27 de enero de 2013 / 04:51 p.m.

Las revisiones que las fuerzas del orden hacen a sujetos que consideran sospechosos se han vuelto una constante en colonias conflictivas, en donde los llamados "maistros" terminan siendo perjudicados.

 

Monterrey.- Un soldado le grita a Adrián mientras lo mira sorprendido: "Ya déjate de chingaderas, pinche halcón"

Apenas son las 12 del mediodía. "¿Otra vez? No exageren, neta que me tienen harto, ustedes"”, se queja y baja la voz. Quince segundos después lo empujan, lo fuerzan a darse vuelta y con las armas arriba le piden identificaciones. “"Ya les dije, soy plomero y siempre estoy en esta esquina con mi troca"”, les repite varias veces, pero el procedimiento sigue. Checan sus placas, número de serie del carro y luego de diez minutos se van. “Ahí disculpe, es que trae toda la finta, oiga".

Adrián Navarro, El Pollo, tiene 32 años y cuatro hijos. Una camioneta modelo 1989 con su número de teléfono pintado y anuncios de plomería a domicilio lo ubican desde hace años como uno de los trabajadores nómadas que recorren el sur de Monterrey.

“"Ya no se puede trabajar con tanta Policía. Y mire que no soy malandro, pero nos traen de bajada porque nos ven sospechosos"”, se ríe, “"me han levantado y llevado a la delegación. A compañeros los han lastimado y a muchos que vuelven de su chamba los suben a las granaderas sin preguntarles siquiera de dónde vienen"”.

Los dichos de Navarro reflejan una de las consecuencias menos expuestas sobre la estrategia gubernamental para combatir a la delincuencia organizada en Nuevo León: más de cuatro años de combates y miles de fallecidos decantaron en metodologías de patrullaje e interrogación que continúan perjudicando a los sectores de menor poder adquisitivo.

“"Aquí, entre la San Ángel y Fomerrey 45, se combina cientos de familias de lana y muchísimas familias humildes que vivimos como podemos"”, explica Óscar Rendón mientras acomoda su equipo. Lleva 20 años trabajando en el sector de Villa Las Fuentes y Lagos del Bosque con clientes que le exigen discreción.

“"Desde que comenzó la inseguridad la chamba bajó y me obligó a ser más cuidadoso con los chavos que solía contratar para ciertos jales"”, señala dos casas sobre el cerro y agrega: “"pero el problema no es el miedo de los vecinos, que lo entiendo y acepto, porque los robos en ciertas zonas se pusieron cabrones. No, señor, lo peor es la pinche Policía que no nos deja en paz y se pasa de lanza con los operativos"”.

Según Rendón, los altos de San Ángel se convirtieron en calles donde los patrullajes finalizan en resultados insólitos.

“"Ayer subió una granadera y varios chavos que se asustaron empezaron a correr…pues, imagínate el susto de los vecinos y de los morrillos. Dos no la libraron de putazos y ni estaban haciendo nada. Y eso se repite mucho desde hace ocho meses porque la raza tiene miedo de que los metan al bote nada más por estar en la calle"”, narra.

Delitos del fuero común y actividades ilícitas vinculadas con el crimen organizado obligaron a tareas conjuntas de fuerzas federales, estatales y municipales con resultados favorables hacia la clase alta y media.

“"Sí, oiga, las cosas están bien aquí a comparación de otras partes y queremos que los patrullajes continúen porque las Policías de Barrio que había antes no hacían nada"”, describe una vecina de la calle Senda de la Paz.

Enojada y contraria a esa opinión, doña Norma se queja.

“"Algunos estarán mejor. Supongo que los que viven en las casotas de arriba porque por aquí vienen las trocas y se llevan a pelado que vean"”, señala una esquina entre la escuela primaria y la clínica en pleno centro de la San Ángel.

“"La colonia tiene tres entradas principales y cuando suben los militares aprovechan las encerronas y se escucha de todo. Y le repito que la mayoría de veces no encuentran criminales pero ven a varios jóvenes en una esquina y creen que son delincuentes. Ya nos acostumbramos, sí, pero esta de la fregada vivir con un toque de queda constante porque los verdes o azules hacen lo que quieren. Ya no hay tanto narco pero esta gente se cree dueña de la ciudad y no les puedes achacar nada porque son la autoridad. Ojalá alguna vez los denuncien por el maltrato que hacen con tal de lograr un resultado equis"”.

De noviembre a enero, Adrián cambió de esquina siete veces. En todas, la Policía llegó a revisarle el vehículo y dos veces amenazaron con quitarle sus cosas si no entregaba dinero.

“"Es el colmo porque muchas veces terminas entregándole un tostón (50 pesos) a los policías y no a los malandros. Es raro pero es así, los delincuentes saben que nosotros no traemos ni un cinco y nos dejan chambear. Claro, la cuota le cae a la raza que trae negocio, pero a los que andamos moviéndonos no suelen hacernos nada"”.

Documentar el trabajo informal en cuestiones de albañilería y plomería es tan simple como recorrer las calles del sur metropolitano. Barrios como Fomerrey 45, San Ángel y Sierra Ventana acumulan mucha de la mano de obra que puede observarse en los proyectos urbanísticos del sector.

“"El problema es que la mayoría se regresa caminando hasta sus casas y ahí los topan los policías y empieza el problema"”, describe Omar Cabrera.

Claves

El conflicto

-Para algunos plomeros, chatarreros, pintores, electricistas, entre otros trabajadores, es recurrente que las fuerzas del orden los detengan y les realicen chequeos minuciosos.

-En ocasiones pueden terminar el trámite rápido, una vez que comprueban quiénes son y a qué se dedican, pero en otras los suben a las granaderas y ya en la delegación tienen que aclarar, no sin antes haber perdido ya tiempo valioso para su trabajo.

-Los más desafortunados son quienes les tocan uniformados corruptos que para evitar las detenciones les piden a los trabajadores montos que rondan los 50 pesos, que para los llamados chalanes representa un abuso de autoridad.

SANTIAGO FOURCADE