12 de junio de 2014 / 05:10 p.m.

El sonido del motor me anestesia durante una hora. Sin oleaje exagerado, el río Nanay empuja la lancha hacia las afueras de Iquitos y la selva nos recibe. Apenas son las diez y la mañana se despertó como la excepción a la regla. No llueve, el cielo está despejado y la calma que rodea la cuenca amazónica contagia de optimismo.

Tan relajado se percibe el ambiente que pocos pescadores se reparten la zona. Los barcos grandes son los denominados 'ómnibus' y cortan las aguas como si fuesen hipopótamos. Lentos y con paso cansino, unen los diferentes poblados con un promedio de una hora entre las comunidades indígenas y la metrópoli amazónica.

"En dos minutos nos recibirán los Bora", me dice con tono entusiasmado el guía. "Okey", pensé e imaginé lo que tantas veces había visto en la televisión. Sin dejar su cultura detrás, los indígenas que nos esperaban eran famosos por su arraigado sentido de las costumbres. Algunos vivían sobre el río pero la mayoría mantenía sus asentamientos varios kilómetros hacia la selva.

Pero, puf. Que desilusión tan grande. Diez minutos después de saludar al jefe tribal su discurso me dejó atónito. "Primero bailaremos y deberán pagarnos veinte soles. Luego, si quieren fotos serán otros diez y compren artesanías porque el gobierno nunca nos ayuda".

¿Qué? Creo que mi cara fue tan desconcertante que el jefe me sonrió de inmediato. Hice como si no le hubiese entendido y comenzamos a documentar en video lo que estaban haciendo. Luego que otros turistas entregaron su 'diezmo', los indígenas dejaron de moverse. Sin voltear siquiera el rostro comenzaron a hablar entre ellos y su momento de artesanías empezó.

¿A quién de ustedes ya le ocurrió? No conozco peor sensación que negar algo hasta ponerme de mal humor. Debí levantar la voz para quitarme a cuatro mujeres que me colocaban collares para que les pagase lo que sea. Incómodo. Desagradable. Molesto. Mil sinónimos se me ocurren para una situación que había vivido en otros países y que creí haber dejado atrás.

¿Dónde? Con la tribu Massai en Kenia es lo mismo. Viven del turismo con una fiereza que perturba. Cobran cientos de dólares por sonreírte y te tratan mal si los desapruebas. Los mayas chiapanecos lo mismo. Y así, puedo seguir por diez países donde las comunidades indígenas fuerzan una realidad que roza lo bizarro.

Porque ellos no necesitan comportarse así. Tampoco es excusa que sus gobiernos entreguen escasos incentivos a sus comunidades. Las tribus como los Bora utilizan su linaje ancestral para mercantilizar su situación cotidiana. Enfrente, turistas suman a ese problema con actitudes desinteresadas y vacías. Pareciese que todo confabula para lo grotesco. En el fondo a nadie le interesa el problema. Los foráneos quieren la foto con los aborígenes y ellos buscan sacarles dinero como sea.

Duele captar el cuadro completo y observar que se repite el mismo patrón de conducta en la mayoría de los asentamientos indígenas del planeta. Aquí, en pleno Amazonas, lo comercial ya ganó. Me gustaría describirles algo diferente pero estaría mintiéndoles. Seguiré navegando el río y ojalá...ojalá, encuentre una tribu que me demuestre lo equivocado que estoy.

SANTIAGO FOURCADE