24 de junio de 2013 / 02:23 p.m.

Monterrey • Aquel jueves 23 de junio de 1988, hace 25 años, era una clásica jornada del caluroso verano regiomontano. De pronto, el cielo azul se ennegreció por una densa columna de humo que marcaba el sitio de una tragedia: los tanques de almacenamiento de Pemex San Rafael.

Soldadores que laboraban cerca de unos gigantescos depósitos de diésel iniciaron accidentalmente aquel infierno. A las dos de la tarde con cuarenta minutos se produjo la primera de tres explosiones que mantuvieron en ascuas a los regiomontanos y obligaron a la evacuación de doce colonias vecinas.

Trescientos soldados, otros 300 cadetes de la Policía uniformada y el entonces director de la Policía Judicial, Hernán Guajardo Garza, a bordo del helicóptero Relámpago Rojo, encabezaron un operativo para acordonar el área, y obligaron al cierre de avenidas tan importantes como Constitución, Miguel Alemán y San Rafael.

La cifra oficial fue de diez muertos, aunque la duda siempre se mantuvo, sobre todo cuando un empleado de Pemex, con quemaduras en sus manos tras intentar cerrar las válvulas de seguridad, salió gritando que había al menos 30 cadáveres.

Fueron evacuadas las colonias San Rafael, Jardines de San Rafael, Vicente Guerrero, La Purísima, Nueva Linda Vista, Riveras del Río, Zaragoza y San Miguel.

Tres enormes tanques de almacenamiento con capacidad de más de ocho millones de litros diésel explotaron también y formaron una hoguera que duró dos días.

La zona siniestrada era el centro de distribución de combustibles de Pemex, que se conectaba directamente de la Refinería de Cadereyta.

El calor era tan intenso, que decenas de automóviles estacionados en el perímetro de la planta quedaron con las llantas, parabrisas y pintura deteriorados.

A raíz de aquella desgracia, Pemex modificó sus normas de seguridad y anunció que cerraría aquel centro de abastecimiento de pipas para convertirlo en una planta tratadora de aguas residuales.

Quienes vivieron aquella tragedia, aún miran con temor aquellas instalaciones que fueron devastadas en un año especialmente difícil para los regiomontanos, 1988, en el que meses más tarde ocurriría que cambiaría el curso de su historia: el huracán Gilberto.

 JOEL SAMPAYO CLIMACO