15 de agosto de 2013 / 02:57 p.m.

Malasia • Ayer en el edificio Istana Kehakiman de Malasia no había forma alguna de predecir lo que decidirían los jueces. Habían pasado unos segundos desde su salida de la corte para deliberar sobre el caso y en la sala parecía que todos contenían el aliento, un silencio que nadie tenía la intención de romper, como si no quisieran llamar de vuelta a esos seres de toga con el enorme poder de decidir sobre la vida y muerte de un humano.

Dicen que las pequeñas cosas son las que marcan la personalidad de un individuo. Detalles, atisbos de lo mundano, que nos permiten saber quién en realidad es una persona. Si así es, los González Villarreal resultan ser unos tipos terriblemente duros. Enfrentaron los minutos previos al fantasma de su sentencia mortal de forma extrañamente desapegada, platicando en voz muy muy baja, riendo de un chiste privado, compartiendo dulces que Alejandrina, su hermana, trajo desde Culiacán envueltos en un arrugado pañuelo de papel.

Fueron exactamente 7 minutos de pausa en el juzgado tercero de Apelaciones, un cuarto enorme con capacidad para 100 personas en el que al fondo hay tres sillones, dos banderas y y un escudo de dos jaguares y una media luna y estrella. Los símbolos del apego de este Estado del sudeste asiático al Islam. En el techo y las paredes hay decoraciones de cerámica andaluza, complejos patrones que se asemejan a los de una mezquita.

Siete minutos para saber si se vivirá o se muere. ¿Cómo se aprovechan? Consuelo Soto lo hizo extendiendo los brazos al cuello de Luis, su marido. José Regino tocó con su mano la de Alejandrina, diciendo algo que no necesitaba ponerse en palabras. Y Simón, como siempre, echando el mentón hacia adelante, con su rostro de duro, ese con el que hace honor al apodo que se ha ganado en Culiacán como el guachín, el soldado. Tres ladrilleros que tomaron una vuelta errónea. Uno que paleaba el lodo. El otro que desorillaba. Y uno más, que operaba los hornos.

Era una escena casi íntima, salvo por el hecho de que no lo era. La corte era demasiado ajena para ello. Representaba un microcosmos de la encrucijada que es Malasia, atrapada entre China, India y el mundo islámico. Había guardias con el cabello cubierto, a la usanza islámica. Algunas observadoras llevaban el sari hindú. Un policía tamil roncaba en los asientos de la esquina. Y sobre todo, para romper esa ilusión de intimidad, estaban las cadenas. Las esposas de metal que ataban a los hombres mexicanos a su respectivo policía --un malayo y dos indios enclavados en el centro de la familia sinaloense-- servían de recordatorio de que esto era solo una breve pausa en el camino al cadalso.

A la distancia, al otro lado de la sala, tres chinos levantaron el pulgar. Saludaron a los mexicanos.

--Son nuestros compañeros de celda –me dijo Simón-. Estuvieron con nosotros hasta hace un año en Sungai Buloh (prisión) y vinieron a desearnos suerte.De alguna forma extraña, estos tres mexicanos se hicieron amigos de tres chinos con los que no se pueden entender de forma alguna más que a señas. Tres chinos que vivieron y sufrieron con ellos en una celda, cuando todavía no estaban condenados a muerte. Decidieron tomarse la tarde para venir a dar apoyo a personas que vienen del otro lado del mar y a las que no les une nada. Pero a las que quizá entienden mejor que muchos de sus paisanos.

-¡Hi, hi! –saludó uno de los chinos. Movía la mano en señal de saludo. Estaba evidentemente preocupado.

***

Minutos antes del fallo, me encontré en el pasillo a Alejandrina y Consuelo. Parecían perdidas en la inmensidad del Istana Kehakiman, el Palacio de Justicia de Putrajaya, un edificio de una refinada belleza que fue construido a manera de copia al Taj Majal. Su piso es de mármol. Su techo contiene complicados patrones. Hay ventanales de vidrio importados desde Alemania que filtran la luz suavemente. Las puertas de cristal permiten ver hacia la Mezquita de Hierro, un edificio modernista construido por el grupo Bin Laden de Saudi Arabia.

En el pasillo, justo en el centro de la recepción de la corte, hay dos pedazos de piedra. La base no ha sido tallada y tiene ángulos rudos, fuertes, primitivos, pero su parte superior está brillantemente pulida. Una placa explica que es una representación artística del sentimiento humano: en su origen no tiene control, pero la ley islámica le pule. Le convierte en instrumento preciso de dios.

En este paisaje extraído de un poema de Gibran, las dos sinaloenses se veían terriblemente fuera de lugar.

--¿Está nerviosa? –pregunté a Consuelo.

--No. Nos los vamos a llevar a casa –respondió. Bajó la mirada al piso de mármol.

--¡Qué bonito es todo esto! –añadió Alejandrina--. Ayer le decía a la familia en Culiacán que no hay nada como esto en México. ¡Está bien alto!

Estábamos en medio de la recepción, justo debajo de un domo abombado que debe medir más de 30 metros de alto. La belleza del edificio era innegable. Tanto en lo individual como en conjunto. El Istana Kehakiman tiene jardines repletos de fuentes que recuerdan a Andalucía. Irónicamente, un espacio tan hermoso era utilizado este día para resolver un asunto tocado de un aire siniestro. Una sentencia a morir en la horca.Recordé que el Taj Majal sobre el que está basado el Palacio de Justicia de Putrajaya no sólo es un monumento al amor que sintió el emperador mogol Shah Jahan por su esposa Mumtaz Mahal.

Es también un monumento mortuorio.

***

A las 16:45, vino el momento clave. “¡Todos de pie!”, ordenó la guardia.

--Simón, Simón, ¡la cruz! –Alejandrina extendió un rosario bendecido en la Lomita de Culiacán a los labios de su hermano. La familia González Villarreal se separó de nuevo.Ese pequeño núcleo que habían formado en la esquina del juzgado, su retiro, su espacio, se disolvió. Los sinaloenses fueron llevados de vuelta al banquillo de los acusados.

Los ujieres malasios, un resabio de los tiempos coloniales británicos, entraron a la sala. Con su traje blanco y sus guantes de algodón, prepararon los pesados sillones de piel para los jueces. Cuando irrumpieron en el juzgado, Azahar bin Mohamed, Zahara Binti y Haji Hamid no delataron la decisión que ya habían tomado. Estaba oculta detrás de un rostro de piedra. Lo que pensaban o sentían sobre este caso y esos cinco hombres que temblaban en el banquillo de los acusados era inescrutable.

Para cuando dijeron “no encontramos mérito en la apelación”, lo demás salió sobrando. En cosa de poco más de un año, los hermanos González Villarreal recibieron la noticia de nuevo, traducida por su intérprete argentina, Lorraine Botrreau: culpables. Morir en la horca. Morir en Malasia.

Ninguno de los tres dijo nada, pero sus rostros se encargaron de suplir la ausencia de palabras. Alejandrina apoyó la mano en el hombro de José Regino. Algo que no tiene que decirse pero que se dice con un apretón espantado.Los tres salieron encadenados de la corte a un pasillo especial. De ahí, se les trasladaría a la prisión de Kajang. A volver a su casa, el ala de condenados a muerte.

--¡Todos de pie!, -gritó la guardia del juzgado.

El jucio malayo había terminado.

— VÍCTOR HUGO MICHEL