26 de enero de 2013 / 02:14 a.m.

Eusebio Alberto García, comisario de Rancho Nuevo, considera que su plagio detonó la movilización que ya alcanza más de seis municipios de la Costa Chica de Guerrero.

 Guerrero • El comisario de Rancho Nuevo, municipio de Tecoanapa, Eusebio Alberto García, reconoció que su secuestro fue una provocación del crimen organizado a la Policía Comunitaria auspiciada por la Unión de Pueblos Organizados del Estado de Guerrero. Por eso considera que la movilización de autodefensa no debe dar marcha atrás.

Eusebio Alberto dialoga cobijado por los hombres de la comunidad y los policías ciudadanos, cuya movilización provocó su liberación el 5 de enero pasado.

La entrevista se desarrolla en la comisaría. Para llegar ahí se debió pasar por dos pueblos con retenes resguardados por gente armada; civiles con capucha que tienen la indicación de revisar todos los vehículos que circulan.

Las revisiones incluyen a los habitantes de la zona, pues existe la sospecha de que algunos vecinos ayudaron a sustraer de su domicilio al comisario, lo que genera un ambiente denso entre las familias que no están involucradas de lleno en las acciones de autodefensa.

Fue por organizar a la comunitaria

Se pactó cubrir el rostro de Eusebio Alberto García con un pasamontañas para preservar su identidad, pues en el pueblo saben que fue su secuestro el que detonó toda la movilización que ya alcanza más de seis municipios de la Costa Chica.

También se prohibió tomar imágenes del lugar, de sus rutas de acceso y de la comisaría.

Ya en la entrevista Eusebio recordó que la noche del 4 de enero salió a orinar fuera de su vivienda y se encontró de frente a dos individuos armados con rifles de alto poder. Uno le asestó un golpe en la cabeza y casi inconsciente fue arrastrado por espacio de 200 metros hasta un vehículo, al volante esperaba un tercer involucrado.

Fue metido en la cajuela y sus captores tomaron rumbo hacia la comunidad de Totepec; en la salida de esa población le vendaron los ojos, lo pasaron al interior del vehículo y estuvo tirado en el piso, siempre sometido a punta de pisotones.

Llegaron a la entrada sur de Ayutla, hicieron una pausa de cinco minutos y posteriormente lo llevaron a una casa de seguridad en la cabecera municipal.

Eusebio se percató de que eran tres los hombres que lo capturaron, uno de ellos le ordenó que se comunicara con su familia para pedir 150 mil pesos, lo que obedeció de manera puntual. Su hijo contestó la llamada y solamente pidió que no le hicieran daño.

Después lo encerraron y dejaron solo, como a los diez minutos volvieron a entrar al cuarto y colocaron una bolsa en su cabeza, la inflaron y reventaron para lastimarle los oídos.

-¿Sabes por qué estás aquí?- preguntó uno de los secuestradores.

-No, lo desconozco.

-Bueno, te agarramos porque tú andas haciendo movimiento en el pueblo y ahora te vas a atener a las consecuencias.

Otro hombre le asestó un golpe en la cara y una patada en las costillas, mientras el que hablaba lanzó una interrogante.

-¿Por qué andas haciendo reuniones con el pueblo?

-Por qué me preguntan, si ya saben.

-Primero fuiste a Las Palmas, luego hiciste una reunión en tu pueblo (Rancho Nuevo) y nombraste a la Policía Comunitaria, luego fuiste al Potrero, a Cerro Viejo el siguiente día ¿Por qué te preocupas por los pueblos?

-Me preocupo porque somos los mismos ciudadanos, porque son muchos los problema que tenemos.

¿Ah sí? -Pues ahorita vas a ver si los de tu pueblo te vienen a defender.

Concluyó el intercambio de palabras.

El comisario sostiene que sus captores pusieron en duda el interés de la población por rescatarlo, pero aprovecharon para pedir dinero a cambio de su libertad.

El contacto con la familia lo hicieron a través del celular de Eusebio, cuando se le agotó el tiempo aire quebraron el aparato y ya no se comunicaron.

Les dijo que no podrían reunir la cantidad reclamada y que mejor lo mataran, pues no iban a conseguir gran cosa de una población pobre.

No le hicieron caso, lo llevaron a un río que llega de la comunidad de San Antonio, y permanecieron en ese lugar durante cuatro horas y como a las 2 de la tarde del sábado subieron a la unidad para tomar el rumbo de la carretera que comunica a Cruz Grande.

Nuevamente viajó boca abajo en el piso del coche, siempre sufriendo los pisotones de sus captores.

En el camino el chofer recibió una llamada. Eusebio infiere que un cómplice le alertó que no podría llegar a Cruz Grande con él en esas condiciones.

-Ya no se hizo, ya nos vienen pisoteando los talones y si lo matamos nos va a ir peor-, dijo el que parecía encabezar al grupo.

Entonces tomaron una brecha y lo abandonaron en el cerro, regresaron a su escondite, mientras en Ayutla cientos de hombres se encapuchaban y armaban para iniciar el movimiento de autodefensa.

Temeroso de ser recapturado, Eusebio tomó rumbo a Rancho Viejo por veredas y evitó la carretera. Tardó seis horas en llegar a su casa y fue recibido por sus vecinos, los que le explicaron todo lo que había pasado durante las horas en que estuvo cautivo, hubo muestras de júbilo y llanto.

Le hubiera gustado estar con sus captores para que vieran que el pueblo sí salió a defenderlo, que valió la pena iniciar el proceso de organización de las policías comunitarias.

Ya no pagaron cuota

Eusebio recuerda que su secuestro inició la noche del viernes 4 de enero. El martes 8, un grupo de sicarios iba a ir a Rancho Nuevo para reclamar el pago de las cuotas fijadas a los ganaderos, que era de 500 pesos por familia.

Cobijado por los habitantes que representa, sostiene que padecer el cautiverio, la golpiza y las amenazas, valió la pena, pues el pueblo se movilizó para asumir su defensa y no someterse al pago de cuotas que ya se imponía en las cabeceras municipales de Tecoanapa y Ayutla.

Asumió que el secuestro fue una manera de reprimir la integración de grupos de policías comunitarios, de frenar la organización de las poblaciones que estaban sometidas al pago de piso.

Asegura que contrario a lo que pensaban los delincuentes, los habitantes de las comunidades tomaron las armas para no dejar ese problema como herencia a sus hijos y de éstos con sus nietos.

“Teníamos que levantarnos en este momento y por eso vamos a seguir con la Policía Comunitaria”.

Del secuestro hay algunos aspectos que no puede olvidar, como el hecho de que el jefe de sus captores tenía el apodo de “Halcón”, mientras que otro no se cubrió el rostro y tenía un lunar muy grande en el lado izquierdo de la cara, le decían “El Perro Prieto”.

Aunque reconoce que tuvo el temor de morir a manos de sus plagiarios, Eusebio se dice agradecido con los integrantes del movimiento que forzó su liberación y sostiene que para el bienestar de los pueblos, las acciones de autodefensa no deben dar marcha atrás.

ROGELIO AGUSTÍN ESTEBAN