25 de junio de 2014 / 01:46 a.m.

Cualquier cama me parecía bien después de cinco días en barco. También imaginaba un gran churrasco brasilero rodeado de arroz y una cerveza congelada. Mi sueño se completaba con un lugar sin mosquitos, con menos calor y lejos de tener que esquivar las patadas de mi vecino de hamaca.

Y confieso que se cumplió bastante bien. Llegamos a Manaos y escapamos del puerto en un taxi como si estuviesen persiguiéndonos. Supongo que fue inconsciente, no se, pero necesitábamos un baño y sentir la civilización después de diez días viviendo entre la selva y el barco amazónico. Sin pensarlo dos veces, le mastiqué mi rústico portugués a un 'improvisado chofer' y luego de mil vueltas y cobros exagerados llegamos al hotel.

Lo interesante ocurrió dos horas después; ya afeitado y enrojecido por el agua hirviendo de la ducha, decidí conocer los alrededores del Arena Amazonia para grabar las primeras imágenes para televisión. "No tenemos esa comida. No, tampoco puré ¿El televisor? Aquí no hay", me respondió una mujer muy sonriente y relajada. Llevaba diez minutos explicándome que tenía una opción del menú y nada más. Que apenas estaban conectando el cable y que no sabían si tendrían la tele para el mundial.

¿Cómo? Tan raro se me hizo que me fui hacia otros tres restaurantes y la respuesta fue la misma. Estábamos en plena competencia y ellos apenas acondicionaban sus lugares. Parecía que ni siquiera estaban apurados por la avalancha que se les vendría. Todos me respondían lo mismo. "No hay problema. Usted relájese y disfrute la estadía".

Jajá ¿yo? ¡Ya estaba caminando por las paredes buscando fútbol! ¿Seremos muy estresados en nuestros países? Porque aquí viven en cámara lenta y sin preocuparse. Estoy a cincuenta metros del epicentro amazónico del mundial y lo cotidiano no parece inmutarse.

Rato después, ya en pleno juego entre Inglaterra e Italia mi conclusión fue la misma. Gente pidiendo conexiones al vecino para obtener señal en las pantallas de sus bares. Y adentro de ellos, el ambiente parecía más familiar que comercial. Observé el juego adentro de un bodegón que estaba a media cuadra del estadio. Todas las mesas llenas y cientos de brasileros tomando alcohol. Entré a los empujones y conseguí una silla. Pagué cinco dólares por una Skool fría y me senté a observar el ambiente ¿Quién de ustedes me creerá que no se vendió una cerveza en dos horas? Todos miraban el juego pero no consumían. Los dueños charlaban con sus amigos y gritaban los goles. Ni siquiera se preocupaban por los visitantes.

En resumen, todo el contexto que rodea al mundial parece una extraña mezcla de inocencia y sopor. Manaos trasmite la sorpresa de una sede que nunca esperaba recibir responsabilidad. Y su pueblo, en vez de obtener el máximo rédito comercial posible ¿Qué hace? Disfruta la fiesta con los demás y deja que todo fluya. Charla en las esquinas y debate con extraños. Ayuda a los foráneos y siempre le entrega información sobre lugares más baratos.

Es decir, no demuestra una mentalidad mercantilista que sea feroz. Ni siquiera huele a oportunismo. Simplemente disfrutan el momento y comulgan con la lentitud típica de las metrópolis provinciales.

Qué raro me siento aquí. Pareciese que apenas ayer les avisaron que organizarían el mundial. Hasta el centro de prensa estaba empaquetado. Cada escritorio y sillón seguían guardados en cajas. Parece que se la llevan tranquilos, demasiado tranquilos ¿Es lo correcto? No lo se. Supongo que una mentalidad más incisiva pudiese ganarle cuatro veces más a esta oportunidad ¿Cuántas veces vendrán miles ingleses o italianos a consumirles toneladas de lo que sea? Nunca más. Ahora tenían esa oportunidad y creo que la están desperdiciando.