CRÓNICA POR FRANCISCO ZÚÑIGA ESQUIVEL
18 de agosto de 2013 / 02:09 p.m.

Monterrey.- • El buen bombero, donde pone el ojo, pone el chorro de agua.

Pero también se viste en menos de veinte segundos, sin que le falte ni un sólo botón.

Eso fue precisamente en lo que compitieron los apagafuegos de varias corporaciones y empresas durante la Vigésima Olimpiada de los Bomberos Nuevo León.

Y no fue fácil ganar, porque se requería rapidez, agilidad, fuerza y técnica en cada una de las competencias.

 

""Tienes que tener ambas cosas, fuerza y técnica, porque el trabajo del bombero requiere todo eso"", comentó Andrés Molina Irigoyen, comandante de Bomberos Nuevo León.

 

Con sus enormes pantalones amarillos, colgando de un par de tirantes atorados en los hombros, los apagafuegos se parecen a los de las películas.

Es como verlos en la intimidad del cuartel, pero ahora es porque comenzaron vistiéndose de cero, para competir por ver quién es más rápido.

 

En fila, los cuatro elementos de cada equipo toman primero el pantalón, meten la pierna en él, luego en las botas, se ponen la camisa, la “monja”, que es un gorro tipo pasamontañas que les protege cabeza y rostro del fuego, luego la chaqueta y, por fin, el casco.

Parece sencillo, pero en el camino, tuvieron que conectar casi 50 broches y botones.

"Si le falta uno solo, pierden", dijo el comandante Molina.

 

Otra de las competencias fue el tiro al blanco… con el chorro de agua. Para asegurar el triunfo, mandan al más pesado, porque cuando se abre la manguera, la fuerza del agua es tal, que alguien sin experiencia puede salir volando o "chicotear" agarrado en la manguera, como en las caricaturas. En la vida real también se ve.

 

Dos bomberos toman la manguera, la desenvuelven rápido, pasan por un puente imaginario y luego apuntan al blanco, que debe caer para que se cierre el agua y se detenga el cronometro.

El ambiente es una combinación de parque de diversiones y cuartel de bomberos. Una máquina da la bienvenida, con una larga escalera desplegada hacia el cielo.

Por todos lados se ven los carros con logotipos de bomberos, cascos acomodados simétricamente en los rincones, las mangueras amarillas enrolladas en espiral.

 

Y bomberos por acá, bomberos por allá, en un campo donde su vida real se convierte, por una mañana, en un juego. Ya mañana habrá otra vez fuego real, del que quema y mata.

Por ahora, es jugar. Las competencias parecían sencillas, pero no cualquiera puede atinarle a un blanco a diez metros de distancia con el chorro de la manguera, ni sacar a una persona inconsciente de una casa llena de humo donde no se ve nada. Se tomó en cuenta rapidez y efectividad.

 

Al final, todos ganaron, todos se divirtieron: bomberos y sus familias. Unos compitiendo, mojándose esta vez por diversión y no por trabajo, y los otros viendo cómo trabaja el jefe de familia, aunque esta vez sin arriesgar la vida.