5 de marzo de 2013 / 03:13 p.m.

Apodaca • Imposible quitar el olor a orines que lo invade todo. ¿Qué quieren que hagamos? Ya limpiamos el patio de volada y así vivimos. Ni modo. Espero que termine pronto la ceremonia para que podamos seguir en lo nuestro. Adrián murmura las palabras mientras envuelve un colchón con olor a rancio.

Chécate, José, las hojas que trajeron. Hoy empieza la Semana de la Cultura. A huevo, vamos a darle con lo que sea. Primera vez que nos tratan como personas en este pinche agujero. ¿Sabrá esta gente dónde está? Los visitantes están aplaudiendo en el mismo lugar donde les dieron piso a varios compas que conocía y la vibra todavía está pesada. Aquella noche fue horrible, los mataron y luego quemaron esta área psiquiátrica, pero el engaño no se lo creyeron ni ellos. Estuvo de la tiznada, neta. Parecía que nunca terminarían los gritos que aquí nadie admite haber escuchado. Y por eso agradezco a esta raza que se anima ¿o no?

Dos fechas siempre retuercen los recuerdos de todos: la primera en mayo del 2011, cuando torturaron y luego calcinaron a catorce internos, y la segunda, y apenas superando el aniversario, cuarenta y cuatro personas ejecutadas en el patio externo del ambulatorio Delta.

Obligados a observar más allá de los prejuicios y problemas, los directivos del penal decidieron diagramar 10 días de eventos culturales que devuelvan el ánimo a los internos. La agenda de eventos empezó el lunes 25 de febrero y finalizará el viernes 9 de marzo con una variedad de eventos que combina grupos en vivo de trova, rock y norteño, con talleres de pintura, poesía y entregas de libros.

No manches, güey. Deja que terminen con los de la clínica y después dejas pasar a la señora para la visita. ¡José!, ¿me estás escuchando? No ves que están los 20 chavos formados todos bien pinches igualitos y de gris. Van a rayar esa paresota de chingos de metros usando aerosol y brochas. Con madre. Ahí está el profesor. El ‘Coyi’ le dicen. Sí la arma el bato, y trajo un dibujo que representa la libertad y otras locuras. Creo. ¡Ah, y se lo van a aventar en una semana como parte de las tareas de esta onda de la semana!

¿Sí? Sobres. Si los morros la arman, adelante. Ya sabes que los ánimos están de la chingada. Nadie lo admite pero el ambiente está pesado, carnal. ¿Te acuerdas la semana pasada? Cuando se cumplió un año de la fuga, decían que se veía el motín. Yo estaba que me comían los nervios. La neta, no podría aguantar otra vez a los federales meterse en mi celda. No mames. Otra vez no.

Adrián, bája la voz, bato. No te pases de lanza con tanto lloradero. Aquí hay que ponerse abusado. Ya sabes, bato, los cucos no van a la guerra. Ya estamos en este pinche baile y ahora hay que apechugar. Chécate esta raza de los lápices. Neta que está cabrón verlos recibir esta clase. Ahí están sentaditos y muchos con la mirada desvariada, pero responden. La maestra les está diciendo que piensen ideas para ponerse a dibujar. Hablan del mar, las montañas y hasta una pareja de novios que caminan por la calle. ¿Quién iba a decirlo? Hasta se ríen, y la maestra les da una paleta y un chocolate como premio.

El comedor del ala psiquiátrica tiene dos murales cuya calidez contrasta con la grisura del lugar. Cortinas de cartón improvisan contra el viento, y las mesas de concreto llenan un ambiente frío y de sensaciones extrañas. Luego del incendio intencionado y los 14 muertos, fue cancelada por muchos meses hasta que las autoridades la reinauguraron y ahora otra vez son utilizadas por los presos con graves trastornos mentales.

Acompáñame al comedor. ¿Vienes? No creo que la visita le caiga para allá porque ahora están inaugurando una sala para las familias, o algo así. Tampoco sé bien, pero un bato me contó que quieren abrir un lugar para que lleguen nuestras jefas o viejas y puedan reclamar cosas o por lo menos que los escuchen. ¿Te imaginas? Con madre.

Afuera de los edificios, y lejos del confinamiento, el viento sigue obligando a todos a taparse el rostro por tanta tierra que inunda el playón de entrada. Una granadera frena, y el copiloto pregunta si hubo algún problema adentro. ‘No, ninguno, es una ceremonia”. “Ah, disculpe, es que se nos hizo raro verlos a todos aquí”, responde el oficial y estaciona la troca para escoltar el evento.

Pasan varios minutos y los aplausos ceden a la colocación de la piedra fundacional de la primera Sala para la paz que se instalará en el Cereso de Apodaca.

Ya sé que me dices que me quede callado pero, pues ¿qué le hago? ¿Crees que chingarán más raza? José camina por el estrecho pasillo de alambre de púa que une el ambulatorio Coca con el comedor familiar, y mastica unas semillas. Adrian no le responde y sigue adelante. Así pasa desde hace cuatro años y sabe que debe cuidar del hermano más pequeño de su compa de la colonia. Metros más adelante una persona los observa y le hace señas. Él sabe que en la cárcel no hay espacios para las dudas. Todo está vigilado y Apodaca no es la excepción. El ambiente se siente pesado y todos lo expresan así. Quizás por eso José esta tan fastidioso. Los carteles siguen peleándose adentro, y cada tontería puede significar su seudo suicidio después de unos putazos. ¿Cómo hacemos para que tanta mierda no nos mate?

‘Ya ves, te dije. Sí vienen los Rancheritos del Topo Chico, con madre, y también el Gran Silencio. Vamos a pasarla chingón. Aunque nomás sean dos semanas. Ojalá que los de afuera se den cuenta que necesitamos cambiar las cosas aquí. Van a tocar en el auditorio’.

Luego de dos horas de actos y caminatas, las autoridades dejan los edificios y la cadena de eventos culturales ‘de la reflexión y la paz’ queda formalmente inaugurada. Toda la organización corrió a cuestas de la dirección del Cereso y su apuesta juega a ganarle al pesimismo que se respira puertas hacia afuera.

SANTIAGO FORUCADE