10 de febrero de 2013 / 06:26 p.m.

¿Por qué nos enamoramos? Varias disciplinas intentan explicar esa mágica sensación de eternidad; mientras llega San Valentín, echemos una mirada a esa forma única de plenitud hecha de deseos imposibles, días extraños y, claro, mariposas en el estómago.

 

 Todo comienza como un relámpago, una captura instantánea. Un flechazo. Y en el mundo de todos los días se recorta la figura del otro. Algo de él llega bruscamente y sacude, rapta, fascina. Puede ser la voz, la caída de los hombros, la silueta, el sesgo de una sonrisa, cualquier cosa. Pero tiene que ser algo que se ajuste exactamente a lo que siempre se había deseado. Llega como una fatalidad, como un sino del que ella o él gustan sentirse irresponsables. Después dirán: “"La primera vez que la vi…”".

¿Por qué nos enamoramos? Desde el comienzo de los tiempos filósofos, historiadores, biólogos, psicoanalistas, médicos, cineastas y poetas trataron de responder a esta pregunta. La misma que resurge cada vez que alguien se enamora y necesita certezas sobre el sentir de su amado: “"¿Me va a volver a llamar? ¿Le gusto de verdad? ¿Qué le gustó de mí?..."”, y demás intrigas que ponen el alma en jaque y el corazón en la boca.

Pero cada historia de amor es tan particular, tan diferente de las otras, que no tiene nada de raro que cada pareja, cuando se enamora, crea estar inventando un sentimiento al que los demás nunca tendrán acceso. Y en verdad, con solo ver los grandes libros que tienen al amor como materia prima no se puede pensar en un solo amor sino en amores diferentes, según el caso: no quieren igual Paris y Helena que Don Quijote y Dulcinea. No es lo mismo el amor de Romeo y Julieta que el de Otelo y Desdémona, Fausto y Beatriz, Tristán e Isolda, Abelardo y Eloísa. Ni tienen nada en común el romance de Oliveira y La Maga en Rayuela, con el de Fermina Daza y Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera.

Mientras se los saborea se los sufre, o simplemente se los echa de menos, todos los amores producen la muy grata sensación de que se es excepcional:

El poeta argentino Humberto Costantini escribió tratando de capturar el estado de enamoramiento, un tiempo y un espacio en donde el yo se concede el derecho a ser extraordinario: “"Ocurre simplemente que me he vuelto inmortal./ Los colectivos me respetan,/ se inclinan ante mí,/ me lamen los zapatos como perros falderos./ Ando entre olimpos, dioses, ambrosías,/ me río o digo un chiste/ y el tiempo crece, crece como una espuma loca./ Qué bárbaro este asunto/ de ser así inmortal,/ festejar nacimiento cada cinco minutos,/ ser un millón de pájaros,/ una atroz levadura (…)”".

Todas las disciplinas intentan explicar estos embrujos. Así, mientras los enamorados murmuran ternuras cardiacas: “"¿Me quieres?". "Te adoro". "Dímelo otra vez"... los biólogos registran las consecuencias químicas de dos labios prontos a hacer contacto.

El aluvión de impulsos comienza en el cerebro y recorre los nervios y la sangre a través de una gigantesca telaraña de nudos y filamentos que parten de la médula espinal y desembocan en estaciones ubicados en todo el cuerpo. Mientras ellos se abrazan, oleajes químicos bombardean el suave músculo intestinal, las glándulas lacrimales, la vejiga, el corazón, los genitales… el organismo entero recibe los impulsos de ese arco vibrante de nudos y cuerdas que en el laboratorio llaman sistema nervioso autónomo: “"¿Vas a quererme siempre?". "Toda la vida"”.

Cada vez que el enamorado evoca la voz del amado, ese pensamiento es atrapado al vuelo por la telaraña de nervios, y la química corporal convierte el deseo en realidad. Mientras ella se ruboriza, mil millones de capilares de la cara se dilatan y se llenan de sangre… ella es más bella que antes de conocerlo, todos lo notan. Su cuerpo fabrica provocadores compuestos químicos —feromonas— que segregan un olor imperceptible para la conciencia pero tienen un alto efecto afrodisiaco, tal como sugieren las pupilas dilatadas y el pulso acelerado de su amado cuando se acerca.

Anthony Walsh, autor de La ciencia del amor y sus efectos en la mente y el cuerpo, asegura que Cole Porter sabía lo que decía cuando afirmó: “"La paso bien contigo, el amor es un subidón natural"”. Porque en la euforia de enamorarse el cuerpo se anega de unas sustancias parientes de las anfetaminas —dopamina, noradrenalina y, sobre todo, feniletilamina— que permiten andar entre olimpos, dioses y ambrosías. Al menos por un tiempo, hasta que la carroza se convierta en calabaza, porque los euforizantes de feniletilamina no duran para siempre. Como sucede con cualquier anfetamina, el cuerpo desarrolla una tolerancia, por lo que cada vez hace falta más cantidad de sustancia para producir el mismo chispazo de amor. Así, poco a poco, después de las fases agudas, los ataques pasionales pierden su virulencia sostenida: “"¿Me quieres?". "Te adoro, pero hoy no puedo verte porque juega Cruz Azul"”.

EL ENAMORAMIENTO EN EL DIVÁN

Los psicoanalistas no ven en estos impulsos químicos la razón última del enamoramiento. Dicen que su descripción exhaustiva no puede explicar por qué tal mueca, tal brillo en la mirada de tal hombre o mujer pone en pie de guerra todo el sistema nervioso autónomo.

Sigmund Freud se dará incluso el lujo de decir que el flechazo es una hipnosis. En Enamoramiento e hipnosis clasificó a este primer estadio del amor como un momento de encandilamiento, de enceguecimiento, donde hay una idealización total, una entrega sin demasiada discriminación ni principio de realidad. El otro es Todo y me ha elegido a mí para amarme por sobre todos los otros seres del planeta.

Así lo explica la psicoanalista argentina Marian Alizade, autora de La sensualidad femenina: “"Uno se apasiona, no ve nada, por eso se dice que el amor es ciego. Esto es normal y le pasa a todo el mundo, porque siempre es necesario un poco de ilusión para soportar la vida. Necesitamos paraísos y uno de los mejores es encontrar a alguien con quien ilusionarnos de que podemos tener un proyecto en común, ser queridos, amados y deseados. El enamoramiento es una isla de ilusión, un momento donde todo es eterno y sin límites. Y, como tal, es transitorio. En los jóvenes —continúa la psicoanalista— se ve bien porque vuelven a enamorarse cada vez con la misma intensidad y para toda la vida. Y sufren cada vez que lo pierden como si fuera el último"”.

No parece casual que los romanos hayan representado a Cupido, su dios del amor, como un niño alado esgrimiendo un arco y una flecha. Dicen que es así porque los grandes amores van desnudos sin poder disimularse con la razón ni cubrirse con la prudencia. Es niño porque no mide las consecuencias de sus actos, y tiene alas para entrar con ligereza en los ánimos y celeridad para apuntar con su flecha a la persona amada.

Pese a que el mito del “"flechazo"” asegura que el enamoramiento cae sobre alguien sin que él se lo espere —en el momento menos pensado, en ese lugar donde fue de mala gana, etcétera—, los analistas aseguran que, para que alguien pueda enamorarse debe haber pasado, necesariamente, por una espera —un deseo— que puede tener la forma de una “"maravillosa serenidad"”, un no esperar nada, un tiempo más o menos largo, en que anduvo buscando con los ojos, sin que lo parezca, alguien a quien amar.

El encuentro, mezclando placer y promesa, permanece en una especie de futuro perfecto que colma y, sin embargo, deja insatisfechos. Porque ese amor se hace con imposibles y tiene como requisito básico vivir en ascuas. A partir de allí el enamorado habrá de jugarse la vida en un “"te llamo"” y un teléfono que no suena. Es que la espera lo hace dolorosamente sensible a su estado incompleto, que antes ignoraba. El gran Jaime Sabines lo sabía cuando escribió: “"Ay, Tarumba, tú ya conoces el deseo./ Te jala, te arrastra, te deshace"”.

EL PORVENIR DE LA ILUSIÓN

Son fácilmente reconocibles por las calles. Van dentro de una burbuja. No necesitan nada ni a nadie. Comprueban al mirarse que el otro no tiene defectos, es una suma de virtudes que lo hacen sentir “"elegido"”. Ellos no saben o, mejor, prefieren no saber, que su amado va iluminado con una luz prestada. Que ese ser maravilloso no es más que un perchero donde ellos pudieron colgar las virtudes del amante ideal o el príncipe soñado.

¿Por qué una persona y no otra? Porque el elegido tiene algo, ese no sé qué, que convocó el recuerdo de marcas importantes en la infancia. Y si brilla es justamente porque sobre su imagen puntual, deslumbrante, han confluido todas las imágenes que se amó o se extrañó en los padres o en otras personas significativas de los primeros años de vida.

Por eso los psicoanalistas hablan de narcisismo. Gran paradoja porque cuando se cree haber logrado el mayor contacto con otra persona no se está más que al borde de un lago, peligrosamente prendado de la imagen de sí mismo… o de la imagen idealizada de lo que siempre se quiso ser.

Pero, para bien o para mal, la realidad termina por infiltrarse en la burbuja. “"Los límites se van alzando poco a poco. Ya no se es todo para el otro, aparece el mundo, cada quien vuelve a interesarse por sus cosas, reaparece también el propio yo, y el otro vuelve a ser otro"”, sostiene la psicoanalista Marian Alizade.

Se trata de un verdadero punto de inflexión del que parten fundamentalmente dos caminos posibles. Puede suceder que uno u otro, o ambos, se desilusionen fatalmente y que la relación se rompa (porque no se puede o no se quiere tolerar al otro si no es perfecto). En esos casos, por lo general se vuelve a buscar otro perchero para depositar la ilusión y la historia vuelve a comenzar.

Puede suceder, por el contrario, que el enamoramiento pueda ir sedimentando y caminando hacia la vereda de lo que se llamaría un amor, ese difícil arte de respetar y aceptar al otro tal como es, de quererlo a pesar de sus defectos y entregarle lo mejor de sí. El amor tiene menos adrenalina, menos vértigo: no hay que trepar balcones de Verona, a lo sumo habrá que sortear calzoncillos sembrados en el baño o aceptar una cabeza con tubos. Pero el amor permite hacer proyectos, construir y ser mejores.

Los biólogos llegan a la misma conclusión estudiando las hormonas: si el estado de gracia inicial es tan fulminante como efímero, los romances que se profundizan con el tiempo producen otras sustancias químicas que explicarían esa placidez que se siente cuando se deja de vivir en ascuas. Dicen que la presencia constante de un compañero hace que aumente progresivamente en el cerebro la producción de endorfinas. Que, en contraste con las euforizantes anfetaminas, estas sustancias son sedantes, calmantes naturales que dan a los amantes una sensación de seguridad, de paz, de alegría y sosiego.

Frente a otra conmemoración de San Valentín, subsiste la gran pregunta que no han respondido ni los científicos ni los poetas: cómo lograr ese esquivo equilibrio entre el deseo y una vida de a dos formada por rutinas.

CLAUDIA SELSER