16 de septiembre de 2013 / 04:23 p.m.

Monterrey.- • A la ciudad no sólo la defendieron los integrantes del Ejército mexicano provenientes de otros estados del país, pues también los ciudadanos hicieron cuanto pudieron para combatir al enemigo extranjero.

“No pensamos encontrar una defensa tan fiera en México”, relatan los soldados norteamericanos en sus crónicas posteriores a la invasión de 1846.

La resistencia no sólo se dio en Monterrey, pues hay registros de oposición ciudadana al ejército norteamericano en Marín o en Guadalupe, aunque fue en la capital donde fue más palpable.

“Hubo un alto grado de patriotismo, o digamos de compromiso, para la ciudad. Claro, unos no respondieron al llamado del Gobierno y huyeron”, relata el historiador Miguel Ángel González Quiroga, catedrático en el Colegio de Historia de la UANL.

Los enfrentamientos iniciaron por la madrugada del 21 de septiembre de 1846 y tres días después se firmó la “capitulación”, es decir, el convenio con el que se firmó la salida del Ejército de México.

Al mediodía del 24 de septiembre, la bandera estadunidense ya ondeaba desde lo más alto del Obispado.

Para los habitantes que aún permanecían en la ciudad, este momento debió ser uno de los más tristes que experimentaron por aquellos años.

“Seguramente se experimentó desanimo, tristeza e incertidumbre en aquellos que sobrevivieron, no tenían claridad de lo que iba a suceder. La vida siguió, podríamos decir, con normalidad, pero me imagino que no es grato abrir tu casa para que el enemigo entre con malas intenciones”, señala el historiador.

Por casi dos años las autoridades civiles en Nuevo León estuvieron al mando de norteamericanos. Así se fundaron periódicos, cantinas, abrieron tiendas de ropa y diversos tipos de negocios bajo su administración. Como toda relación social, soldados empezaron a formar matrimonios en la ciudad, especialmente con las hijas de los más acomodados.

Aunque la vida en la ciudad y en los pueblos se llevó de manera regular, durante los primeros meses se registraron actos violentos o actos discriminatorios contra los pobladores. El general Zachary Taylor tardó en poner orden a su tropa, aunque la mayoría de las vejaciones eran cometidas por voluntarios.

“El grupo de voluntarios tenía una actitud muy agresiva, muy racista en cuanto a los mexicanos. No les importaba si morían por los tratos que les daban, de manera que hubo muchos abusos hacia la sociedad civil”, explica González Quiroga.

Algunos estudios historiográficos señalan que en los años en los que se dio la invasión no existía un verdadero sentimiento nacionalista hacia México por parte de sus ciudadanos. Lo que sí era un sentimiento era un apego a la región y a la comunidad, gracias a ello es que los habitantes se sumaron a la defensa de la ciudad.

Si bien son pocas secuelas físicas que sobreviven tras casi dos años de gobierno norteamericano, el autor del libro Nuevo León ocupado (en conjunto con César Morado Macías) refiere que aún se conservan cicatrices en el pensamiento del mexicano en general ocasionadas por la invasión.

“(Recordar la batalla) es importante porque el nacionalismo mexicano partió de ahí y hoy se ve, como podemos verlo en el México de hoy con la resistencia que se está haciendo ante las diversas reformas estructurales”, apunta.

— GUSTAVO MENDOZA LEMUS