Por Joel Sampayo Climaco
30 de mayo de 2013 / 03:38 p.m.

Las oraciones fluían llenas de esperanza sobre la plazoleta del hospital de los corazones, la Unidad Médica de Altas Especialidades número 34 del Seguro Social.  A través de los ventanales, los pacientes saludaban alegres a sus familiares por la nueva oportunidad de vida que acababan de recibir,  algunos, restableciéndose de complejas cirugías cardiacas, otros con marcapasos recién implantados. Unos más a la espera de un donante que le permitiera recibir un nuevo corazón. Probabilidad lejana, sí, pero a la que había qué aferrarse.

 

Es miércoles, son las siete de la tarde. Mientras afuera los rezos continuaban, justo en ese momento, en los quirófanos era realizada una de las cotidianas luchas por salvar una vida más. La paciente, una joven mujer de mediana edad, recibía el corazón de un joven que había fallecido horas antes en un hospital de Torreón, Coahuila.

 

Una carrera verdaderamente cardiaca debían emprender los equipos médicos, unos en Torreón, extrayendo el corazón para enviarlo por avión. Otro en Monterrey, para recibirlo en el aeropuerto y remitirlo de urgencia al hospital donde aguardaban su paciente, sedada y los cirujanos en torno a ella.

 

No podía pasar más de cuatro horas sin latir. El viaje dentro de una doble protección plástica en una hielera debía ser rápido. Un avión hizo el primer relevo al Aeropuerto del Norte. De ahí, en un helicóptero de Protección Civil, los médicos llevaron su preciosa carga a un baldío cercano al Hospital 34, y luego, en una ambulancia, culminaron el meteórico recorrido de 311 kilómetros, equivalente por tierra a cuatro horas y media en el mejor de los casos.

 

Al tiempo que avanzaba la compleja cirugía, desde la explanada, las familias recibían pan, café y auxilio espiritual. Y allá arriba, los pacientes, con sus brazaletes y sus batas verdes, veían para afuera, a sus familiares o a los que pasaban en los camiones. Un niño que parecía no cansarse mandaba saludos desde el segundo piso. En otro lugar, un hombre de casi un siglo de vida también estaba a la espera de una segunda oportunidad.

 

El sol se ocultaba, pero dentro del hospital no había diferencia entre el día y la noche. La lucha por la vida no contempla edades ni distancias. Mientras, desde las ventanas los recién operados no cesaban de saludar en ese bello carnaval de la esperanza.