11 de julio de 2013 / 03:09 p.m.

Se obtienen de extractos acuosos y etanólicos de plantas del desierto, en combinación con un material polimérico, que aportan brillo y mejoran la apariencia del producto.

 

Ciudad de México• En México no hay artículos comerciales de origen natural que eviten la deshidratación de productos agrícolas de mayor consumo y de importancia para mercados nacionales e internacionales, y sean funcionales para conservar su apariencia, garantizar la sanidad y alargar su vida en anaquel, explicó Andrea Trejo Márquez, investigadora de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Cuautitlán de la UNAM.

Con su equipo de investigación, la universitaria trabaja un proyecto para el desarrollo de envases activos –recubrimientos orgánicos, biodegradables y comestibles a base de fitomoléculas–, como una nueva alternativa de almacenamiento natural que hace posible alargar la vida de anaquel de frutos frescos y mínimamente procesados (productos cortados y desinfectados, listos para su consumo).

“La tecnología del envasado activo es un concepto relativamente nuevo, dirigido a incrementar la vida útil de los productos, sin alterar su calidad nutricional y sensorial, así como la seguridad microbiológica. El desarrollo de los recubrimientos comestibles surge como una alternativa prometedora para la mejora de la calidad y conservación”, dijo.

“Trabajamos con extractos de plantas del desierto mexicano como damiana, orégano, hojasen, sangre de drago, gobernadora, tomillo y romero, variedades tradicionales que se utilizan para infusiones o condimentar platillos; de éstas se extraen los compuestos bioactivos para su estudio y aplicación”, indicó.

Contienen compuestos polifenólicos con actividad antifúngica, que pueden utilizarse como antimicrobianos en el envase activo. “Los extractos se incorporan como parte de recubrimientos naturales que se aplican a los frutos, de esta manera, garantizamos el control de enfermedades sin necesidad de fungicidas químicos ni conservadores”.

Los envases activos son “aquellos que cambian las condiciones del alimento y/o del entorno para extender su vida útil, aumentar su seguridad microbiológica o mejorar sus propiedades organolépticas, con el mantenimiento de su calidad”. Basan su función en propiedades intrínsecas del polímero que les confiere una actividad determinada, o en los atributos de sustancias específicas que son incorporadas dentro de la matriz polimérica.

Se desarrollaron con extractos acuosos y etanólicos obtenidos de las plantas; se añaden a un material polimérico –como la carboximetilcelulosa, mucilago de nopal, grenetina, ceras de abeja y de carnauba, entre otros–, en que se sumergen las frutas u hortalizas, y les aporta brillo, mejor apariencia y control de enfermedades.

Como parte de este proyecto, y con el apoyo de estudiantes de la licenciatura de Ingeniería en Alimentos, el grupo de investigación ha observado el comportamiento de fresa, zarzamora, chirimoya, mora, aguacate, jitomate, ciruela, mango (en su calidad de producto mínimamente procesado, listo para su consumo) y naranja. En el caso de hortalizas, con verdolaga.

Esta última es un producto típico del país, pero no se consume con frecuencia debido a problemas de inocuidad. “Lo que hacemos es ponerlas en contacto con nuestros compuestos bioactivos para controlar la enfermedad y ofrecer un alimento libre de carga microbiana.

“Una vez que les aplicamos esta tecnología, algunos pueden consumirse sin necesidad de lavarlos, como la zarzamora y verdolagas, puesto que se trata de recubrimientos comestibles con capacidad antimicrobiana”, abundó.

Los componentes considerados para el desarrollo de esta línea de indagación tienen valor alimenticio, son inocuos para la salud, no alteran las características organolépticas y resultan benéficos para el consumidor, pues también son potencialmente promotores del sistema inmunológico y de antioxidantes.

Trejo Márquez expuso que el uso de nuevas tecnologías en la conservación de frutas y hortalizas responde a la necesidad de alargar y combatir algunas enfermedades propias de cada uno de estos productos.

Los envases activos están compuestos por aditivos naturales y se elaboran con una matriz específica, cuyo propósito es controlar una característica determinada. Por ejemplo, algunos de ellos absorben el etileno, el bióxido de carbono o de oxígeno, gases que los productos desprenden o atraen durante su vida de poscosecha.

Son barreras naturales que no sólo retrasan el metabolismo e inhiben el crecimiento fúngico en frutos y hortalizas, también modifican la atmósfera que los rodea, lo que contribuye a alargar la vida útil de estos artículos, añadió.

Los universitarios han logrado, en algunos frutos, alargar la vida de poscosecha hasta por 10 días más, lo que en términos económicos, podría representar una ventaja para productores y comercializadores.

Este tipo de tecnologías es tendencia global en el área de alimentos; el uso de métodos no contaminantes, que no dañen al consumidor, pero tampoco al medio ambiente, es una alternativa a los fungicidas químicos que acaban con el ambiente, concluyó.

REDACCIÓN