19 de agosto de 2013 / 11:01 p.m.

 

Monterrey • El llanto y los ruegos de los estudiantes más pequeños se observó la mañana de este lunes en muchos jardines de niños, tratando de usar todas las estrategias para convencer a sus padres de no abandonarlos.

Tirarse en el piso, llorar desconsoladamente, abrazarse de la pierna de mamá, correr detrás de ella antes de que cierren la puerta, o simplemente no querer bajarse del carro: es la escena que se ve cada año en las instituciones educativas preescolares.

A pesar del enorme teatro que pueden montar algunos pequeños, llega el momento en el que tienen que desprenderse de sus padres durante algunas horas para ser independientes y relacionarse con niños de su edad.

Una vez superado el hecho de que sus tutores los han dejado con personas desconocidas en un lugar nuevo, tal drama va disminuyendo su intensidad y se va convirtiendo en una rutina.

"Es una situación normal, de angustia que sienten los niños, pero ya que conocen la escuela, ven que las maestras los tratan bien y los quieren, se adaptan; ya para el tercer día parece como si ya tuvieran meses aquí", dijo la directora del jardín de niños Jovani Pascoli.

Esto hace notar la difícil labor que tienen las maestras de preescolar, quienes tienen que garantizar a los padres de familia que dejaron a sus niños en un lugar donde les darán un buen trato, confianza que no es sencillo ganarse.

Las maestras señalan que en muchos de los casos son las madres de familia las que sufren al dejar a los niños, y permanecen horas pegadas al barandal. Sin embargo, es importante que sean ellas las que motiven a sus hijos para permanecer en la escuela.

"En ocasiones las señoras son las que se quedan abrazadas del barandal llorando y les digo: 'ayúdenme por favor, no se queden aquí, no va a pasar nada'; necesito que les hagan entender a los niños que es un lugar bueno, no que les provoque miedo", dijo.

Esta adaptación es un proceso normal por el que todos los niños atraviesan, el secreto está en hacerles saber que serán tratados con afecto, que la educación tiene una recompensa y, sobre todo, que la escuela no es ninguna clase de castigo.

ZYNTIA VANEGAS