13 de agosto de 2013 / 03:16 p.m.

Monterrey • Sus manos aún temblorosas ante la sorpresa no sabían cómo actuar, cómo responder; fue entonces cuando poco a poco pareció dejarse llevar por el impulso, por su sentir, y en ese momento el mundo se detuvo, aunque fuese por unos instantes.

No existía el funcionario público dando un discurso sobre desarrollo económico y oportunidades laborales para una juventud regia que hacía caso omiso; no existía el bullicio de los rockeros que pedían de forma incansable los riffs de sus bandas preferidas o los covers con los que se hicieron reconocidos. No existía la Torre Administrativa en el fondo sin dependencias oficiales ocupando su interior; ni los elementos de seguridad de Fuerza Civil que arribaban al Paseo Santa Lucía para contener a los jóvenes en caso de que su espíritu libre se volviera libertino.

Un pequeño sentado en el césped observaba con atención a Iván, quien lograba, para el pequeño, un acto que rompía todas las leyes de la física, aunque aquél niño ni siquiera las entendía por completo. Caminar encima del agua del Paseo Santa Lucía no es cosa sencilla, aunque el pequeño de no más de cinco años no contaba con que Iván caminaba no sobre el agua, sino por una cuerda donde mantenía el equilibrio y realizaba piruetas.

Pese a que todos en el sitio eran adolescentes disfrutando el Día Internacional de la Juventud, cada uno de los jóvenes tomaba su sitio en su clan.

"A mí me gusta patinar, el skate, salir a la calle con la raza, con los amigos, pues disfrutar la vida, escuchar música, ya saben men, todo relax", señala Eduardo, de 16 años, al tiempo que tira la colilla de su cigarro en un acto de rebeldía y cotidianidad. Él es uno de tantos jóvenes que no cuentan con un trabajo debido a que es menor de edad, y no estudia debido a que reprobó su examen de admisión a la preparatoria; aunque eso no parece preocuparle por el momento, pues sabe que tarde que temprano su destino, aquél que significa ser maestro de tae kwan do, lo alcanzará.

Al lado de él hay otros no tan jóvenes que zapatean con fuerza al grito de "compadre", llevando en cada paso no sólo la pasión de lo que hacen sino de años, décadas de cultura regional. Eliud tiene apenas 21 años, pero sabe bailar tanto una ronda norestense como un huapango; se mueve igual al ritmo de la marimba que del acordeón, y si algo le apasiona desde la secundaria es llevar a otros algo característico de los bailes regionales.

Para él, la danza es escultura en movimiento, el vaivén del cuerpo, conjugado con las texturas, colores y ritmos.

Otro de los sectores baila, brinca y grita consignas en contra de la represión juvenil de los 60’s, una época que sus padres muy probablemente no les tocó vivir. Y es que finalmente no importa la época, no importa la zona geográfica ni los estratos sociales, no importa si se creció con esa ideología y se aprendió en una fiesta escolar, todos en algún momento de la vida se han dejado llevar por la rebeldía de la juventud, e incluso otros no permiten que las limitantes del cuerpo repriman esa energía que al final es la que define ser joven.

ISRAEL SANTACRUZ