20 de febrero de 2013 / 03:28 p.m.

Analistas y algunos eclesiásticos consideran que la dimisión de Benedicto XVI es valiente y moderna, en tanto el líder romano reconoce con ese acto que no tiene “la fuerza” para gobernar la Iglesia católica, lo que es algo rarísimo en la historia del catolicismo. En una palabra, el capitán da muestras de responsabilidad política al abandonar la nave.

Nuestra tesis es opuesta: esta dimisión muestra la agonía de un viejo imperio que se enfrenta a su peor crisis de poder.

Conviene extraer primero una lección política de las tres dimisiones voluntarias anteriores, antes de apreciar la crisis contemporánea del poder católico, y luego proponer algunas hipótesis en cuanto al futuro de la Iglesia católica.

Primera dimisión, histórica por así decirlo: la del papa Ponciano en el siglo III. En efecto, Máximo Le Thrace, cuando se hizo aclamar emperador en marzo de 235, da la espalda a la tolerancia y hace de los jefes cristianos el blanco de sus ataques. Detenido, Ponciano es deportado a Cerdeña. Incapaz de gobernar la Iglesia, renuncia a su función el 28 de septiembre de 235. Esta dimisión es la primera en la historia pontificia que fue verificada por los historiadores del catolicismo.

Segunda dimisión, la del “Papa angelical” Celestino a fines del siglo XIII. En julio de 1294, el monje eremita benedictino Pierre di Morrone es elegido a la silla de Pedro por sus cualidades espirituales y personales. Pero ante su incompetencia e su ingenuidad —el rey de Nápoles, Carlos II, lo instrumentaliza—, no puede gobernar ni administrar correctamente la Iglesia. Después de una discusión con los cardenales, ofrece su renuncia el 13 de diciembre de 1294.

Tercera y última dimisión antes de Benedicto XVI: la de Gregorio XII a comienzos del siglo XV. Mientras el papado está dividido entre los papas en Roma y los antipapas de Avignon, en Francia, tres aspirantes reivindican la silla petrina. El Concilio de Constanza (1414-1418), después de haber obligado a renunciar a los antipapas Juan XXIII y Benedicto XIII, logra finalmente la dimisión de Gregorio XII para poner fin al Gran Cisma de Occidente. No pudiendo gobernar más la Iglesia, Gregorio se retira en 1415 y muere en 1417.

La lección política de estas tres dimisiones voluntarias es que el acto de renuncia ocurre cada vez que hay una situación de crisis grave en el poder católico romano.

El primer Papa es perseguido por el emperador y ya no puede gobernar la Iglesia desde la Ciudad Eterna; el segundo se deja manipular, y el el tercero nunca logra administrar las fracturas internas que afectan desde dentro la gobernabilidad de la insitución católica.

¿Qué entonces con la dimisión de Benedicto XVI? Las razones de salud expuestas son el árbol que tapa el bosque: como en las tres dimisiones anteriores, la suya refleja una crisis profunda del poder católico, esta vez confrontado a la modernidad. (…) Y ahí donde la institución Iglesia intenta enmarcar el sentimiento de los individuos a partir de su centro romano desde hace mil 500 años, la modernidad viene a hacer añicos los eslabones del control institucional para hacer del individuo un ser libre y soberano que aspira a convertirse en su propio centro.

También es considerable el desfase entre el principio de gobierno católico —heterónomo, centralizador y jerárquico— y el principio de gobierno moderno democrático —autónomo, pluralista e igualitario.

De ahí que, después de Benedicto XVI, se pueden considerar varias hipótesis. Una de ellas: aun cuando la Iglesia católica se ajuste a la modernidad —lo que no hizo desde el Vaticano II— modificando su modo centralizado y “moralizante”, ¿puede hacerlo al punto de desfigurar eso que la constituye?

— OLIVIER BOBINEAU/"LE MONDE"