— CRÓNICA POR EDUARDO MENDIETA
9 de septiembre de 2013 / 01:29 p.m.

Un desarmador es el candado para cerrar la puerta del cuarto de Valdemar Leónides, de unos 90 años, postrado en su cama. Su cuerpo prácticamente es piel y huesos.

Un refrigerador para carne es el ropero que guarda las prendas del hombre que apenas alcanza balbucear palabras a la delegada del Inapam, Sonia González Quintana, y al inspector Miguel Ángel Hernández.

Valdemar apenas puede tomar y besar la mano de la funcionaria. Le pide refresco de cola y pan. Se traba un nudo en la garganta de la delegada.

Dos de los tres baños de la casa de reposo lucen en condiciones deplorables. Uno con telarañas y otro con agujeros y a la intemperie.

El contraste con el patio es contundente: el asador y la hielera lucen impecables, lo que recuerda parte de la denuncia de doña María Luisa: reuniones de fin de semana y apuestas futboleras con carne asada y alcohol para los invitados, y falta de leche para los ancianos.

Cuando los funcionarios tocaron a la puerta del asilo Consuelo de Cerralvo, nadie abrió. La responsable estaba en la casa contigua. Desde afuera le avisan que la buscan. Sale una mujer robusta, en shorts y ropa cómoda. Había dejado solos a los seis ancianos sin saber desde cuándo.

Funcionarios y reporteros ingresan a la casona de donde huyó en junio pasado María Luisa por presunto maltrato.

“¡Agua…!”, es el grito apenas comprensible de don Armando, de unos 80 años, sentado en una silla de ruedas -y con un padecimiento visual-, dentro de uno de los cuatro cuartos del asilo.

“¿Se oyó un grito?”, preguntó la delegada al reportero.

Mientras que Laura Vela Villarreal contesta las preguntas sobre la operación del inmueble a Francisco Salas, jefe de inspectores, los gritos de don Armando continúan, pero cesan cuando la funcionaria le da agua.

Al llegar al cuarto de doña Natalia, la mujer que según González Carmona era pellizcada y amarrada, en efecto, tiene moretones en ambos brazos. Ella primero dice que se cayó y luego que se golpeó con un palo. De la lesión que presenta en el brazo izquierdo, dice que fue causada por un alambre salido de la puerta.

“¿No me le pegan?”, le pregunta la delegada González.

“No”, responde Natalia, de unos 85 años.

“¿Segura, segura?”, se le insiste.

“Segura”, apenas alcanza a decir.

Y así como doña Natalia todas contestaron igual: Yolanda, Micaela y Sanjuana Lesbia, que es la más joven. Don Armando no habló más que para pedir agua. Todas referían que todo estaba bien y en orden, que comían sus tres comidas y que las atendían, pero no había doctor o enfermera.

La sede de la casa de reposo estaba relativamente limpia, no se vieron ratones o alimañas y en el refrigerador había carne congelada.

Una versión es que la dueña pudo haberse protegido y limpiado el lugar tras la salida de María Luisa.

Laura Vela responde a todo el cuestionario de unas 12 hojas. No se da una conclusión total, hasta los próximos días.

“¿Los volveremos a ver?”, es la frase que se puede leer sobre un cuadro con las fotografías de 13 adultos mayores que ya no se viven ahí.

La pregunta deben responderla los nuevos inquilinos.