18 de mayo de 2013 / 04:56 p.m.

Mexicali • Fue en una helada madrugada de enero de 2010 cuando Sergio Tamai se resistió a dar más crédito a las copiosas deportaciones nocturnas que las autoridades de Estados Unidos llevan a cabo religiosamente en la franja fronteriza de Caléxico.

"Lo primero que me dije fue: se acabó, no puedo seguir viendo cómo cientos de migrantes centroamericanos y mexicanos son arrojados como basura a nuestro territorio sin que haya autoridad mexicana que les brinde siquiera algo de consuelo, un poco de cobijo", cuenta este mexicalense vendedor de dulces en la frontera.

Y de las palabras pasó a los hechos. Pronto se hizo de un lugar para albergar a un ejército de migrantes deportados, de origen guatemalteco, hondureño, salvadoreño y muchos “paisas”, lo mismo de Oaxaca que de Guanajuato, Michoacán, Chiapas…

“A tan solo una cuadra de la línea fronteriza está ubicado un hotel que sus dueños dejaron en el abandono, a ese lugar comencé a invitar a los deportados para que tuvieran un techo donde dormir y no lo hicieran en las banquetas, bajo un árbol o en un parque, porque eran presa fácil de los bajadores o tecolines —bandas de delincuentes—, que a punta de navaja les terminaban de robar los pocos pesos y dólares que conservaban en su viaje por el sueño americano”, cuenta.

Tamai ahora es un líder nato que no solo se ha ganado el aprecio y respeto de todo migrante que pasa por este punto de la geografía nacional, también ha puesto de cabeza a autoridades municipales, estatales y federales por su singular defensa del migrante deportado.

Es a través de su organización Ángeles sin Fronteras que busca ofrecer protección a migrantes deportados y proveerles un albergue limpio y seguro, alimento, ropa y crear programas educativos que ayuden a reducir la falta de oportunidades y el rechazo en su propio país.

Tamai asegura que “las deportaciones y las redadas continúan. Miles de familias están siendo divididas. En el último año fiscal hubo cerca de 400 mil deportados. La mayoría se encuentra en una situación vulnerable. No reciben la ayuda necesaria ni ningún tipo de protección y se les criminaliza”.

Así nació la idea del Hotel del Migrante Deportado, un albergue ubicado a una cuadra de la línea Internacional Mexicali/Caléxico. “Formé un grupo de apoyo para comenzar a recaudar donaciones. Arroz, aceite de cocinar, frijoles, granos secos, leche en polvo, azúcar, avena, alimentos que no necesiten refrigeración”.

“También nos hicimos de cobijas, toallas pequeñas, sábanas, detergente, material de limpieza, ropa de hombre, calcetines, camisetas, chamarras, zapatos y artículos de aseo personal”, enlista con el clásico acento norteño.

Agrega que lo más importante hasta estos días de 2013 ha sido la respuesta de los habitantes de Mexicali, debido a que no dejan de realizar donaciones monetarias para cubrir gastos de medicina, luz, agua, renta, gasolina y otras necesidades para darle mantenimiento a un hotel.

MILENIO realizó una visita por tres días a este hotel y pudo constatar que cada noche duermen en ese lugar entre 250 y 300 migrantes de distinta nacionalidad, sin desembolsar un solo centavo.

Omar es un joven de 21 años de edad que decidió dejar su Nicaragua “para ganar mucho dinero verde, mucho, pero los desgraciados de la migra gabacha me echaron el guante una semana después de que logré ingresar a Estados Unidos; me maltrataron, me ataron con cadenas las manos, los pies y la cadera, no me dejaban dormir, así pasaron como siete días hasta que en un autobús me fueron a aventar aquí a Caléxico, cuando yo entré por otro lado fronterizo; aquí no conocía nada ni a nadie”.

“Eran como las dos de la madrugada y justo cuando ya no sentía fuerzas para seguir caminando, se me acercaron unos jóvenes con chalecos de esos que brillan en la noche (fluorescentes) para decirme que tenían un hotel donde me podría bañar con agua caliente y me darían algo de comer sin pagar nada. Claro que desconfié mucho, pero me ganó más la necesidad y me fui con ellos a lo que decían es el Hotel del Migrante Deportado, ahí me echaron la mano y ahora soy autosuficiente, trabajo en un carwash, pago un rentita por un cuarto en otro lado y cuando puedo vengo a darles un poco de dinero o de despensa para que sigan ayudando a más compas”, recuerda el joven nicaragüense, quien lleva dos años viviendo en Mexicali.

En el hotel hay reglas y horarios que deben cumplirse al pie de la letra, como que todos estén limpios, que se presenten al desayuno a las ocho de la mañana y al almuerzo a las dos de la tarde en punto. Cuando es temporada de invierno, el agua caliente está al servicio de todos de las 11 de la mañana a las dos de la tarde, y de cinco de la tarde a nueve de la noche.

Otras reglas que son irreductibles es no robar, no drogarse en las instalaciones, no llegar con aliento alcohólico, no andar paseándose en los pasillos a toda hora, no generar violencia… si alguien viola alguna de esas reglas, de inmediato es expulsado, aunque tiene una segunda oportunidad de reincorporarse si reconsidera su actitud.

Carolina es originaria de Honduras y asegura que no ha sido deportada de Estados Unidos, pero que ha llegado a este hotel porque unos familiares se lo recomendaron.

“Y aquí estoy descansando un poco del largo y peligroso viaje hacia este punto del mundo, ahora estoy agarrando fuerzas para intentar pasarme del otro lado, y lo que puedo decir es que ahí en este hotel gracias a Dios me han tratado con mucho respeto, me han ayudado mucho, por eso yo también recomendaría este lugar para todos los que lo necesiten.”

Tamai comenta que otro aspecto que han contrarrestado es el de la imagen que se tenía del migrante, pues se le consideraba un criminal, un delincuente en potencia: “Por eso todas las mañanas formamos brigadas de barrenderos para hacerle un servicio a la comunidad y cuando nos ven barriendo sus calles nos dan un poco de dinero, un poco de comida y es otra forma de ganarse la vida”.

“También los migrantes realizan labor de boteo justo en la línea fronteriza donde siempre hay formados cientos de vehículos para pasar al otro lado. Del dinero que se colecte en un bote, la mitad es para el migrante que hizo esa labor y la otra mitad se va a la administración del hotel”, explica.

La Abuela es una mujer oriunda de Sinaloa. Se llama Consuelo González y, aunque dice padecer diabetes, se la pasa prácticamente de pie en el comedor general, preparando tortas, burritos, café caliente… “Me daba mucha tristeza ver a tanto joven tirado en la banqueta sin probar un solo bocado, pero ahora ya tienen este hotel y es de ellos, y ellos saben cómo cuidarlo y valorarlo”, destaca.

Mientras La Abuela prepara guisados, otra mujer se afana lavando trastos. Esefanía es de Morelos y ya sufrió la deportación nocturna: “La verdad no sé si vuelva a intentarlo, ahora me siento bien aquí en este lugar, donde me dan de comer, me dejan dormir y, sobre todo, me tratan con mucho respeto, lavo trastos por propia voluntad para ayudar un poquito a mantener limpio nuestro hotel”.

La manera en que se conoce este hotel es a través de una labor de hormiga que se hace con migrantes voluntarios justo entre la línea divisoria entre Estados Unidos y cuando funcionarios del Instituto Nacional de Migración van documentando la deportación de todos y cada uno de los connacionales y centroamericanos.

Mario Mendoza es uno de esos migrantes voluntarios que si bien perdió a su madre y lo han dejado en el olvido sus propios hijos, ahora se siente fuerte cada noche, cada madrugada, cuando tiene la comisión de esperar en la línea fronteriza a nuevos deportados.

“Es una labor muy cansada porque cuando ellos pasan la puerta de la migración mexicana, sus mirada son de desconfianza absoluta, no quieren saber nada de quien se acerca a ellos, pero cuando terminas de convencerlos, te los llevas al hotel en grupos de cinco, de diez, y hasta de 50 en un solo jalón”, explica.

Ya en las instalaciones del hotel, además de comidas y dormitorios gratis, los migrantes deportados pueden tener, a bajo costo, acceso a servicio telefónico, internet, corte de cabello que otros migrantes ofrecen en la planta baja del mismo sitio, lo que ha generado empleos.

Héctor Armando, originario de Guatemala, es uno de esos migrantes que luego de haber sido deportados ahora trabaja un carrito de hot dogs propiedad del hotel.

“Por trabajar de ocho de la noche a las seis de la mañana, Tamai me paga 150 pesos diarios por vender los hot dogs, y eso no está mal porque ya me mudé del hotel a unos cuartos donde pago una renta de 250 pesos; por eso digo que el sueño americano no está trochado porque todavía tengo la esperanza de volver a cruzar a Estados Unidos, una esperanza que estaría muerta si no hubiera encontrado este apoyo clave en mi vida”, manifiesta este joven guatemalteco de apenas 16 años de edad.

—¿Por qué dejar tu país a tan temprana edad?

—Porque mi país es más pobre y más peligroso cada día.

—¿En el Hotel del Migrante Deportado has encontrado calor de hogar?

—No, pero sí encontré calor de hermanos y ese calor es el que me da esperanzas de volver a cruzar.

En este encontrarse en el Hotel del Migrante Deportado, al narrar sus capturas por parte de lamigra estadunidense, todos los migrantes coinciden en que invariablemente son encadenados de pies y manos, puestos en prisión durante varios días y luego trasladados en avión a puntos fronterizos distantes de donde ingresaron a la unión americana.

Así lo cuentan a MILENIO Jorge Rodríguez, de Aguascalientes; Isaías López, de Chiapas, y Fernando Solórzano, de Puebla, entre muchos, muchos otros migrantes.

RODOLFO MONTES