6 de julio de 2013 / 12:58 a.m.

 

Ciudad de México • Finalmente ya circula Tríptico de sombras (Centro de la Imagen/INAH/Centro de las Artes San Luis Centenario, 2012). Un libro esencial, y próximamente una referencia obligada, para la historia de la fotografía en México. Una investigación —que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Fotográfico en 2012— que relata una historia escasamente asomada entre nosotros y que nos la descubre Carlos A. Córdova, historiador de largos vuelos y autor de libros como Arqueología de la imagen (Museo de Historia Mexicana, 2000) o Agustín Jiménez y la vanguardia fotográfica mexicana (RM, 2005).

¿Pero qué es Tríptico de sombras? Es la recuperación de una historia visual que se comenzó a gestar en la primera década del siglo XX en los salones artísticos, y llegó a su madurez en la segunda década de ese mismo siglo, esto es nada menos que una corriente tan innovadora como vanguardista para la fotografía que se le conocerá como pictorialismo (o en su momento, también, fotografía artística), con una fuerte repercusión tanto en México como en el mundo. Tríptico de sombras  es un libro cargado de erudición, de referencias culturales cruzadas (dígalo, si no, el surgimiento de la radio al lado de la madurez de lo visual en nuestros fotógrafos pictorialistas), de hallazgos históricos, de ejercicio crítico acerca de cómo se había comprendido esta corriente hasta ahora, de rescate de autores que simbólica y literalmente se encontraban en la sombra: Gustavo F. Silva, María Santibañez, Librado García, Juan Ocón, Antonio Garduño, Ignacio Gómez Gallardo, José María Lupercio, Eva Mendiola, Martín Ortiz o Eduardo Melhado, puro maestro que a la vuelta de la otra vanguardia, la de los años treinta, cayeron en el semiolvido. Y no por falta de méritos sino porque se dio un encontronazo con otro tipo de pensamiento visual: el que, ni modo, encabezaban Edward Weston y Tina Modotti, su pupila más adelantada, así como la generación que de ellos se desprendió, que abogaba por la fotografía nítida pero que olvidó que ellos mismos habían salido del pictorialismo. Gran paradoja de los tiempos de transición.

No por nada Rebeca Monroy Nasr, otra de nuestras brillantes historiadoras, nos presenta a Carlos A. Córdova en el prólogo: “El uso de conceptos, marcos históricos y teóricos de referencia, así como sus métodos de trabajo y análisis se traslucen pero no son evidentes; son parte de un tejido sutil y bien tramado (…) Entre las sombras asoma una luz con firmeza, un tema desdeñado, dilapidado, malbaratado, prejuiciado, abandonado por propios y ajenos, como es la fotografía pictorialista del siglo XX mexicano. Ésta cobra forma de manera sugerente, entre los tejidos sutiles e invisibles de los andamios del historiador”. Y en efecto, si el autor derrocha eruditas referencias de la historia de las imágenes, como siempre lo ha hecho —citas en varios idiomas cuya traducción corre por cuenta del lector—, sabemos que él valora al lenguaje como una herramienta de poder para sus narraciones.

Por eso, esta faceta histórica que se encontraba perdida, en decenas de polvorientas revistas y libros inconseguibles, cobra otra dimensión desde la prosa del autor, quien se permite hasta la ironía—incluso hacia sus colegas europeos— al lado de la reflexión filosófica y frente a los delicados acabados pictorialistas que perviven en las sombras y en las luces atenuadas.

Y para aclarar por dónde caminará en esta reconstrucción, escribe: “Y ya que estamos deshaciéndonos de cachivaches, también habría que desarmar las alegorías morales en la fotografía directa, pura. Lecturas anticuadas. El pictorialismo nunca aspiró al fiel registro de lo real —una imposibilidad, supongo—, sino que experimentó con trabajos artesanales que producían objetos únicos, auráticos. Ponía en entredicho uno de los pilares del entendimiento vulgar de la fotografía: su capacidad de reproducirse infinitamente. Se equivocaba Jean-François Chevrier al definir a la fotografía como una técnica de reproducción-multiplicación. Como si fueran fotocopiadoras (…) El pictorialismo resultó un movimiento que buscaba nuevas vías estéticas para la fotografía. Sin embargo, conviene subrayar que lo que llamamos abreviadamente Pictorialismo fue en realidad varias cosas simultáneamente: una filosofía, una estética, un movimiento artístico, un estilo y una vanguardia. Supone para el medio la innovación de las prácticas creativas, la primera en muchos sentidos. Saturado de elementos simbolistas y con particulares códigos de lectura, al interior del pictorialismo se aprecia la mutabilidad de las ideas estéticas, el peso ideológico de la belleza clásica y de las formas trascendentes, al tiempo que se privilegia la puesta en escena y la recreación pictórica por encima de los valores de objetividad y verdad”.

Aunque a esta gran corriente ya le llegaría su decadencia años después y el historiador no la evade: “El estudio [fotográfico] —escribe Córdova—, de haber sido templo de la fotografía, cayó hasta la infamia del changarro, que fabricaba sucesivamente insulsos retratos de ovalito al uso de cualquier trámite. Tan monótonos como faltos de inspiración. No sobra el comentario de Alfonso Reyes, quien en 1954 le pidió un retrato a Julio Torri: ‘No un retrato precioso, sino uno de esos retratos de pasaporte en que tiene uno cara de asesino’. Los asesinos, claro está, habían sido los propios fotógrafos”. Mientras tanto, los años veinte vieron su esplendor, su gran sofisticación, tanto, que hasta los diarios más inocuos permitieron circular a esta corriente para el asombro. Una historia que le da un giro a nuestra historia de las imágenes fotográficas, por si eso fuera poco.

 — JOSÉ ANTONIO RODRÍGUEZ