23 de mayo de 2013 / 02:06 p.m.

Michoacán • La crisis de Buenavista Tomatlán, desatada por la detención de cuatro hombres armados de la autodefensa local a manos del Ejército y la posterior retención de una veintena soldados por habitantes de esa población, terminó sin violencia: los pobladores capturados fueron puestos en libertad por el gobierno federal y los soldados pudieron abandonar el lugar.

Pero no todo fue tan sencillo…

Parecía que iba a ser una jornada tranquila en la Tierra Caliente de Michoacán. El Ejército había ingresado en la zona dos días antes. Había roto el cerco, el sitio que el crimen organizado había impuesto desde un mes atrás en los municipios de Buenavista Tomatlán y Tepalcatepec (donde habitan más de 35 mil personas).

Las carencias de gasolina, gas, alimentos y medicinas empezaban a esfumarse. Los limoneros echaban a andar sus camionetitas de redilas y las cargaban de cajas con ese producto. Se encaminaban por la carretera rumbo a Apatzingán para, al fin, poder vender y empezar a reponer sus bolsillos. Los calentanos andaban muy alegres. Las autodefensas se habían replegado ante la llegada de las fuerzas federales…

Pero en esta tierra bronca como que la felicidad anda huyendo.

A las once de la mañana elementos del Ejército se detenían ante un retén de las autodefensas ubicado a la entrada de Buenavista Tomatlán, a un costado de la carretera. El secretario de la Defensa, Salvador Cienfuegos, advirtió la víspera que si los soldados se topaban con lugareños armados los iban a detener. Y así ocurrió: capturaron a cuatro hombres con 14 armas prohibidas. Y se los llevaron.

El pueblo enfureció. Lanzaron cohetones, tañeron campanas. Cientos de personas se dirigieron a la carretera federal que va de Apatzingán a Buenavista, rumbo a Tepalcatepec. Algunos llevaban machetes, otros palos, ningún arma a la vista. Capturaron dos tráileres, los cruzaron en la carretera y bloquearon el tránsito.Alegaban que sus compañeros eran limoneros.

Kilómetros adelante harían lo mismo con un tractocamión. Justo donde estaban los primeros vehículos había un par de decenas de soldados que vigilaban la carretera. Los pobladores los increparon. La tropa resistía estoica la andanada. Los lugareños amenazaban con quemar seis vehículos militares (dos artillados) y otras más de la Policía Federal.

Un helicóptero del Ejército y otro de la Marina sobrevolaban el lugar. Un tercer aparato de la Policía Federal se sumaría, así como dos aviones de la Fuerza Aérea mexicana que pasarían una y otra vez por el lugar…

Los pobladores más enojados seguían en lo mismo: arremetían verbalmente una y otra vez contra los soldados, pero éstos se contenían, siempre con sus armas al frente. De pronto, después de las dos de la tarde, arribaron decenas de soldados más encabezados por dos coroneles del Ejército.

Sumarían más de 100 elementos. Los mandos los desplegaron en la carretera. Del otro lado, la gente del pueblo, muchos encapuchados, otros no, se pararon frente a los soldados. Llegaron a estar a 20 pasos. Los lugareños les gritaban de todo: que se fueran, que entregaron a los miembros de las autodefensas, que si trabajaban para la delincuencia organizada.

Uno de los coroneles al mando, al percatarse que ambos bandos estaban muy cerca, ordenó replegar a la tropa varios metros y exigió a uno de los líderes de la autodefensa que hiciera lo propio. Una y otra vez invitó a la gente a dialogar, a abrir el paso de la carretera. Los calentanos se negaron. No cedieron.

Alrededor de las cuatro de la tarde un pelotón del Ejército de unos 20 miembros que regresaba de Tecaltepec penetró a Buenavista Tomatlán. Iba encabezado por un general de brigada. Ahí se toparon con ciudadanos enardecidos que los abordaron. Luego de un rato de escuchar, al ver que la furia de la gente crecía y antes de que los retuvieran de mala manera, el militar decidió acompañar a la gente hasta la comandancia de la policía municipal y permanecer ahí con su tropa hasta que los miembros de la autodefensa fueran liberados.

“Yo vine por mi propio pie, no me obligaron, yo acordé eso con la gente para evitar un problema mayor”, decía el general García Aragón a MILENIO.

La gente, apostada ante las oficinas policiales, no lo tomaba así. Para ellos, furiosos, increpantes, los militares estaban retenidos. En muchas ocasiones les exigían a gritos entregar sus armas de cargo. Impertérrito, el general simplemente decía que no.

Por momentos la tensión subía. Hasta que casi estalló todo: los militares, con el general al frente, intentaron abandonar las instalaciones de la policía municipal en afán de demostrar que no estaban retenidos, avanzaron unos metros, pero la muchedumbre los detuvo.

No hubo golpes, solo empujones durante largos segundos, un par de minutos. Los militares regresaron a las oficinas. Otros elementos, unos 30, no retenidos, ya se habían desplegado alrededor de la zona, apoyados por una veintena de federales.

De pronto, algunos ciudadanos cambiaron de objetivo: increpaban al camarógrafo y reportero de MILENIO. Intentaban que borráramos las imágenes. Fueron largos minutos de tensión. Algunos pobladores que siguen la señal de MILENIO Televisión intervinieron a favor de los periodistas y evitaron los golpes.

Todo terminaría bien. El gobierno liberó después de las nueve de la noche a los detenidos y los trasladó hasta las instalaciones de la policía municipal. La gente los ovacionó y empezó a corear cánticos futboleros de “sí se pudo”. Minutos después se abrían las rejas de las oficinas policiales. El general y 28 elementos abandonaban el lugar sin problema. Unos aplaudían, otros silbaban.

—¿Están bien general?

—Sí, señor, todos bien —se despedía, guardando la compostura como toda la tarde.

Un día que iba a ser tranquilo aquí, en la bronca Tierra Caliente, donde la felicidad nomás huye.

JUAN PABLO BECERRA-ACOSTA M