17 de abril de 2013 / 02:18 p.m.

En la primavera de 2009, un nuevo virus de influenza AH1N1 se propagó y ocasionó una nueva enfermedad respiratoria aguda y el deceso de personas contagiadas, lo que dio lugar a la primera pandemia de gripe desde 1968, así declarada por la Organización Mundial de Salud (OMS). México fue el primer país en reportar casos de esa cepa en particular, en el continente y el planeta.

Ante esa situación, un grupo de científicos mexicanos, encabezado por Mireya Moya Núñez, académica de la Facultad de Química (FQ) de la UNAM e investigadora del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER), en colaboración con el Instituto de Ciencias del Mar y Limnología (ICMyL) de esta casa de estudios, y con otros institutos nacionales, realizó una investigación encaminada a encontrar respuestas de cómo preservar la vida de pacientes infectados con ese nuevo virus, cuyos resultados fueron publicados en la revista Scientific Reports de Nature.

De acuerdo con la investigación, financiada por el Conacyt, en los casos y controles de estudio atendidos en los institutos nacionales de Enfermedades Respiratorias (INER) y de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán (INCMNSZ), se determinó una importante deficiencia de nutrientes esenciales, como selenio o cobre; este último relacionado, de forma particular, con pacientes obesos (grado II-III).

También, se registró la presencia de concentraciones elevadas de elementos potencialmente tóxicos como plomo, mercurio, cadmio, cromo y arsénico, aunado al hábito de fumar.

Moya Núñez indicó que determinar el perfil toxicológico de las personas fumadoras, en su mayoría jóvenes, infectadas por el virus AH1N1 “fue una muestra valiosa para nuestra labor, además de otro conjunto integrado por aquellos no fumadores infectados”.

Asimismo, se monitorearon casos de familiares que estuvieron en contacto con infectados, pero que no desarrollaron la enfermedad. "“La investigación ocurrió en un momento coyuntural para el país; iniciamos en octubre de 2009, año en que los picos de la epidemia se encontraban aún muy altos, y ello nos forzó a poner nuestro mejor esfuerzo para estudiar un problema nuevo de salud pública. El quehacer científico y multidisciplinario esperaba generar conocimiento que aportara respuestas y soluciones”".

Inicialmente, la investigación estaba orientada a analizar elementos potencialmente tóxicos asociados a fumadores infectados con el virus; “"los casos que se complicaban a neumonía aguda, principalmente, eran nuestro grupo de estudio”", resaltó la académica.

Se observó que los afectados se encontraban en etapa productiva, entre los 20 y 45 años de edad. “"En ese momento se desconocía por qué afectaba principalmente a ese grupo etáreo, aunque la prioridad de los institutos era atender y suministrar el tratamiento adecuado para salvar vidas, así como aprender y aportar conocimiento a través de esas muestras únicas; en esta última fase tuvimos la oportunidad de estar como investigadores”".

Los pacientes del protocolo debían cumplir ciertos criterios, entre ellos la edad; no haber sido inmunizados, no tener alguna fuente toxicológica asociada, ni haber recibido tratamiento farmacológico. "“Precisamente bajo esas condiciones presentaron los síntomas pico, que llamamos de manifestación de la enfermedad y de agravamiento rápido (neumonía crítica)"”.

Se tomaron muestras sanguíneas en los distintos grupos de estudio, infectados con la cepa pandémica AH1N1, y aquellos no infectados que mantuvieron contacto directo con los primeros, para evaluar los niveles de elementos potencialmente tóxicos y esenciales.

Si bien los resultados indican altos niveles de concentración de elementos potencialmente tóxicos asociados al tabaco (como el plomo) y la disminución de selenio por debajo del 12.5 µg/dL, recomendable para un organismo sano, en comparación con los no fumadores, hasta el momento este factor no puede considerarse como condicionante para adquirir el virus y agravar al paciente hasta su situación más crítica.

Redacción