11 de mayo de 2013 / 04:38 p.m.

Monterrey  • Qué linda está la mañana, en que vengo a saludarte…”. Son las doce de la noche con siete minutos y el mariachi México Lindo entona el primer verso de la serenata en la colonia Valle Verde, la primera de muchas que le esperan en la madrugada.

Cerca de ahí, en la colonia Cumbres, doña Marisa Santos Masachessi, originaria de Buenos Aires, Argentina, y quien se encuentra de visita, recibe por primera vez una serenata mexicana.

Mientras tanto, en el centro de Monterrey, los grupos denominados Fara-Fara, compuestos generalmente por un músico de bajosexto y un acordeonista y, en el mejor de los casos, hasta uno que toca el tololoche, no se dan abasto.

Los cruceros, generalmente vacíos a esas horas de la madrugada, son unos hormigueros. Vendedores de arreglos florales, globos y peluches se arremolinan y corren hasta los automóviles para ofrecer sus productos. Lo hacen con tanta dedicación e insistencia, que pareciera que en ello se les fuera la vida.

Pasan las horas, el sol aparece y algunos de los trasnochados se pasan en vivo a sus trabajos; otros, simplemente se toman el día.

La mañana transcurre en forma normal, pero apenas da la una de la tarde y las calles se inundande automóviles. Todo mundo se da una escapada del trabajo para visitar a la autora de sus días, aunque sea un ratito. Algunos invaden carril ante la prisa que llevan y, en este día tan especial de las Madres, otros automovilistas también se las recuerdan.

Es momento de elegir el restaurante. Los especializados en carne asada, pescados y mariscos, comida argentina o italiana, todo eso es lo de menos. Lo importante es pasar un rato con su madre, tomarse muchas fotos y, por supuesto, subirlas al Facebook.

En otras partes, las florerías son un hervidero. Pocos días hay tanta venta como el 10 de mayo. Algunos dependientes coinciden que aumentó más de 50 por ciento en comparación con el año pasado, e incluso fue mayor que la del 14 de febrero.

La tarde cae y el sentimiento de algunos, más que de alegría, es de nostalgia. Su madre ya no los acompaña en esta vida, pero su recuerdo permanece. Por ello, acuden a los panteones para visitar las tumbas de sus progenitoras y dejarle flores.

El caso de Rosa Elvia Oliva Cobos es distinto. A sus ocho años perdió a su madre, pero no tiene un lugar a dónde ir a llorarle, dónde descargar ese sentimiento.

Pero la vida le puso en su camino a otra mujer, a la que hoy visita en el camposanto: la profesora Manuelita Garza, quien fuera su suegra, y que representó durante años el papel de madre y suegra, dándole el cariño que le hizo falta.

Llega la noche, en unos casos, la celebración sigue; en otros, deciden que ya fue bueno de festejos y prefieren ir a sus casas, no sin antes despedirse y pedirles a sus madres que les “echen la bendición”.

 — ALBERTO VÁSQUEZ, MARILÚ OVIEDO Y ZYNTIA VANEGAS