25 de junio de 2014 / 05:50 a.m.

"Sin el ticket no puede pasar. No, solamente gente con la entrada oficial", me señala muy efusivo un oficial de la policía brasilera. Intenté dos minutos más pero fue imposible. Con más enojo que seriedad, dos soldados me empujaron hacia atrás y la fila de asistentes ganó terreno para llegar hacia la Arena Amazonia.

Respire tranquilo, observé la situación y espere varios minutos para caminar hacia otra opción. Hacía dos horas que todo el embotellamiento y desorden urbano me había vuelto loco. Manaos está colapsado por el mundial y poco puede hacerse para mejorar su presente. A dos kilómetros del estadio las calles están cortadas y la desesperación ciudadana es completa. Filas eternas de automóviles se contorsionan entre el calor y cada segundo que pasa se expande en bocinazos.

¡Ni se le ocurra subirse a un taxi! Camine y vaya atento a los carteristas", había repetido hasta el hartazgo un comerciante ante mi cuestionamiento apenas llegado a la capital amazónica. La duda básica se relacionaba con los accesos mal estadio y las precauciones que debíamos tomar.

Y... ¿cómo explicarles a ustedes? Cualquier previsión fue poca en relación al desbarajuste que la metrópoli me demostró. Ningún elemento relacionado a la coordinación urbana parecía preparado para el arranque mundialista. Quizás, y solo eso, los agentes colocados en retenes específicos cumplían su función con dureza y perfección.

Pero además de ellos, el resto del panorama organizativo se desbordaba por todos lados'. Y no me refiero a la lluvia incesante que castigaba la zona; mejor déjenme resaltar la ineficacia sobre la profundidad de las medidas adoptadas.

¿Por qué? Luego de prohibirme el ingreso al perímetro del estadio mi decisión fue tan natural como reveladora. "Doy la vuelta y pruebo por otro lado", pensé y caminé con disimulo hacia la esquina que estaba detrás mío. Cinco minutos después y luego de avanzar en zigzag la cancha se abrió a mis pies.

Allí estaba yo. Sin control alguno ni policía que me revise la mochila que llevaba ¿Y si era una bomba? Sonreí mientras caminaba hacia los molinetes de acceso de la Arena. Había burlado la seguridad con un simple serpenteo entre las callejuelas cercanas al estadio y cualquier tragedia hubiese podido ocurrir.

Y son los contrastes de la organización lo que tanto me enojan. Porque tienen a la ciudad paralizada y descontrolada por decisiones que son inútiles. Parece que no hubiesen pensado en la magnitud del evento que organizarían. La gente esta desesperada por presenciar el mundial. Hará lo que sea y brincará todas las reglas (la afición chilena lo demostró con la invasión al Maracaná) para ver un partido.

Pero Manaos parece no entenderlo o simplemente lo excede por completo. Como los restoranes y bares que les describía en la crónica anterior, el esquema de seguridad no cumple con las expectativas que un evento tan complejo se merece. Supongo que no será a propósito; nadie querría que algo malo ocurriese; pero vuelvo a reforzar la hipótesis sobre una sociedad demasiado pasiva para tremenda competición.

Ojalá no sumemos más episodios conflictivos. Río de Janeiro y San Pablo ya tambalearon con varias situaciones violentas pero la emergencia no prosperó. Mi iniciativa también es un aviso; si yo pude cualquier otro también. Ojalá quede en una anécdota y después me ría sobre aquella idea de burlar la seguridad. Todavía queda medio mundial. Crucemos los dedos