13 de junio de 2014 / 02:16 a.m.

Pudiese quedarme toda la vida observando el río  y  no me aburriría. Las lanchas pequeñas van y vienen con todo tipo de mercancías. Su cauce es utilizado para transportar personas, frutas, combustible o madera. Si quieres construir una pared en tu casa debes pedir un bote con los materiales. Hasta ´la feria’ para un pago te la trae alguien que se dedica a eso. Todo gira en torno al Amazonas.  Ancho e interminable. Sereno pero voraz.

Y como rey de su ecosistema también domina la temporalidad.  Las horas se  acomodan a sus corrientes y las personas aprenden a recorrerlo con disgusto o placer. “Diez horas y  pudiese ser más. Lo bueno que vamos río abajo”, me explicaba Roger;  llevábamos rato en la lancha rápida y mi cabeza citadina se había desesperado. Éramos veinticuatro personas encapsuladas rumbo a la triple Frontera (Perú-Brasil-Colombia) y la  situación combinaba  ciertos aspectos imposibles de soportar para un foráneo.

Porque el reggaetón reventaba los parlantes desde el minuto uno hasta el final del viaje. Me recordó un trayecto de pesadilla hasta Dar es Salam (Tanzania).Aquella vez, la música asiática estuvo a máximo volumen durante dieciocho horas y nadie se inmutaba. También el espacio era mínimo y se sentaban sobre otros  para ‘ocultar’ el  sobrecupo.

No entiendo, jajá. Supongo que será cultural. Pero allí o  acá, un viaje tan incómodo te destroza en lo físico y mental. Y obvio, sobre la frontera la cosa no cambia;  hacia el horizonte se abren dos opciones portuarias. A la izquierda llegas a Colombia y a la derecha es Brasil. Una decisión que debiese ser fácil pero que la inseguridad la complica muchísimo.

O sea, nos dirigimos a Manaos  (1500 Km de distancia) y debemos subirnos a otro barco. Pero necesitamos moneda local (reales) y nadie te cambia. Tabatinga es demasiado peligroso para los turistas. Asaltos, asesinatos y contrabando dominan el primer suelo mundialista que pisamos.  ¿Qué hacemos? Cruzar al lado colombiano y  vender nuestros dólares allí. También buscaremos donde dormir y esperar que nuestro buque zarpe al día siguiente.

Caminar por la Triple Frontera es una locura de sensaciones. Los teléfonos funcionan mal y el wifi es prehistórico. Cada comercio vende electrodomésticos o hamacas y el resto vive como puede. Es el acceso menos controlado para el narcotráfico y otras  ilegalidades. Los colombianos dicen que viven tranquilos y que todos los  turistas los prefieren. Cruzando la calle, el lado brasilero duplica las tarifas pero sus instalaciones son más ostentosas. La simbiosis es completa y traumática.  Las calles sufren con baches de medio metro y la comida más sabrosa no supera las hamburguesas

Y así es la entrada más salvaje del anfitrión mundialista. Calurosa y muy húmeda. Con los mosquitos que te acompañan hasta cada puesto de la policía federal y filas eternas para eentregarte un simple: “Bom día, bom viajem”.

 Sobre el puerto de salida nos espera el barco más intrigante que conocí. Se supone que doscientas personas utilizaremos sus dos cubiertas para colgar nuestra hamaca y dormir allí. Ese será nuestro hogar durante cuatro días en pleno Amazonas. ¡SI! Atravesaremos la selva tropical más densa del planeta con una embarcación donde el máximo lujo será nuestro repelente.  Imagínense navegar desde Monterrey hasta Oaxaca acostados en una hamaca ¿Qué pasará? Ni idea. Al rato les cuento.