24 de febrero de 2013 / 06:34 p.m.

Oaxaca • Este municipio es el que tiene el mayor porcentaje de población pobre en toda la República: 97.4 por ciento. Dos mil 922 de sus tres mil habitantes padecen pobreza, de acuerdo con los datos más recientes del Consejo Nacional para la Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). ¿Cómo sobreviven esos nueve de cada 10 habitantes de San Juan Tepeuxila, este lugar remoto de la región de la Cañada oaxaqueña? Y el restante 2.6 por ciento, 78 personas que no son pobres, que son los "ricos" de este ayuntamiento de indígenas cuicatecos, ¿qué hacen para escapar de la miseria?

Había que venir a este sitio y platicar con ambos grupos de pobladores para indagar…

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Aquí no se caza. Un letrero tras otro da cuenta de la prohibición existente en este municipio de indígenas que hablan cuicateco y que se rige por usos y costumbres. Hay venados. Hay pumas. Hay “tigrillos” (ocelotes). Víboras de cascabel. También coralillos. Y la peor, la serpiente metlapil: hace no mucho una de estas víboras mordió a un poblador de una comunidad remota, y como en época de lluvia no hay forma de transitar por las brechas vehiculares, no pudo ir a una clínica alejadísima de su localidad, así que el veneno “se le fue, le molió un pie y luego tuvieron que amputárselo”, narra el presidente municipal, Benjamín González.

Aquí también hay águilas y halcones que surcan flotando las hondonadas de las cañadas. Hay arroyos. La orografía y la vegetación del sitio es tan cambiante como los sonidos que le dan origen al nombre de la lengua local (Cuicatlán, “lugar de los cantares”): de pronto, de una cañada a otra, el paisaje va de cactáceas a pinares. Por esas variaciones de los ecosistemas, la tierra muta de la sequedad semidesértica a la fertilidad donde brotan el aguacate y el granado.

Y eso, justamente eso, unos cuantos costales de aguacate y granadas cultivados y cosechados, es lo que hace la diferencia entre los pobres-pobres y los "ricos", esos "ricos" entre los miserables de San Juan Tepeuxila. Un terrenito fértil en las intrincadas cañadas del lugar significa un abismo en este mundo de desvalidos idénticos, donde las variaciones solo se miden, como dicen ellos, en saber quién comió unas tortillas más. Ese pedazo de tierra generosa divide a unos cuantos “privilegiados” de los demás: a los afortunados los aleja de vivir como la mayoría, en el mísero autoconsumo de maíz y frijol, a veces únicamente de tortilla con salsa y sin frijol. Unos pocos pesos se atesoran para adquirir gemas como huevos, pan, y muy de cuando en cuando, trozos de carne ypollo. Y con ello, gracias a unos escuetos pero valiosos dígitos, las mediciones oficiales sacan de la pobreza a esos pocos elegidos…

San Sebastián Tlacolula es una de las seis localidades del municipio, a 30 minutos de brecha desde la cabecera municipal en camioneta todo terreno. De otra forma, serían horas a pie. Y ahí, ahí viven algunos de los “ricos” del municipio…

—No es que tengamos dinero para comprar otras cosas, sino para comer más… —sintetiza Camerino, recio campesino de 74 años que, junto a su mujer no menos fuerte, Elodia, de 73, anda dándole duro a la milpa —como si tuvieran 30 años menos—, recogiendo las mazorcas que les ha dado su parcela de maíz en un terreno vertical que desafía la gravedad: pareciera que desde esta ladera inclinadísima donde han sembrado y ahora cosechan, en cualquier momento uno se va a caer al fondo de la cañada.

El abuelo y la abuela, de risa espontánea, de ánimo festivo (“cuando uno come mejor, anda de buenas”, dice la mujercita casi enana, que es la más dicharachera), no dejan de recoger su cosecha mientras platican de sus “riquezas”.

—Somos pobres, pero no… —filosofa ella.

—Le voy a explicar cuánto saco, porque el maíz es para comer, no para vender. Ni el frijol. Hago como 30 cajas al año de granadas. Me las pagan a 20 pesos la caja. Saco 600 pesos. Luego hago como 20 cajas de aguacate, que me las pagan a 50 pesos. Son mil pesos. Son mil 600 pesos que tenemos de más…

A esa ganancia del hombre hay que agregarle un trabajo extra, el de jornalear en campo ajeno por 70 pesos al día. Aunque tal beneficio solo ocurre de octubre a marzo, seis meses, un par de ocasiones por semana. Ahí gana alrededor de tres mil 360 pesos para todo el año. Unos 280 pesos por mes.

En total, con las ventas de aguacates y granadas, y la jornaleada, el hombre llega a juntar cuatro mil 960 pesos anuales de ingresos que le suponen, si los ahorra y gasta al mes como 413 pesos. Unos 33 dólares. Son 103.33 pesos por semana. Catorce pesos diarios. Exactamente 14.76 pesos.

Ese es su “riqueza”, la que hace la diferencia respecto a los demás: un dólar. Con precisión, 1.18 dólares al día.

—Pero es poquito dinero… —se le dice al viejo.

—Poquito. No hay que malgastarlo, para que alcance. Así la vamos pasando, no comiendo bien siempre, pero a veces sí...

Se hace un silencio que vuela en eco mudo por la cañada. Se rompe cuando los abuelos reanudan la faena y truenan las hojas que envuelven sus mazorcas, algunas grandes, otras raquíticas.

—Entonces, ¿son bien pobres, o no?… —se les dice, por decir algo. La abuela ríe.

—Sí, pero no. Vamos ganando para el pan de cada día, cuando hay para el pan de cada día, pero otros están peor, no tienen ni bocado. Y mire, este chapulín (hace una pausa y coge al insecto que andaba en el maizal) va para el comal para que se le quite lo enojón (se carcajean)… Otros no comen, porque no creen en Dios. Nosotros, sí… Y solo pasamos hambre si no llueve…

Invocaciones religiosas que emanan de la resignación, y al mismo tiempo, de las ilusiones.

—¿Cree en Dios? ¿Y qué le piden?

—Le pido lluvia… —dice el campesino con tono de sentido común.

Su esposa anhela, con tono cantarín y pausado, más cosas:

—Comida… frijol… maíz… huevo… queso… sopa… nopalito… Todo para la comida… Porque si un día no hay, pues a comer tortilla con sal. Y cuando sí hay cosas, y se me quita la flojera, hago un atolito y nopalitos con salsitas… —sonríe la septuagenaria.

—Comemos triste a lo mejor para ustedes, pero vivimos. Vivimos hasta que diga Dios que nos vamos… —secunda el hombre de sombrero.

—¿Y no les da tristeza nada?

—No. Estamos acostumbrados a que no haya más de lo que hay. Y cuando hay más, hay… —cierra la charla el “rico” de San Juan Tepeuxila, de San Sebastián Tlacolula.

Ahí se quedan los dos, los abuelos, en su milpa, con el fondo de las montañas ocre y verde. Ahí se quedan con sus rostros curtidísimos por el sol serrano, con sus manos ásperas de tanto bregar en la tierra, con sus aguacates y granadas, con sus jornaleadas, con su dólar extra cada día, con sus rezos por queso, sopa, huevos y nopalitos para guisar en su casa grisácea con “piso firme” y paredes y techos de concreto. Ahí se quedan, los “ricos” de aquí, con sus oraciones por la lluvia, por mucha lluvia para lo que sembrarán ya pronto, en marzo…

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Casi todas las personas (nueve de cada 10) son pobres en este remoto lugar de la región de la Cañada oaxaqueña, ubicado a casi cuatro horas de la capital del estado (una hora y media del camino es de terracería y brecha). Pero eso no es todo: las condiciones de vida son más lamentables para siete de cada 10 de sus pobladores: 73.2 por ciento sufre pobreza extrema. Además, la abrumadora mayoría (83.7 por ciento), ocho de cada 10, tiene un ingreso “inferior a la línea de bienestar mínimo (Coneval)”. Sus magros recursos no les alcanzan para cubrir las necesidades básicas.

Hay quienes la pasan peor: cinco de cada 10 (54.9 por ciento) yacen en “pobreza alimentaria”. Tienen poquísimo para comer. Y, en el fondo, ahí yacen los paupérrimos, que son dos de cada 10 (24.4 por ciento): su “carencia social” más grave es la de “acceso a la alimentación”. Sin eufemismo, sin tecnicismo semántico: no tienen ni para comer lo mínimo requerido por un ser humano.

El lugar tiene un grado de rezago social “alto” y un grado de marginación también “alto”, de acuerdo con el Consejo Nacional de Población. Si San Juan Tepeuxila fuera un país, su Índice de Desarrollo Humano (0.599) lo ubicaría entre los peores lugares del mundo: ocuparía el sitio 128 entre 187 naciones, por detrás de países africanos y asiáticos como Namibia, Botsuana, Gabón, Kirguistán y Tayikistán.

Con gente como esa, con los pobres de San Juan Tepeuxila (con 97.4 por ciento de su población), también había que hablar para ver cómo sobreviven…

Nomás se cruza la cañada, subidas y bajadas vertiginosas, y surge una casa de los pobres-pobres. Vivienda con muros que no lo son: hileras de ramas como de bambú forman las paredes. Más varas verdosas hacen un techo poroso por donde la lluvia devendrá cascada. Sobre el piso de tierra, apoyadas un par de piedras que fungen como estufa, debajo de la cual una pila de troncos humeantes da fuego. Una olla exhibe la comida del día: papas. Papas en agua hervida con hierbas. Nada más. Papas con tortillas y salsa para toda la jornada. Sin frijoles. Nada más trozos de papas embarrados en las tortillas.

El hombre y la mujer que ahí viven no tienen mucho más en su vivienda. Un colchón roído. Una radio con pilas. Unos sarapes. Una gallina en una caja, un guajolote escuálido entre los brazos de su dueña. Un gallo escandaloso que busca a su hembra. Un tambo de agua de arroyo. Dos costales de mazorcas. Un pequeño nixtamal…

Nada más. Solo sus cuerpos flacuchos, metidos en ropas desgastadas. Y sus rostros tan apagados. Sus ojos de mirada opacas. Sus voces que son murmuraciones, bisbiseos, frases de dos o tres palabras, interrogaciones resignadas sin respuesta posible. Oraciones con largos silencios y alivios ingenuos.

—¿Qué le hacemos? Así estamos… No tenemos tanto sufrimiento, porque no tenemos animales para darles de comer. Además los gavilanes bajan y se comen a los más chiquitos… —revela ella.

Ambos, dicen, rezan a diario. Toda pobreza razonada va a dar en la esperanza religiosa. Y por eso, cuentan, oran cosas como esta: “Pido por cualquier mejora, para que ya no lamentemos más todo…”.

Se le llenan de lágrimas los ojos al hombre, que mesa su cabello encanecido y pasa su mano rasposa por su rostro repetidamente, lo restriega, como queriendo despertar, como intentando acaso sacudirse la realidad…

Pero no, no es posible escaparse de ahí: es el mismo destino que padecen 52 millones de mexicanos…

JUAN PABLO BECERRA-ACOSTA M. / ENVIADO