25 de junio de 2014 / 05:47 a.m.

Veinte cuadras después y todavía no encuentro un restorán decente para comer. Freno diez segundos mientras me separó la camisa de mi pecho. Empapado de sudor y cansado. Así te aplasta la humedad selvática de Manaos cuando intentas recorrerla a pie. "Okey, a seguirle", decido con más tozudez que sentido común.

Resoplo y cambio de aire como si corriese una carrera. Mi lente 300 mm no me está sirviendo; mejor el angular 12 para darle más vida a la calle. El centro ruidoso se transforma en pequeños callejones y sigo avanzando. Ahora sí, el cosquilleo de caminar por la zona equivocada me despierta los sentidos. Llevo tres días en la capital amazónica y sus contrastes me recordaban a otras metrópolis portuarias del continente. Aunque Manaos es un hormiguero de comerciantes pero no se equipará a Rosario (Argentina) y sus buques.Tampoco se asemeja a Asunción y su flujo diario de mercancías. Y lejos de más comparaciones con sus colegas fluviales, las consecuencias sociales que significa la existencia del puerto son totales.

Primero detallemos lo obvio. No podemos explicar la ciudad sin entender que su puerto es la génesis de su existencia. Manaos es la llave de acceso hacia todo el Amazonas. Está enclavada en la selva tropical más abundante del planeta y los accesos que garantiza el río son ilimitados. Pueden llegar mercantes desde el océano Atlántico y desparramar contendores hacia todo el continente.

Y esa magnitud también se relaciona con la condena que carga. Cuanto más camino sus barrios más lo entiendo. Tiene el costo de vida más elevado de Brasil y sus servicios son paupérrimos. A cada taxi que me subo promedio doscientos pesos de enojo (al Fan Fest , a 20 minutos de distancia, pagué 1200 ). El congestionamiento vehicular es una locura. Desde el puerto, la cuadricula urbana se expande en abanico pero mantiene apenas dos avenidas principales. Una hacia el estadio (Arena Amazonia) y otra hacia la playa. El resto confluye con miles de callejuelas que no conducen a destinos importantes.

"Hay un restorán más adelante", señala con simpatía una señora que vende nieves. Sigo cansado y con los ojos abiertos. En mi mochila llevo otra cámara, teléfono, cargadores y una coca cola tibia. Freno para tomar varias fotos y durante unos segundos observo el panorama. Los edificios están demasiado destruidos y abandonados. Los vagabundos aprovechan cualquier entrada para hundirse en la oscuridad y drogarse. "Foto de dos segundos y avanzas", lección básica para lugares peligrosos. Avanzo y disparó el obturador con mi Nikon en la cintura. Ojos en la nunca y sonrisa de relax. ¡Jajá! Que incomodo es el momento pero cuan necesario para captar el panorama completo.

Rato después la postal no cambia. Demasiada gente durmiendo en la calle me confirma las estadísticas que no quería destacar. Manaos está carcomido por el tráfico y consumo de drogas. Muchos lo comparan con Medellín (Colombia) por la relación intrínseca que existe entre los estupefacientes y su población. La base laboral es escasa en comparación con el ausentismo e índices delincuenciales.

Sí Brasil está catalogado como uno de los países más violentos del mundo; Manaos es la segunda en el podio nacional y va en aumento. Ni la descentralización de la policía ni el ambiente mundialista han modificado una realidad demasiado pesada como para 'ocultarla bajo el tapete'.

Y por eso, mi percepción no cambia aunque camine media ciudad. Ni siquiera conseguí el restorán y ya me harté. Y no me importaba pagar trescientos pesos por dos combos de hamburguesas (como ayer); lo que buscaba era medio segundo de respiro entre tanta pesadez ¿Entienden a que me refiero? Cuando un lugar te trasmite mediocridad y estancamiento. Como si aceptará su enfermedad pero prefiriese morirse lentamente a luchar para vencerla.