21 de marzo de 2013 / 02:20 p.m.

Es pleno verano y en esta tarde calurosa de domingo no puede faltar la cerveza. Es 19 de junio de 2011. En la casa de don Toribio Muñoz González, en el número 1 de la Sección Ferrocarril, junto a las vías del tren, hay fiesta por el Día del Padre.

Entre la brisa de los árboles y el polvo del tren, el patriarca de los Muñoz festeja junto a su esposa, Emma Veleta, sus cuatro hijos, Óscar, Hugo, Guadalupe y Jaime, así como sus tres hijas, el yerno, dos sobrinos y cuatro nietos.

A las dos de la tarde, tres hombres a bordo de un carro gris interrumpen la fiesta. Uno de ellos, vestido con bermudas y camiseta blanca, llama a Luis Romo, sobrino de don Toribio.

Luis cruza las vías para encontrarlos y cuando se topa de frente con el hombre, aquel empieza a golpearlo. El yerno de don Toribio, Nemesio, sale de la casa para defenderlo. “"Entonces se bajó otro hombre del carro, quien traía una pistola en la mano… Lanzó dos disparos al aire y en eso salieron todos a ver lo que estaba pasando”", cuenta una de las hijas Muñoz.

Dos policías a bordo de la patrulla 414 de la sección municipal de Anáhuac llegan al lugar sin ser llamados. Nemesio les pide que calmen a los muchachos, que detengan a los agresores, que vayan por el que disparó. Pero no, los policías dicen que no pueden detenerlos: "“Soy muy amigo de ellos"”, les dice uno, de nombre Abel.

Nemesio Solís grita de coraje, no puede creerlo, “"¿Para qué sirve tener policías en este pueblo, si no hacen nada?”" Su enojo lo lleva a la patrulla, enciende el motor, la lleva a 200 metros de distancia hasta la zona de Las Casitas; los policías le persiguen, llaman a otras unidades y van tras él, pero antes lanzan una amenaza a los Muñoz: “"Se van a arrepentir"”.

La reunión continúa como si nada hubiera pasado hasta las nueve y media de la noche. Una Durango blanca y una Blazer verde, junto a otras 12 trocas rodean la casa. Seis hombres vestidos con ropa negra y chalecos con la leyenda Policía Federal entran a la cocina gritando: “¡Tírense al suelo!”

Las mujeres corren al interior de la casa para proteger a los cuatro niños que estaban en la fiesta: "“Pensé que si me metía no me iban a hacer nada. En eso mi hijo me dice: ‘Amá, ¿qué es lo que está pasando, por qué nos llevan, por qué?”", narra Emma Veleta.

"“Mi esposo estaba acostado y que le grito: ‘Me están quitando a mis hijos"’”, explica.

Don Toribio, con sus 61 años, intenta levantarse de la cama para ayudar a los muchachos, pero ya no alcanza a hacer nada: los policías se van directo contra él y los demás hombres. Los golpean con cuernos de chivo y les iluminan la cara con lámparas rojas.

“"Por andar de graciosos se los va a cargar la chingada"”, les dicen. Luego los esposan. Hay sangre. Nemesio les suplica: “"Llévenme a mí, pero no se metan con mi familia"”. No le hacen caso. Preguntan que dónde fue escondido un aparato de radiocomunicación. Revisan los cuartos, patean puertas y no encuentran nada.

"“Yo veía que eran varias trocas. Oí un disparo y entonces Nemesio dejó de gritar. Ví a uno que traía tapada la cara. Andaban uniformados con pantalón negro y chaleco negro. Al entrar a la casa, ví en la puerta un charco de sangre. Cuando pregunté qué pasaba, uno de ellos me puso la metralla en el pecho. Me dijo que no lo viera a la cara y que me tirara pecho tierra"”, relata una de las testigos.

De pronto, uno de los agresores da la señal: “"Ya estuvo"”.

Son las 10 de la noche. Después de media hora termina el griterío. El comando por fin se va, pero lleva consigo, esposados y dentro de un Stratus 2005, a los ocho hombres de la familia.

Una de las hijas logra pedir ayuda a un vecino. Más tarde, la policía municipal la busca preguntando “"por una loquita que andaba por ahí”". Otra va rumbo a la Fiscalía de Ciudad Cuauhtémoc a presentar la denuncia. Ahí le dicen que, de hecho, alguien ya dio una versión de lo ocurrido: “"Que la familia Muñoz había golpeado a unos policías"”. Los municipales nunca llegaron... Los Muñoz tampoco.

 — ADRIANA ESTHELA FLORES