10 de diciembre de 2013 / 01:54 a.m.

Monterrey.- Los de a pie, cientos de miles, estaban contentos con el espectáculo multicolor que pasaba sobre sus cabezas. Los de carro, hacían corajes porque se convirtieron en prisioneros de un tráfico pocas veces visto en un domingo.

Sol y sombra de una ciudad, donde una carrera de maratón, un desfile de globos y las peregrinaciones a la Basílica de Guadalupe, se combinaron para convertir a Monterrey en una ciudad en la que los vehiculos de motor prácticamente no circularon.

Fiesta deportiva, familiar y religiosa con un sabor agridulce por las repercusiones viales.

Temprano, más de 4 mil atletas iniciaron una carrera de 42 kilometros por todo Monterrey obligando a cierres a la circulación vehicular. Simultáneamente, se hacían los preparativos para el primer desfile con globos alegoricos sobre el centro de la ciudad. El colapso se prolongo porque algunos conductores decidieron estacionar sus vehiculos en plena avenida Constitución al grito de "como quiera esta el tráfico parado".

Pero la cuota en el tránsito aunque fue alta, parecio tener una excepcional justificación: las oleadas de familias que se acercaban a la ruta del desfile de los globos. Aquellos atrapados en sus coches y que sentian reventarían su ira con insultos y bocinazos, se comieron el coraje y guardaron el rencor para otras fechas. Hoy el Grinch que muchos traian adentro se volvió en reignadas sonrisas que más bien parecían muecas.

La ciudad de Monterrey vivio un desfile singular. Los globos gigantes hicieron glamorosa presencia en las calles regiomontanas, como queriendo competir con Nueva York y su tradicional parada de Accion de Gracias.

Sufrieron los automovilistas, y sufrio Popeye, cuyo globo se fue raspando las fachadas del Barrio Antiguo sobre la estrecha calle Morelos.

Pero gozaron las familias al ver a Superman, a Batman, a la galleta de Gengibre, y a los símbolos de la época navideña. Hay quien se aventura a sostener que un cuarto de millón de personas se lanzaron a las calles. La cifra no parece estar alejada de la realidad, porque en la Macroplaza, en Padre Mier y Cuauhtemoc, en Ocampo y Garibaldi, en el Puente Zaragoza, la multitud semejaba un hormigueron de muchos colores.

Fue una jornada de fantasía, una fiesta en la que los regiomontanos reconquistaron sus espacios, durante años arrebatados por una guerra que ya nadie quiere recordar.

Crónica de Joel Sampayo