2 de junio de 2013 / 01:30 p.m.

México • Una mañana de 1992 el escritor colombiano Gabriel García Márquez paseaba junto a unos amigos por la colonia La Merced, del Distrito Federal, cuando decidió entrar a una tlapalería llamada La Zamorana, la cual llamó su atención por las curiosidades que ahí se vendían.

Enseguida el dueño del lugar, José Herrera, le empezó a mostrar al premio Nobel de Literatura de 1982 cada uno de los artículos que han hecho famoso a este negocio desde que abrió hace 153 años, particularmente los vestidos y manteles de papel picado.

Después de permanecer unos minutos, don José le pidió a García Márquez que le firmara un autógrafo en una hoja blanca, ya que no tenía una cámara para tomarse una foto con él. El autor de novelas como Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba y Noticia de un secuestro, entre otras, escribió una frase con la que se rebautizó al sitio: "Tienda de maravillas".

Ubicada en la calle Jesús María número 112, en el corazón de La Merced, La Zamorana fue fundada en 1860 por el señor Antonio Mares Fernández, quien decidió dejar su natal Zamora, Michoacán —de ahí que la tienda se llame así—, para ser seminarista.

Al llegar al Distrito Federal y pasear por su centro histórico, Mares Fernández dejó de lado la idea de acudir a un seminario católico y rento el local donde actualmente se encuentra la tlapalería, así como el departamento de arriba, para poder vivir ahí, cuenta José Herrera.

En entrevista con MILENIO, recuerda que fue hasta 1946 aproximadamente cuando se introdujeron nuevos artículos con el objetivo de conmemorar ciertos días festivos, en particular

el papel picado que se hacía solo con tijera: "A raíz de que se empezaron a meter los arreglos de Navidad y Día de Muertos, los mismos clientes nos daban ideas: si no teníamos ciertos artículos, los buscábamos y tratábamos de conseguirlos".

El negocio fue adquirido por la familia Herrera en 1914. El abuelo del actual dueño lo compró. Fue su tía Socorro la que decidió que se vendieran productos hechos con papel picado, ya que a ella le gustaba adornar su casa con este tipo de arreglos, explica.

Don José trabaja en el lugar desde hace 32 años. Empezó cuando tenía ocho años: "Estaba pequeño, pero mi tía me enseñó cómo era el negocio. Tuve que aprender desde cómo recoger un tornillo hasta saber usar la báscula y el metro", dice. Es una tradición que los familiares que deciden acercarse a la tlapalería empiecen desde jóvenes.

Para José tener un local como este es todo un orgullo, porque lo más importante es trabajar y mantener un espacio a pesar de los productos extranjeros que invaden a México y que no les permiten comerciar de manera justa: "Nosotros buscamos innovar, vender artículos que en ningún otro lado se encuentren".

David Herrera, hijo de don José, es la cuarta generación de la familia que trabaja en La Zamorana. Para él, más allá de haber podido mantener un local como éste por más de un siglo, lo que lo enorgullece es saberse un comerciante de cepa.

Lo que distingue a la tlapalería del resto de locales similares en los alrededores es el trato a los clientes: "Hay un trato personalizado, y los dueños somos los que atendemos a la gente", asegura.

Hasta hace unos años no tenían tanta competencia; sin embargo, actualmente el mercado de Sonora y muchos de los negocios que están sobre la calle Jesús María comienzan a vender artículos similares a los suyos.

José Erasmo Salvador es cliente del lugar desde 1975. Tiene dos papelerías, en las colonias Álamos y Portales de la Ciudad de México. Suele acudir a La Zamorana una vez al mes aproximadamente, para comprar todo lo que tiene que ver con papel picado: vestidos, manteles, macetas.

Él descubrió el sitio después de caminar por el Centro Histórico. Recorrió desde la calle República de El Salvador hasta Jesús María, y cuando vio el lugar no lo pensó dos veces e ingresó a él: "Estuve visitando otros locales, pero ninguno me gustó tanto, ni me ofreció mejores precios como este. Incluso, a estas alturas, ya me he hecho amigo de los dueños".

EMILIANO BALERINI CASAL