1 de febrero de 2013 / 02:37 p.m.

 La coraza es formada por irascibles militares y fanfarrones polis de la agrupación Fuerza de Tarea, quienes taponan el paso a reporteros, sin respetar, incluso, que éstos sean acompañados por funcionarios de la Presidencia de la República. Luces de bombillas iluminan el rostro de un miembro del grupo de rescatistas Topos, quien ejemplifica el suceso ocurrido hace tres horas y media: "“simplemente te quedas encerrado en tu cuarto y te explota el bóiler"”.

De pronto callan las sirenas; más tarde resurgirán los aullidos desde el corazón de los edificios que bordean la Torre de Pemex. Llegan y salen ambulancias y rescatistas de diversas dependencias; incluso aparece una de marca patito, que emite ronquidos con su viejo motor. Pero no todas podrán pasar hasta el fondo. Sobre la avenida Marina Nacional, en ambos lados, se forman cordones de seguridad, coordinados por militares del Plan DN III -E.

Policías Federales y locales, soldados y marinos, bomberos del DF, del Estado de México y de la UNAM, vigilan y acordonan la zona. Corre un aire que se lleva un olor a cable quemado. Transitan camiones con letreros de “Búsqueda en Estructuradas Colapsadas”. Frente a los edificios de Pemex circula una camioneta militar con ametralladora aérea, atenazada por un soldado. Transitan hombres de trajes con cascos y portafolios en las manos. Observan y avalan el paso de vehículos.

Cintas de plásticos delimitan el paso, además de la custodia militar, reforzada ésta por policías de la Agrupación Fuerza de Tarea, denominados Relámpagos, de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal. La malla metálica que divide la avenida Marina Nacional, es una frontera natural que divide la zona restringida. La Torre de Pemex permanece escasamente iluminada.

Son las 19:40.

Llegan más ambulancias, esta vez del municipio vecino de Naucalpan, Estado de México. De este lado de la malla metálica, la que pertenece a la colonia Anáhuac, el jefe de la seguridad militar, siempre acompañado de un soldado con fusil en las manos, es consultado sobre los carros que intentan pasar hacia la zona de riesgo.

—¡Qué traen!

—¡Suplementos!

—¡Qué pasen!

Todo está bajo control.

Un técnico de Protección Civil de la delegación Benito Juárez, que se dirige hacia la parte norte, logra franquear el primer retén que forman los miembros de Fuerza de Tarea. El jefe militar, con soldado de fusil al lado, sin en embargo, lo frena, a pesar de que va por la camioneta de rescate, como jura y perjura.

—Allá está mi camioneta.

—No puede pasar.

Es en vano.

Otro cuarteto de supuestos empleados de Pemex, con uniforme beige y logotipo de la paraestatal, intentan traspasar el cordón de seguridad, pero son atajados por militares, quienes están a punto de golpear.

Se les pregunta:

—¿Por qué quieren entrar?

—Para ayudar.

—¿De qué departamento son?

—Es que yo soy transitorio, no soy de base y me rolan en diferentes departamentos.

—¿Cuál es su nombre?

—Ahí déjalo.

Marina Nacional es dividida por retenes. La orden es que quienes traspasen del otro lado, ya no podrán regresar.

Bajo un puente, en la esquina de las calles San Hipólito y Laguna de Nayrán, varios familiares quieren saber el destino de sus parientes. Una joven y su madre ahogan el llanto y se cubren el rostro. No hay información oficial. Nadie les informas. La noche avanza. Arriban más ambulancias. Tres Topos, ataviados con uniformes e instrumentos de rescate, esperan su turno para que los dejen pasar.

—¿Qué está sucediendo allá adentro?

—No nos han dicho nada.

—¿Por qué?

—Porque se cortan las llamadas telefónicas. Solo nos dijeron que necesitaban más gente. Por eso estamos aquí. No sabemos más.

 — HUMBERTO RÍOS NAVARRETE