7 de abril de 2013 / 09:08 p.m.

Chiapas • Cuando niña, al llegar la hora de dormir, Ruth se sentaba y mientras se mecía de un lado a otro, de su infantil boca salía una canción de cuna. Todavía no hablaba bien, pero los balbuceos que deja escapar eran suficientes para arrullar sus sueños.

En ese entonces su mamá no sabía que sería una de las pocas sopranos que existen en Chiapas. Ni que su talento la llevaría hasta Alemania a tomar clases con artistas mexicanas de talla mundial. No, ella sólo sonreía ante ese pequeño concierto de tierna melodía mientras Ruth soñaba.

Una vez creció, la niña de sonrisa grande, oculta tras unos labios pequeños y ojos café obscuro, se sorprendía al ver el coro de su iglesia. Desde edad temprana, sintió cómo el canto era el camino idóneo para comunicarse con Dios.

La plática con Él, se hacía a través del canto, las tonadas de los coros que desde siglos se dedicaban en la iglesia Presbiteriana, que ha guiado su espiritualidad, seducían su vocación por el arte. Orar y cantar se volvió un sinónimo.

A los nueve años decidió ingresar al coro de su iglesia, en un templo donde todos los presentes cantaban a una sola voz, aun así la futura soprano quería pertenecer aquellos que toman en serio su canto como ofrenda a lo divino. Para ella la música es un regalo de Dios y dedicarle su voz era la mejor manera de agradecer esa gracia.

Creció y se hizo arquitecto. El riesgo de la profesión hizo que su familia le exigiera una carrera. Su madre, quien después se hizo su fan número uno y no sólo "mano derecha" sino "las dos manos" definido por la artista, le obligó a tener una carrera con menor riesgo.

La armonía y disciplina del arte plástico le permitió en un futuro aplicarlo a la música. Nota a nota, como ladrillo tras ladrillo; trazo a trazo como tono a tono, logró encontrar el enlace para dos artes diferentes. Pero eso no lo sabía en ese momento. El canto quedó relegado a segundo plano.

La universidad terminó, como termina cualquier sonata que no es del total agrado de un artista pero debe ejercerla. Y un día, decidió partir de su natal Chiapas para lograr una maestría, en ese entonces parecía que el estado de Jaime Sabines se quedaría sin la voz de la soprano.

Ruth viajó a Veracruz, iba buscando a quién sabe cuál escuela su futuro en la arquitectura. Y es "quién sabe" pues al pasar por la calle Washington, frente a la escuela municipal de Bellas Artes cuando se preguntó: "Y si este semestre estudio canto…" Y fue cuando la música la atrapó.

"ESOS 30 SEGUNDOS ANTES DE ENTRAR AL ESCENARIO ES COMO SERÁ MI MUERTE"

Ahora ya es una mujer. Blanca Ruth Esponda está a punto de entrar al escenario del Primer Festival Nacional de Música Sacra, aún conserva esa sonrisa grande y esos ojos obscuros que brillan cada que habla de su pasión, la música. Faltan menos de un minuto y los sentimientos son más intensos.

Un reto nuevo está ante ella. Como soprano los tonos que alcanza son altos, de los más altos para una mujer. Ahora le piden ser mezzosoprano. Una tesitura más baja le genera un reto a su voz. Algo que contará a sus alumnos después pero hoy debe pasar la prueba.

Faltan 30 segundos para iniciar el concierto, las emociones crecen y las ansias se acentúan por la cercanía. Estas sensaciones le recuerdan a la muerte, Ruth trata de imaginar el momento en que morirá, ¿será así? con ese temor a lo desconocido, con esos nervios antes del gran momento.

Sube, con pasos breves pero seguros se acerca a su atril, toma aire y esa sonrisa se borra para dar paso a la voz. Este momento, piensa después, será igual a después que haya dejado este mundo. Ya atrás la muerte, ahora sus labios entonarán delante de Dios las melodías que en vida cantó.

Desde pequeña los cantos barrocos han sido de su predilección. Cree que el humano tiene la facilidad de crear las canciones más bellas si son para Dios. La emoción de las letras invaden su pecho, las lágrimas se pueden asomar pero recuerda que ahora lo importante no es ella, es su voz.

A pesar de sus creencias, estar en un escenario le genera una responsabilidad y recuerda el pasaje bíblico de su predilección: Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento.

La calidad es ante todo. Se repone y entona las melodías para hacer que sea el público quien emita esos sentimientos, que sea una relación entre su voz y los asistentes.

Ruth canta, se divierte. Antes de ser un trabajo es una diversión pues es la razón que la ha guiado desde pequeña. Cuando deje de sentir ese gusto por el sacrificio, será cuando deje de cantar. Pero por el momento no, ahora todo es alegría.

Ahora ya da clases y esto le genera la responsabilidad de inculcar el amor y el respeto por la voz a los niños. Sabe que la música es universal y sin distinción social. Lo supo cuando una niña indígena de Venustiano Carranza, la imitó día después de su concierto con esa pasión que la caracteriza.

Su mamá la acompaña, mientras sigue realizando sus sueños y disfruta del canto. Con su sonrisa abre caminos que con su voz consolida. Es un talento joven, chiapaneco y comprometida con el canto formal.

JUAN DE DIOS GARCÍA DAVISH