4 de enero de 2013 / 02:31 p.m.

Los ecos de los cláxones se escuchan desde lejos al topar en las paredes y muros solitarios de las avenidas y calles desoladas y desérticas.

 

Monterrey.- Sólo quedaron los ecos lúgubres de la chaviza que reventaba al Zócalo, aquel ghetto de antros sobre Padre Mier donde chorreaba la potente música y de pasada los litros de levadura que los hinchaba como zombies hasta la madrugada en el Barrio Antiguo, el que quieren reactivar.

El tifón de chavos bien, pulcras barbies creídas, raza light, heavy y rosa, greñudos, paseantes, nacos, emos, nerds y yuppies, el ajetreo teen y de los que ya no lo eran, que inundaba las calles para antrear desde hace años en la Tumba, Iguanas, Infinito, Bar-Río, Club 22, Manaos, Exit, Esquizzo y la Orden… quedó atrás.

Se silenció ese sismo de gritos y escándalo de los sonámbulos que se transformaban en calaveras narcotizadas por la cheve destilada y coñac sobre las calles del Barrio y del Centro y que apenas dejaba pestañear al puñado de vecinos que queda.

Fue reemplazado por otro temblor sepulcral, el de los balazos, los levantones, el cobro de piso que sacudieron sobre una parte del considerado derrumbado y desprotegido barrio histórico y sobre las calles rojas del infartado corazón de Monterrey.

La estela de cientos de surcos e impactos de balas quedaron ahí en las fachadas del Café Iguanas, sobre Diego de Montemayor, similar a aquellas estampas que hacían click los corresponsales de guerra en Mogadiscio, Somalia, o Sarajevo, la extinta Yugoslavia.

La presencia militar no cesa. La procesión de vehículos con la tropa de soldados y de Fuerza Civil a bordo de potentes fortalezas rodantes sigue como hace años, que recuerda a las imágenes que de pequeño uno distinguía por TV en El Salvador o Nicaragua.

Un guardia rapo de tugurio sin máscara ni uniforme que lo identifique ve pasar un manojo de autos que se atreve a rolar frente a las tabernas cerradas y olvidadas, y tapa la cámara de Multimedios para dejar de rastrear la imagen de abandono y olvido antrero.

Recuerda cuando los virtuosos de la maña llegaban al tugurio de pura gente bien a la party musical y de pisto para hacer un levantón de algún billetudo.

Sálvense quien pueda. Se desataba la estampida de los clientes, aunque el poli reconoce que él se incluía en esa tropa miedosa que iniciaba la corretiza.

El fiestón y kinky regio, independientemente de la aparente tregua de ráfagas, se transformó en una cripta donde es poco común ver vehículos pasar por las calles de lo que quedó del downtown de La Sultana del Norte.

Los ecos de los cláxones se escuchan desde lejos al topar en las paredes y muros solitarios de las avenidas y calles desoladas y desérticas.

La escasa afluencia de regios y paseantes, los que aún se atreven a visitarla, apenas es visible, ya que se refugian en los pocos mesones, fondas y hoteles que quedaron, pero que cierran antes de que la oscuridad sombría arribe a las 10 y 11 de la noche.

"Anda uno escamado, nada más ve uno por una rendija por la ventana a ver quién está por ahí, pero aquí está muerto", dice el guardia que vigila un grupo de cinco antros que desde hace tres años fue cerrado por falta de trasnochadores, suplido ahora por una horda de ratas.

El empedrado es ahora acompañado por hoyuelos y pedacerío abandonado desde hace años.

Los estacionamientos que reventaban de autos de riquillos y otros que se hacían pasar por ellos lucen fantasmagóricos; uno que otro carro es aparcado para los que van por las tardes a las offices que quedaron en el Barrio Antiguo.

Bueno, es un decir, el barrio arcaico, añejo, rancio, vetusto o en desuso, pero que ahora Margarita Arellanes, la actual alcaldesa, quiere impulsar… antes de que la anarquía y el desorden de los antreros se les adelante.

EDUARDO MENDIETA