sin preservativo. Gregorio firma la hoja y la entrega al consejero quien le solicita que pase al módulo móvil: un camión adaptado con dos consultorios.

Gregorio toma asiento y entrega su brazo derecho al consultor, pero a éste solo le interesa tomarle el dedo anular; le sigue un imperceptible pinchazo, una gota de sangre que cae a un pequeño contenedor, y finalmente el fluido rojo mezclado en una solución.

Los siguientes 60 segundos transcurren en un diálogo —rutinario para los consultores— en el que Gregorio se confiesa nervioso. Finalmente, el resultado.

“El resultado es no reactivo”, confiesa el consultor a Gregorio, a quien no le queda claro el término, y con una mueca de desconcierto pide una explicación más detallada.

“Significa que no se encontraron anticuerpos de VIH en la muestra de sangre, lo cual sugiere que no estás infectado. Felicidades”, remata el consultor mientras que Gregorio respira hondo.

— LILIANA CAVAZOS