13 de junio de 2013 / 11:09 p.m.

 México • Muchos conocen la faceta de Rufino Tamayo como uno de los máximos exponentes de la pintura mexicana del siglo XX, pero pocos saben cuáles eran sus virtudes como esposo o cuáles fueron los sinsabores que enfrentó en su vida.

Su sobrina, María Elena Bermúdez Flores, pensó que valía la pena explorar ese lado de la historia y decidió plasmarlo en un libro. Con el paso del tiempo se dio cuenta de que había elegido una tarea titánica.

Sentía "una responsabilidad bárbara... Dije sí, pero no sabía a qué me estaba comprometiendo", dijo la autora en una entrevista reciente con The Associated Press antes de la presentación de "Los Tamayo, un cuadro de familia" en el Museo Rufino Tamayo de la Ciudad de México.

Por años, Bermúdez Flores se dio a la tarea de buscar entre los archivos que cuidadosamente había guardado Olga Tamayo, la esposa del pintor, y en ellos encontró un verdadero tesoro que incluyó en el libro, publicado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el estado de Oaxaca (de donde era originario Tamayo) y la Fundación Olga y Rufino Tamayo.

"Encontramos cartas maravillosas de los tíos", relató. También había "miles y cientos y cientos de fotografías".

"Yo elegí las fotografías de cómo yo me recordaba de estos tíos, siempre elegantes, siempre bien plantados, dando su mejor cara hacia el mundo. Yo me sentía muy orgullosa de ellos cuando presenciaban una exposición, una cena o una premiación, siempre era un gusto estar al lado de ellos y siempre aprendía yo mucho", dijo.

Otros objetos atractivos fueron los reconocimientos que recibió su tío, que consiguió en su casa en San Ángel, al sur de la Ciudad de México.

"Me llamaron mucho la atención sus condecoraciones, aquellas medallas, preseas, llaves de la ciudad (como las de Aguascalientes). Un día fascinada y emocionada, me subí a la azotea y las fui fotografiando una por una. Se me enchinaba el cuerpo (se erizaba), lloraba pero de emoción, y también de darme cuenta que realmente ese hombre que se había esforzado tanto, a la larga la vida lo compensó y lo compensó con creces", dijo la autora de 71 años.

Gracias a estos objetos y los recuerdos que tenía de sus tíos, Bermúdez Flores escribió durante más de 15 años todo sobre la vida de esta pareja: sus viajes, sus casas, sus correspondencias, sus obras filantrópicas, la historia de sus familias, su estancia en Nueva York; con una narrativa que dice recrea algunos diálogos pero es fiel a su historia.

"Quería que el libro fuera respetuoso y digno de mi familia y sobre todo verdadero. Aquí está nada más la verdad y nada más que la verdad. No sabría manejarme de otra manera. Es realmente la vida de Olga y Rufino a través de los ojos de una sobrina que vivió cerca".

Para Bermúdez Flores, crecer con el trabajo de Tamayo fue un "privilegio".

"Yo tenía 4 o 5 años cuando corría por el departamento y estaba el tío Rufino pintando y nos topábamos y nos moríamos de risa. Él siempre muy ordenado con todas sus pinturas, sus pinceles, aunque era aparatoso ver aquel caballete y sus pinturas, a la hora que él terminaba recogía y como si no hubiera pintado nadie", relató. "Te puedo decir que era mi mejor amigo, esperaba con ansiedad que llegara la vacación para que llegara el tío Rufino".

El libro comienza con un recuento de la historia de las familias de Olga y Rufino Tamayo y del momento en el que se conocieron. Olga y Débora, la madre de Bermúdez Flores, decían que Tamayo era "el muchacho de la guitarra" porque lo habían visto varias veces con una guitarra al hombro por el centro de la ciudad.

Para sorpresa de Olga, un día el muchacho estaba pintando el mural "El canto a la música" en el conservatorio donde ella estudió para concertista de piano. Para ella sus figuras eran unos "monos tan feos", que se acercó a Tamayo a decirle que no le gustaban, y él respondió que no lo interrumpiera.

Al día siguiente la fue a buscar, tras averiguar su dirección, con un ramo de flores y una caja de dulces, y al poco tiempo se casaron, profesando un amor que duró hasta su muerte y que en palabras de la autora se puede apreciar en los 20 retratos que pintó de ella y en la "O'' de Olga que incluía en su firma.

"A mi tío siempre lo vi pendiente de Olga, de su esposa, en todo momento estaba presente, estaba presente en su pintura. Si Olga tenía algún mal, Tamayo no vivía. Inclusive yo lo llegué a ver llorar amargamente por la salud de Olga. Era cariñoso, atento, era simpático, porque siempre Tamayo tuvo muy buen sentido del humor, con decirte que me hubiera gustado tener un marido como Rufino Tamayo".

Y Olga era el complemento perfecto para el pintor, encargándose de sus relaciones públicas y de que todo funcionara a su alrededor.

"Mi tía Olga siempre supo llevar de maravilla el papel. Le encantó ser en lugar de Olga Flores Rivas (su nombre veradadero), Olga Tamayo; muchos años no se acordaba de que había sido Olga Flores Rivas. Le gustaba presidir, le gustaba llevar el control de todo e invariablemente a Tamayo lo tomaba en cuenta para todo".

De forma muy honesta, el retrato que Bermúdez Flores hizo de sus tíos no dejó de lado las dificultades que enfrentaron como pareja, como el hecho de que nunca llegaron a ser padres.

"Ya estando casados ella queda embarazada, pero los dos entraron en crisis, porque querían ser padres... pero de momento ese primer embarazo lo interrumpen porque realmente carecían de todo, y consideraron que iban a ser sumamente irresponsables si ellos consentían el nacimiento de ese hijo al cual no le podían ofrecer nada", dijo la sobrina.

Años después, cuando su situación era mejor, Olga esperaba nuevamente un bebé pero fue un embarazo extrauterino, por lo que tuvo que abortar. Su siguiente embarazo tuvo el mismo resultado.

"Fue terrible para Olga. Al darse cuenta que no podía ser madre, tuvo que ser hospitalizada en un (hospital) psiquiátrico porque perdió la razón. Esa pena los persiguió toda la vida", dijo Bermúdez Flores.

Al final Olga logró vivir con relativa paz tras seguir un tratamiento psiquiátrico. Rufino murió en 1991 y ella tres años más tarde.

El legado de los Tamayo se prolongó más allá de su muerte.

En 2008 su pintura "Trobador" se vendió por 7.2 millones de dólares en una subasta en Nueva York, rompiendo el récord mundial como la obra de arte latinoamericano mejor vendida en subasta que ostentaba Frida Kahlo con "Raíces" (vendida en 2006 por 5,6 millones de dólares), una marca que aún mantiene.

Al preguntarle qué habría pensado Tamayo de los precios estratosféricos que han alcanzado sus pinturas, Bermúdez Flores no dudó en responder: "Desde luego se hubiera puesto feliz porque seguramente iba a poder hacer más obras de caridad y podría apoyar más a la cultura, que era lo que le interesaba y por lo que trabajaba en los últimos años".

 — AP