4 de marzo de 2013 / 01:56 p.m.

¿Cómo se sentía ser el papa Benedicto XVI? En la última semana, al despedirse del clero de la diócesis, y de la Iglesia en general fuera de San Pedro en su audiencia final, dio unaidea sorprendente de su mundo.

La Iglesia, dijo, “"no es una organización, una asociación para metas religiosas o humanitarias, sino un cuerpo vivo, una comunidad de hermanos y hermanas en el cuerpo de Jesucristo, que nos une a todos. Experimentamos a la Iglesia de esta manera y casi podríamos tocarla con nuestras manos, el poder de su verdad y amor es una fuente de dicha en un tiempo en el que mucha gente habla de ella como de algo que está decayendo”".

Esto es, dijo, lo que realmente es la Iglesia y vio en las "“muchas cartas de personas ordinarias que... no me escriben como le escriben a un príncipe o gran [personaje] que no conocen. Me escriben como hermanos y hermanas, hijos e hijas”".

Esto es conmovedor, pero también preocupante. Obviamente, los papas son diferentes, pero no me gustaría basar mi sentimiento de familia en las cartas que recibo de extraños. Y es difícil leer su aprecio y agradecimiento por los cardenales que dirigen el Vaticano cuando se tienen en mente las intrigas venenosas, la corrupción y las ineficiencias simples reveladas por la correspondencia de Vatileaks.

Los papas se ocupan, obviamente, de ver la realidad del mundo más allá de su apariencia. Pero la realidad que Benedicto piensa que discierne es siempre la visión desde adentro de una iglesia completamente leal a sus enseñanzas. Es obvio que la iglesia de la que fue papa es tanto una organización como una asociación para metas religiosas o humanitarias, al igual que un cuerpo místico. Y, dado que el trabajo del papa es dirigir la organización e inspirar a los miembros de la asociación, es un poco preocupante, un poco como Rowan Williams, arzobispo de Canterbury, que piensa que ninguno de esos aspectos trata con algo real. Williams llegó a considerar el lado institucional de su trabajo como desagradable, pero no creo que alguna vez haya pensado que era una ilusión —una pesadilla, tal vez-, pero no solo un sueño.

La misma preferencia para redefinir “realidad” excluyendo todas las partes desagradables quedó más absurdamente en evidencia en sus comentarios de despedida al clero de Roma, la semana pasada, cuando se esforzó por explicar todos los cambios que le desagradaban que surgieron del segundo consejo vaticano como resultado del “consejo de los medios” más que del “Consejo de los Padres”, que fue al que recordaba haber asistido.

Se puede culpar a los medios por muchas cosas, pero Benedicto terminó por culparlos hasta de las malas traducciones de la liturgia a idiomas modernos. Eso es realmente grotesco. Fueron los obispos católicos y sus asesores quienes los escribieron en inglés insípido, y los burócratas vaticanos quienes lo empeoraron más. Sin duda la periodista y escritora Polly Toynbee lo hubiese hecho peor si le hubieran pedido ayuda, pero esta fue una herida enteramente autoinfligida.

De hecho, continuó para culpar al “consejo de los medios” por casi todo: “Creó muchas calamidades, tantos problemas, tanta miseria, en realidad: seminarios cerrados, conventos cerrados, liturgia trivializada... y aunque el verdadero consejo ha luchado por materializarse, para realizarse: el consejo virtual era más fuerte que el real”.

Sin duda Benedicto es un hombre personalmente modesto. Pero esta es una visión muy arrogante del papel de la Iglesia y de su habilidad para decidir qué es real. Recuerdo el epitafio de la presidencia Bush: “Ahora somos un imperio, creamos nuestra propia realidad”. También recuerdo cómo resultó eso. Tal vez el epitafio para el trabajo de Benedicto sea que realmente creyó que la Iglesia católica podía crear su propia realidad.

— LA ALDEA POR ANDREW BROWN / THE GUARDIAN