27 de febrero de 2013 / 03:36 a.m.

Monterrey.- Peligrosamente dispersos, varios puntos de fuego alzaban su caprichosa danza entre la escasa, pero valiosa, vegetación de las montañas en la Sierra del Fraile, al Noroeste de Monterrey, donde la resequedad en la atmósfera y los ventarrones de febrero se aliaron para dificultar su combate.

La noche del lunes, la cadena montañosa se convirtió en una especie de esfera incandescente, luego de una jornada de vientos severos que levantaron la contaminación en la zona metropolitana de Monterrey a niveles de prealerta y causaron, probablemnte por la fricción entre ramas secas, alguna chispa que se convirtió pronto en un infierno.

Al amanecer del martes, estaba lista la tropa y brigadas especializadas en el combate de incendios forestales, pero hacerlo en sitios tan escarpados representaba un riesgo mayor. Además ¿cómo crear zanjas rompefuegos en terrenos de pura piedra? ¿O tenía sentido emprender el ascenso suicida y descubrir que al llegar el fuego ya había brincado a otro lugar?

Como quiera, los expertos en incendios forestales establecieron campamentos y esperaron a ser trasladados en helicóptero cerca de los puntos críticos, o capear la marea de fuego en caso que se extendiera hacia zonas pobladas.

Pero la lucha comenzó con la salida del sol. Un helicóptero de Protección Civil de Nuevo León, provisto de una línea de 45 metros sobre la que colgaba un balde con capacidad de mil litros de agua, realizaba temerarias maniobras de sube y baja por los accidentados relieves.

Llegó el bombero del aire, ¿Pero dónde conseguir el preciado líquido a mitad del semidesierto? Precisamente a corta distancia del incendio, el piloto avistó un tinaco circular de 15 metros de diámetro en el corazón de las pedreras que, a la chita callando, van acabándose poco a poco la cara sur de esa cordillera de caliza.

De ahí fue aprovisionándose en vuelo como de colibri para cambiar al modo de las águilas y lanzarse a seis mil pies sobre el nivel del mar, hacia las cumbres humeantes.

Dificil precisar el daño y la extensión alcanzada por las llamas que parecían autoextinguirse para surgir al otro lado de los barrancos. Lo mismo se quemaron alfombras de hojas secas, magueyes, lechuguilla, nopal y palmera.

Pero el fuego merodeaba pequeños pero espesos bosques de encinos y pinares que parecían desafiar la lógica al amontonarse en espectaculares peñones.

Quizá el incendio forma parte del propio mecanismo de la naturaleza para renovar su entorno, deshachiéndose de lo seco para darle paso a las nuevas generaciones de plantas que nacerán, al igual que el fuego, con las semillas impulsadas por un viento que ha tallado durante tanto tiempo esos perfiles a los que poco voltean, a menos que comiencen a arder.

Mientras tanto, el helicóptero siguió en su solitaria lucha, como aquel cuento del pajarito que humedecía sus alas y dejaba caer algunas gotas de su bosque en llamas. No era solucion, pero era una esperanza.

Joel Sampayo