16 de abril de 2013 / 12:04 p.m.

Monterrey • Avanzar entre espigas secas y pisotear tanta tierra resquebrajada molesta a don Faustino como nunca antes. Su paso es lento, pero seguro. Con los brazos señalando los cultivos arruinados, sus palabras expresan esa pesadez digna de quien se siente desconcertado.

“"Ya llegué al límite y les dije a mis hijos que saquen las visas para los Estados Unidos. La verdad que lo estuve pensando mucho y creo que es la mejor forma de que consigan trabajo, tengan un futuro y el día de mañana puedan enviarnos una ayudita porque la cosa se pondrá mucho más fea"”, sin cambiar su voz monocorde señala grandes extensiones de terrenos que se mezclan entre marrones y verdes fuertes en el municipio de Cadereyta Jiménez.

“"Estamos en una de las zonas más ricas y con más precipitaciones de Nuevo León, pero igual necesitamos ayuda urgente. Por años tuvimos buenos resultados, pero este último ciclo de sequía es muy difícil. Tenía un tractor, pero ya lo vendí. Todo lo que tenía se fue en impuestos y prediales. ¿Por qué no me voy?, ¿a dónde chingados?, ¿a mi edad? Aquí nací y aquí moriré"”.

Las palabras de Faustino rozan una terquedad que sólo se comprende al recorrer el resto del ejido La Esperanza, un paraje recostado sobre el río Ramos y que históricamente ha convivido con la fama de disfrutar de los mejores campos de cultivo de Nuevo León. Una coyuntura similar a la de otras áreas de la zona citrícola, pero que la actual sequía parece estar humillando con una persistencia arrolladora.

“Decidimos tapar los pozos nosotros, porque nos cansamos de que nos vengan con cuentos. Imagínese que llevamos 12 años con la carretera llena de pozos y cada traslado siempre fue una pesadilla para cualquiera”, señala Fredy, mientras toma un respiro de tanto palear.

Lleva dos horas entre resoplidos para intentar mejorar el castigado camino que los conduce hasta Palmitos, el poblado vecino que los surte de las necesidades básicas para poder laborar y satisfacer a sus familias.

El trecho que los pobladores reclaman es un viejo camino que nunca fue mejorado ni asfaltado. Políticos oportunistas y sucesivas promesas de campaña frustraron todo tipo de planes de mejora para el puñado de habitantes que lo necesitan a diario.

“"Creo que esta brecha simboliza nuestra vida en los ranchos y lo que significamos para las autoridades"”, agrega el joven, “"imagínese que hacemos muchísimos viajes con cargas y los amortiguadores y las llantas se chingan. Entonces, al costo de la cosecha tenemos que agregarle mil problemas que nos terminan matando"”.

La obvia negatividad que decanta de la sequía tiene una arista extra en la coyuntura que rodea la cotidianidad del trabajador agropecuario, donde ya son miles de ejidatarios con recursos económicos medios los que sufren por un presente que excede a la escasez del agua.

“"Sobre cinco hectáreas cultivadas sacamos un promedio de 20 mil pesos netos. Y a eso debemos descontarle los cultivos (Cuatro mil pesos), la semilla (Cuatro mil 500), que la pagamos a nueve pesos el kilo y además el flete, las máquinas y otros gastos que nos terminan dejando de los 50 mil metros trabajados apenas cuatro mil pesos en beneficios"”, detalla Francisco González Garza.

Como Faustino, la experiencia de su colega se desparrama entre muchas de las hectáreas mejores trabajadas de la zona. Una resultante que pudiese ser optimista en primera instancia, pero que las peripecias semanales para obtener resultados la rodea de incógnitas.

“"Lo que nos mata es lo caro del diésel. De eso nadie habla y gastar más de 11 pesos por litro sabiendo que necesitaremos diez por hectárea nos pone cuesta arriba cada presupuesto que tenemos que hacer"”.

Y agrega: “"En la buena época podíamos cosechar hasta dos toneladas por hectárea, pero ahora con suerte llegamos a los 300 kilos, un número que se vuelve imposible de aguantar si le agregamos toda esta cuestión del agua"”.

El escaso margen de ganancia que expresa Francisco dibuja una situación muchas veces esquiva para los análisis sobre el agro local.

Campos que antes efervecían de chiles, calabazas y tomatillos ahora se conforman con cilantro, escaso maíz y cualquier cultivo que no exija mucho riego.

“"La gente de la ciudad cree que con un día de lluvia estamos salvados y eso es totalmente falso. Por ejemplo, durante el huracán Alex, los pozos se llenaron a reventar y tuvimos agua para un rato pero fue algo excepcional"”, describe González Garza.

“"Para encontrar agua debes hacer un pozo que promedie los 50 metros de profundidad y tendrá un costo de 16 mil pesos"”, comenta.

Con un gesto adusto, Francisco aprueba el realismo de Faustino y se reacomoda el sombrero después de varias horas al sol.

Apenas hace dos días cayeron algunos milímetros de precipitaciones pero el optimismo ni siquiera aparece por La Esperanza.

“"Lo que pasa aquí no es nuevo. Ni la sequía ni lo difícil que significa trabajar la tierra en Nuevo León. No echamos culpas a nadie y solamente sueño con no tener que mandar a mis hijos a vivir a los Estados Unidos"”, se despide González.

SANTIAGO FOURCADE