13 de noviembre de 2013 / 02:50 a.m.

Aún para los estándares de la NFL, la fiesta que ofreció Aldon Smith el año pasado en su casa de California fue desenfrenada.

Cuando la juerga terminó, dos personas habían sido heridas de bala y el linebacker de los 49ers de San Francisco había sufrido una puñalada. Los fiscales lo acusaron de poseer armas de asalto. Enfrenta también cargos de manejar alcoholizado, y fue arrestado en septiembre por otro incidente.

En el vestuario de los Dolphins de Miami no hubo balazos, aunque sí amenazas de muerte que no se cumplieron. La forma en que Richie Incognito se dirigió a su compañero Jonathan Martin fue tan aterradora que éste renunció a su trabajo y salió de la ciudad en el primer avión que encontró.

No es un secreto que la NFL puede ser un lugar violento. En buena medida, la liga ha prosperado glorificando la violencia que se da en el campo cada domingo, aun cuando la evidencia acumulada indica que los jugadores enfrentan el riesgo de sufrir daños a la salud y a su cerebro en cada partido.

Es un lugar difícil para trabajar, porque sólo los más rudos pueden jugar. Se creía que Martin era lo suficientemente duro para abrir huecos y proteger a su quarterback de los jugadores de 145 kilos de peso que querían golpearlo. Pero aparentemente, su fortaleza no le sirvió para defenderse de los abusos de Incognito.

Cuando se escucha la defensa de Incognito uno se pregunta en qué mundo ha vivido. Dentro de una sociedad en la que resulta intolerable la clase de cosas que dice, ¿cómo es posible que haya un lugar en que éstas se fomentan?

"Todo esto que se ha dicho habla de la cultura de nuestros vestuarios, es la cultura de nuestra cercanía, de nuestra hermandad", dijo Incognito en una entrevista con Fox Sports.

Está bien, se entiende. Viven en un mundo distinto al de nosotros, y ahí las reglas de nuestra sociedad no siempre se aplican. Son guerreros en una misión que busca la grandeza, algo que quienes no practican este deporte simplemente no entienden.

Por supuesto carece de sentido. La idea de cuidar las espaldas de tu compañero es conocida y positiva, pero es incomprensible la forma en que se transforma en insultos raciales o mensajes en los que se habla de matar a la familia del otro. Definitivamente, otros atletas profesionales no llevan las cosas a esos niveles.

Si esa es la cultura, y parece que en Miami es así, es tiempo de cambiarla. El acoso y el racismo deben ser erradicados con la misma determinación que la liga ha mostrado por las investigaciones sobre conmociones cerebrales.

Hay una diferencia entre tener unión en un vestuario y provocar que en ese lugar los jugadores se comporten como animales recién salidos de sus jaulas. Las reglas de la civilización normal deberían aplicarse, incluso en un mundo anormal donde piensan lo contrario varios jóvenes, a quienes se ha considerado ídolos durante toda su vida por lo que pueden hacer con un balón de fútbol americano.

Los Dolphins salieron al terreno el lunes por la noche con una línea ofensiva diezmada por las ausencias de Martin y de Incognito.

Los resultados eran predecibles. Tampa Bay ganó su primer partido de la temporada y la ofensiva terrestre de los Dolphins fue una nulidad, con un avance de dos yardas, el peor en la historia de la franquicia, en 14 acarreos.

También era predecible que el dueño de los Dolphins hablara en la televisión nacional en el medio tiempo para expresar su conmoción por el escándalo en su equipo.

"El mundo ha cambiado", dijo el propietario Stephen Ross. "Pero lo que no cambiará es que no habrá insultos racistas, acoso, u hostigamiento, ni dentro ni fuera de nuestro vestuario".

Esa es la clase de palabras que debería pronunciar el comisionado de la NFL Roger Goodell, quien extrañamente ha permanecido en silencio en este caso. Si bien nombró como investigador especial a un abogado de Nueva York hasta ahora se ha conformado con dejar que el escándalo siga sin hacer comentarios.

Ap