4 de enero de 2013 / 02:06 a.m.

Las cumbres de San José de las Boquillas en el municipio de Santiago, se vieron vestidas por el manto blanco de la nieve que realzó las montañas.

 Santiago, NL • Mientras en Monterrey, los regiomontanos no dejaban de tiritar por el intenso frío de enero, en las montañas de Santiago, Nuevo León el sol tenía un raro brillo sobre las nevadas cumbres de San José de las Boquillas, una comunidad apenas habitada por un puñado de familias.

En los copetes de las cumbres, donde dividen territorios los estados de Nuevo León y Coahuila, blanqueaba el manto de nieve que llegaba cumpliendo su irregular cita con el invierno. Es que de pronto aparece en febrero, en noviembre, o en marzo.

Pero en esta ocasión el nublado espeso abrió su ropón gris para permitir admirar aquel adorno que le daba realce a unas montañas que no necesitaban ya de mucho para verse sensacionales.

Curvas interminables para allá, para acá, para arriba, para abajo, dejan poca oportunidad de contemplación para quienes se atreven a conducir por aquel sinuoso camino poblado de pinos.

Para llegar, había necesidad de zambullirse en una carretera recién reconstruida, por el camino entre Cola de Caballo y Laguna de Sánchez, a la vera de un río que durante millones de años ha taladrado la montaña para esculpir un espectacular cañón, cuyas piedras parecían querer engullirse al visitante.

Sin embargo, la recompensa es enorme para los pasajeros que observan la interminable danza de paisajes que no dan oportunidad al aburrimiento. Bueno, habrá quien pueda renegar, como los dos jóvenes que, aprovechando un aventón, decidieron viajar en la precaria comodidad de la caja de carga de una camioneta. Preferible soportar el aire helado por un rato, que emprender la larga caminata.

El recorrido en la montaña es fascinante, tranquilizador, claro, si se tiene el temple para conducir en aquel interminable caracol de asfalto, rodeado de paredes de piedra, o barrancos, o bosques.

El viaje es cansado, sí, pero la recompensa es enorme: el espectáculo efímero de una nevada, aunque los paisajes en sí no necesitan de tapetes blancos para manifestar su grandeza, como el macizo rocoso conocido como La Peñita, a cinco kilómetros de Laguna de Sánchez, que parecía flotar reposando en un mullido colchón de nubes.

Los regiomontanos tienen un privilegio que rara vez aprovechan: sus propias montañas. Hermosas como ninguna y que merecen ser visitadas, admiradas y cuidadas.

JOEL SAMPAYO