13 de mayo de 2013 / 01:35 a.m.

Ciudad Valles • Tomando en sus manos el vestido de novia de quien en 20 días sería su esposa, Orlando no pudo contener el llanto. Desde hacía dos años vivía en Monterrey con Verónica, donde trabajaban para sacar adelante a sus cinco hijos, pero ahora la tenía a varios metros, sin vida y dentro del autobús donde había otros siete pasajeros muertos.

A las 19:45 horas tenían marcados los boletos de los pasajeros del 1445 de Transportes Frontera, aunque fue 15 minutos después cuando el conductor dio marcha y salió de la Central de Autobuses de la urbe industrial.

“Todo el camino estuvo normal”, relata. Su semblante es tranquilo porque tal vez aún no asimila la magnitud de la tragedia.

03:45. Es la hora aproximada cuando el autobús cayó al barranco. La mayoría dormidos después de casi 8 horas de camino, no se dieron cuenta cómo el conductor perdió el control y si fue una distracción por venir cambiándole a la música, mensajeando en el teléfono celular, o simplemente sus ojos se cerraron por el cansancio.

Faltaban 20 kilómetros para llegar a Ciudad Valles. “"Solo sentí el movimiento y luego que el autobús dio vueltas. Mi esposa me dijo espantada ‘ya nos volcamos’ y luego ya estábamos todos abajo, entre maletas y asientos y se oía el grito de unas señoras y los lloridos.

Unos pedían ayuda. Cuando la toqué, me di cuenta que tenía el asiento metido en la nuca. La moví y le hablaba, Verónica, Verónica, pero ya no me respondía… luego me di cuenta que ya no respiraba"”. Las lágrimas ahora no las puede contener.

Manuel -parado a un metro de él - solo lo veía y también se le escurrían las saladas gotas de sus ojos. La de Manuel Hernández Hernández, originario de San Felipe Orizatlán, no es una tragedia menor. Perdió a su esposa Juana Cruz Antonio y también a su hijo, Luis Rodrigo Hernández Cruz; ella cumpliría 21 años el 28 de mayo y él apenas 1 este viernes 17.

Eran casi las 6 y decenas de manos se ocupaban en las tareas. Unos movían ramas, otros aún rescataban heridos, otros daban vialidad. Ellos solo veían al precipicio, esperando sus pertenencias, pero más a sus seres queridos.

Orlando Martínez Hernández tiene 30 años, nació en Cuaxotitla, municipio de Huejutla y habla náhuatl. Varios años fue jornalero y emigraba por temporadas a Coahuila, Chihuahua o Jalisco al corte de tomate o pepino. Se juntó con Verónica y luego nacieron Arlen, Luci Abigail, Briny Yareli, Jordy y Dulce Mayté, que ahora tienen 10, 8, 7, 5 y 3 años de edad, que están al cuidado de su abuela.

Ella le dijo que no lo dejaría ir solo, por lo que ambos recorrieron los casi 700 kilómetros de su comunidad a la ciudad regia. Él trabajaba en un restaurante y ella era empleada doméstica.

La ilusión de Vero era casarse de blanco, así que desde hacía varios meses planearon la boda. Apartaron un vestido de novia y lo estuvieron pagando en abonos hasta llegar a los seis mil 900 pesos. Se casarían el 1 de junio.

Ahora, Orlando toma la bolsa negra de plástico donde Verónica cargaba su sueño, lo saca y nuevamente detiene el aliento. No supo cuál de los ocho cuerpos que empezaron a ascender en camillas a las 8:30 horas era Verónica. La cinta amarilla y el policía ministerial le ponían una barrera, por lo que tuvo que aguantar el instinto de correr a abrazarla. Casi a las cuatro de la tarde, tuvo que hacer la identificación en el Semefo.

IMELDA TORRES